Cuento de Navidad 2017


Durante unos años estuve escribiendo un cuento de Navidad todos los años, costumbre que abandoné hace bastante tiempo. Eran textos satíricos y/o cómicos en los que solía haber violencia y sangre. Supongo que pretendían ser irreverentes. Hoy retomo esa traicionada tradición con un relato de corte psicológico que me ha salido más negro de lo que había planeado. Eso sí, esta vez no hay bombas, tiros, venenos o asesinatos.



Estaba acostumbrada a pasar la Navidad en solitario. Recibió alguna que otra invitación para cenar acompañada en Nochebuena. Una de ellas la aceptó y luego se arrepintió. Inventó una excusa y se quedó en casa. Se hizo un regalo estupendo, 100 gramos de jamón ibérico de Guijuelo, que acompañó de un más que decente tinto de hipermercado. Se acostó antes de la medianoche, al día siguiente tenía que trabajar y no le vio el sentido a esperar a las 12. Ya había cursado todas las felicitaciones pertinentes, no había nada que la obligara a estar despierta en el momento en el que su ciudad empezara el consabido y tradicional intercambio de regalos. No estaba particularmente feliz ni infeliz. Logró que fuera sólo un día más, un día que iba a olvidar en menos de una semana. El día de Navidad fue distinto, pasó algo en su cabeza.

Tenía previsto salir al cine después de comer. Como se puso a llover el cielo se tornó gris perla. Se puso de buen humor y decidió que no necesitaba hacer el esfuerzo de mezclarse con el resto del universo. De la excesiva y poco sugerente oferta cinematográfica de Netflix eligió una comedia romántica inglesa que disfrutó solo a medias. Le gustó el planteamiento, le pareció loco y con muchas posibilidades. Una chica se hace pasar por otra en una cita a ciegas. Esperó hacia la mitad del segundo acto para darle una oportunidad. La terminó de ver por inercia. Segundos después de los títulos de crédito se olvidó de todo, incluso del título. Se hizo de noche.

Quizá fuera el melodramático discurso final del chico para convencer a la chica. Puede que lo llevara rumiando desde hacía unos días. Lo más probable es que no hubiera una única razón por la que algo empezó a rugir dentro suyo. Está claro que llevaba desarrollándose desde hacía mucho tiempo, meses, años, décadas,… Ella sabía que esto iba a salir de algún modo el día menos pensado. Se lo imaginó como una explosión, como una violenta toma de conciencia de la realidad en la que las máscaras caen y dejan desnudo a todo el mundo. A José Luis, a Tessa, a David, a Toño, a todos los que la querían, no todo lo que ella hubiera querido ni cómo ella hubiera querido. Sería un apocalipsis cristiano, un juicio final en el que se emitiría un veredicto colectivo de culpabilidad. La sentencia iba a ser lo de menos porque ella tendría su compensación por todo el dolor que le había causado sus amigos, no sus enemigos.

No, no se produjo ningún evento espectacular, no hubo fuego ni ruido ni nada. Sí, su círculo íntimo fue condenado. Consistió en una especie de perturbación momentánea en la que vio la verdad. La verdad desnuda. La cruda verdad. A veces es desagradable, siempre es hermosa. La belleza es éso, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Se dio cuenta de que siempre se había conformado con las migajas. Los demás dejaban de darle cariño cuando ella parecía darse por satisfecha a las primeras de cambio. Como un perro al que le dan un hueso, siempre el mismo hueso, para jugar. Siempre fue capaz de vivir su vida con muy poco amor. Ella es casi única, un ejemplar raro, una superheroína de las relaciones humanas que siempre piensa en como salvar a la Humanidad sin enfrentarse a sus demonios internos, como Batman.

Aquel día de Navidad maldijo su condición. Podía vivir sin besos ni abrazos, podía vivir con la áspera compañía de la soledad. ¿Por qué entonces se enfadaba con los demás porque no la amaban como pareja, como amiga, como familiar? No era culpa de ellos, ella siempre mostró sentirse abrumada con cualquier pequeña muestra de cariño. Siempre la devolvía quintuplicada, sin medir nada, con una generosidad que muchas veces parecía sobreactuada, aunque no lo fuera casi nunca.

Supuso que tenía que volver a empezar, que ser más inconformista con el amor que recibía y más tacaña con el amor que daba. Por unos segundos pensó que podría cambiar, que las próximas navidades las iba a pasar acompañada por personas que la querían de verdad y a las que no daba pena. La ilusión duró poco tiempo. Sabía que no sería capaz, que había pasado toda su vida siendo quien era. Lo intentaría sin esperanza, esperando lo que siempre esperó, que el viento soplara a su favor de una puta vez.


Encendió la tele. Estaban echando “’Qué bello es vivir!”. Decidió verla. Y esta vez sí que se lo pasó bien.

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