Juan



En el vídeo de "Human touch" hay un momento en el que Springsteen se mira un instante al espejo. Es sólo un segundo. Hace una mueca rara, parece un sonrisa forzada, es un gesto difícil de interpretar. Cuando lo vi por primera vez supuse que era una mirada desmitificadora de la existencia humana. "Esto es lo que hay, no hay glamour, casi todo es feo, la vida es dolor". 25 años después no tengo tan claro que sea éso lo que me sugiere esa imagen. Ahora lo que sí creo entender mejor es la canción. He ido comprendiéndola sin escucharla porque no está entre mis favoritas de él y tampoco se encuentra en un disco que me guste especialmente. Y, sin embargo, a lo largo de estas dos décadas y media que hace que se publicó me he ido acordando de ella con cierta frecuencia.

La recordé la madrugada en la que tuve que decidir a qué funeraria entregaba el cadáver de mi padre para darle el último adiós. Tres o cuatro tipos me esperaron a la puerta de la UCI para ofrecerme sus servicios. Me fui reuniendo con ellos por turnos y me decidí por uno. No fue el que mejor se explicó, ni el que me ofreció un mejor servicio y ni mucho menos era el más económico. Opté por él porque fue el único, EL ÚNICO, que mostró un poco de empatía elemental. El que me ofreció un "Human touch". Tengo un buen recuerdo de esa persona.

También sonó en mi cabeza hace unas semanas. Fue a finales de octubre. Era mi primera noche en mi casa recién reformada. Uno de los radiadores empezó a perder agua de manera violenta e imparable sobre la tarima flotante recién instalada. La crisis estaba servida. Todas las frustraciones acumuladas desde la muerte de mi padre y derivadas de su herencia explotaron como la llave de paso del agua. Aquello era mucho más que una emergencia en casa. Tuve que llamar a un fontanero de urgencia.

A la hora pactada se presentó un tipo que decía que se llamaba Juan. Hablaba raro, estaba claro que no era de por aquí. Le pedí que me anulara el radiador de marras. Antes de hacerlo me dijo lo que me iba a cobrar y me advirtió de los posibles problemas que podría ocasionarme. Me di por enterado y lo hizo. Volví a quedar con él un par de días después para que me arreglara los demás radiadores. Dijo que se presentaría en mi casa a las 7:10 de la mañana y llamó al telefonillo a las 7:06. Cumplió su palabra y me ayudó a poner en marcha la caldera, cosa que no tenía por qué hacer. Fue siempre profesional, serio, cumplidor y agradable. Me dio un poco de "Human touch", un poco de humanidad sin adulterar. Habíamos pactado una cantidad por sus servicios. Cuando ya estrechábamos nuestras manos para despedirnos decidí pagarle 50 euros más, un precio muy bajo por recordarme que no es tan difícil ser amable, ser humano.

Supuestamente, es lo que está en nuestra naturaleza.


A pesar de todo,
sigue sin volverme loco
"Human touch"

Comentarios