El otro día conocí a un monje zen


El otro día conocí a un monje zen.

"Es lo que siempre digo para ahorrarme un montón de preguntas", me comentó nada más revelarme su condición.  "Pues si me dices una cosa así, conmigo te aseguras que te haga ese montón de preguntas que tratas de evitar", le contesté con hilaridad.

Inmediatamente antes me había dicho que, para ganarse la vida, ejercía de comercial, en un intento de evitar esas explicaciones que no quería dar. Lo comprendo perfectamente, tiene que ser muy aburrido explicar el budismo una tarde de junio en Madrid con temperaturas superiores a los 30 grados como corolario a una presentación de un libro. Pero yo sentía curiosidad, mucha curiosidad.

Obviamente, sólo me dio algunas nociones. Noté que, en realidad, me ofrecía datos teóricos, como la enorme cantidad de escuelas budistas que existen, las diferencias entre las del norte y del sur. Casi podría decirse que evitaba conscientemente entrar en el meolllo del asunto. Creo que lo pasamos bien, que yo aprendí alguna cosa y que confirmé otras, como el hecho de que no tomarse en serio a sí mismo es lo más inteligente y lo más profundo de lo que el ser humano es capaz. Y que eso puede ser budismo.

Esa tarde fue llamativa por otra cosa. En realidad, era una reunión, a propósito del evento ya referido, de viejos amigos. Uno de ellos, al que conozco desde hace casi 30 años me dijo, con una maliciosa sonrisa:

"Te voy a avergonzar".

No me asusté demasiado, porque ya no somos unos post adeolescentes tratando de quedar uno por encima del otro. No debía preocuparme demasiado aunque lo que iba a contar era un momento algo ridículo de mi pasado, pródigo, como el presente y esperemos que el futuro, en ese tipo de sucedidos.

"Salíamos de un garito. Caminábamos por Serrano o algo así. Y me dijiste lo siguiente".

Se hizo un silencio. El monje zen y yo esperamos las siguientes palabras de mi amigo con expectación.

"Tú tenías 21 años. Yo 20".

Hostia, es verdad, alguna vez tuve 21 años, debió ser en el siglo pasado.

"Tío, cuando llegues a los 21 te darás cuenta de que ya no hay nada que hacer. Todo ha terminado".

Grandes risas. Cachondeo. Por mi parte, alivio, al no consistir la anécdota en algún hecho vergonzoso sino en una tontería de las muchas que, a día de hoy, sigo diciendo.

Cuando se apagaron las carcajadas, manifesté mi asombro por la sabiduría que atesoraba a tan tierna edad. Más alborozo. Hasta el monje zen dijo que eso era muy zen.

A la mañana siguiente pensé en esa frase, de la que no me acordaba. Y me dí cuenta de que lo que tenía a los 21 años es, esencialmente, lo mismo que tengo ahora. Hace unos años el ser consciente de este dato aterrador me habría provocado ansiedad, tristeza, frustración y, seguramente, un insidioso peso en la vertical de mi pecho.

Ahora me la suda.

El otro día conocí a un monje zen.







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