jueves, 29 de junio de 2017

Perfecto, armónico, finito, completo



Estoy en una casa ibicenca. Es de noche. Las Torres Gemelas no han caído aún. No es un sueño, es un recuerdo. Estoy razonablemente contento. Suena Sinatra.

Apenas he llegado a la treintena. Conservo cierto idealismo post adolescente. Mis esperanzas casi
se han contaminado de realidades. No todo, casi todo, es posible. Creo que la Felicidad está a la vuelta de esquina. Estoy convencido de que mi vida va a comenzar por fin. Mis primeros 30 años han sido un ensayo general con ropa de escenario y un público pasivo.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin".

Estoy solo. Casi no conozco a nadie en esta fiesta. José Padilla está pinchando desde el atardecer. Acaba de presentar "Navigator", un disco de electrónica elegante, suave y fluida. Se podría considerar "chill out". Yo creo que tiene demasiado nervio para ser etiquetado de esa manera. Mañana subiré a un avión sin miedo por última vez en mi vida, aunque todavía tardaré mucho tiempo en darme cuenta. Howell Lewellyn, el que fuera corresponsal de Billboard en España, nos regalará a varios un periódico en el minúsculo aeropuerto de Ibiza. "Me gusta el papel", nos dice a modo de justificación. Desea resistir las invasiones bárbaras que muy pronto asolarán a los medios de comunicación tradicionales. Me parece una extravagancia simpática. Howell murió sin que yo le volviera a ver. Me gusta acordarme de esta anécdota. Fue la única vez que coincidí con él.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin". Es una versión en directo. Me emociona como nunca antes. Al final de la sesión le pregunto a Padilla de qué disco la ha sacado. Me contesta con muchas prisas porque tiene que irse en un instante. "Es del regreso de mediados de los 70". No se acuerda del título. Años después me compraré "The main event"en Buenos Aires, el disco del "Comeback" del Viejo Ojos Azules, grabado en el Madison Square Garden de Nueva York en octubre de 1974, cuando España todavía era una dictadura. Ya no suena Sinatra.

No recuerdo que vino después de Sinatra. Sólo que me volví al hotel a pie porque el cámara con el que viajaba había ligado con una chavala y necesitaba el coche. Horas después me juró que no había pasado nada. Como si me hubiera importado.

Desde entonces Ibiza ha sido un territorio mítico para mí. He vuelto muchas veces. La última de ellas quise encontrar la casa ibicenca de la fiesta de presentación del "Navigator" de José Padilla. Fracasé en mi objetivo.

Jamás he escuchado a Sinatra cantar "I've got you under my skin" como aquella noche. Algo me dijo justo en ese momento que iba a ser irrepetible.

Soy un hombre con suerte.


domingo, 25 de junio de 2017

El otro día conocí a un monje zen


El otro día conocí a un monje zen.

"Es lo que siempre digo para ahorrarme un montón de preguntas", me comentó nada más revelarme su condición.  "Pues si me dices una cosa así, conmigo te aseguras que te haga ese montón de preguntas que tratas de evitar", le contesté con hilaridad.

Inmediatamente antes me había dicho que, para ganarse la vida, ejercía de comercial, en un intento de evitar esas explicaciones que no quería dar. Lo comprendo perfectamente, tiene que ser muy aburrido explicar el budismo una tarde de junio en Madrid con temperaturas superiores a los 30 grados como corolario a una presentación de un libro. Pero yo sentía curiosidad, mucha curiosidad.

Obviamente, sólo me dio algunas nociones. Noté que, en realidad, me ofrecía datos teóricos, como la enorme cantidad de escuelas budistas que existen, las diferencias entre las del norte y del sur. Casi podría decirse que evitaba conscientemente entrar en el meolllo del asunto. Creo que lo pasamos bien, que yo aprendí alguna cosa y que confirmé otras, como el hecho de que no tomarse en serio a sí mismo es lo más inteligente y lo más profundo de lo que el ser humano es capaz. Y que eso puede ser budismo.

Esa tarde fue llamativa por otra cosa. En realidad, era una reunión, a propósito del evento ya referido, de viejos amigos. Uno de ellos, al que conozco desde hace casi 30 años me dijo, con una maliciosa sonrisa:

"Te voy a avergonzar".

No me asusté demasiado, porque ya no somos unos post adeolescentes tratando de quedar uno por encima del otro. No debía preocuparme demasiado aunque lo que iba a contar era un momento algo ridículo de mi pasado, pródigo, como el presente y esperemos que el futuro, en ese tipo de sucedidos.

"Salíamos de un garito. Caminábamos por Serrano o algo así. Y me dijiste lo siguiente".

Se hizo un silencio. El monje zen y yo esperamos las siguientes palabras de mi amigo con expectación.

"Tú tenías 21 años. Yo 20".

Hostia, es verdad, alguna vez tuve 21 años, debió ser en el siglo pasado.

"Tío, cuando llegues a los 21 te darás cuenta de que ya no hay nada que hacer. Todo ha terminado".

Grandes risas. Cachondeo. Por mi parte, alivio, al no consistir la anécdota en algún hecho vergonzoso sino en una tontería de las muchas que, a día de hoy, sigo diciendo.

Cuando se apagaron las carcajadas, manifesté mi asombro por la sabiduría que atesoraba a tan tierna edad. Más alborozo. Hasta el monje zen dijo que eso era muy zen.

A la mañana siguiente pensé en esa frase, de la que no me acordaba. Y me dí cuenta de que lo que tenía a los 21 años es, esencialmente, lo mismo que tengo ahora. Hace unos años el ser consciente de este dato aterrador me habría provocado ansiedad, tristeza, frustración y, seguramente, un insidioso peso en la vertical de mi pecho.

Ahora me la suda.

El otro día conocí a un monje zen.







viernes, 23 de junio de 2017

Un cuento en 30 minutos



Son las 17:45 del viernes 23 de junio de 2017. Voy a escribir un cuento en sólo 30 minutos. A las 18:15 estará terminado. aún no sé de qué va a ir. Empezaré por ponerle un título y a ver qué se me ocurre. Para ello buscaré unas cuantas palabras a voleo y trataré de unir una frase coherente. 

Ésta es la que me ha salido.

Ciertos responsables de la hierba

(Empecemos, pues, con el relato. Son las 17:52)

El jardinero es el camello del bloque de apartamentos Miguel de Unamuno, al norte de Madrid, en Sanchinarro. En realidad, es mucho más. Como hay portero automático es él el que se ocupa de las labores propias del conserje en una finca tradicional. A saber, fiscalizar a los vecinos, molestarles y, en general, invadir su privacidad de manera desvergonzada e intempestiva.

Lo mismo ocurre con los jardineros de los bloques colindantes, Europa 2000, Afremac y Severiano Ballesteros (este último incluye un campo de golf en desuso desde la llegada de la crisis).

Los jardineros se juntan todos los domingos por la mañana. En realidad no tienen en común más que su oficio. Hay un votante de Podemos, otro del Pacma y varios del PP. La única chica del grupo, Bernarda, sabe idiomas. Nadie sabe de qué hablan en esas reuniones.

(Joder, son las 18:00 y aún voy por el primer acto)

Todo empezó cuando llegó abril. Al principio nadie pareció darse cuenta de que los días volvían a acortarse, casi como si fuera el principio del otoño. A las dos semanas anochecía a las 6 de la tarde, que es lo que suele ocurrir en diciembre en Madrid. Pero no era diciembre, el termómetro anunciaba temperaturas muy por encima de los 20 grados. 

Estaba claro que había ocurrido una catástrofe. Tenía que ser algo muy gordo, que hubiera cambiado el eje de inclinación del planeta y/o la órbita alrededor del sol. En los medios de comunicación se ventilaban todo tipo de teorías. Había quien argumentaba que algo tendría que ver con las pruebas de mísiles balísticos de Corea del Norte. Otros suponían que era un ataque global de los terroristas islamistas. No faltaban los que decían que era una de las consecuencias del cambio climático. Fue un momento en el que los fanáticos religiosos ofrecieron al mundo sus enloquecidas teorías explicando este raro fenómeno, como no podía ser de otra manera. 

Y de pronto un día no amaneció. Un día no llego a ser día. Lo mismo en el norte que en el sur, en el este que en el oeste. La oscuridad total. 

Los responsables de la hierba del mundo decidieron ponerse manos a la obra. Las plantan morían, la Tierra estaba condenada.

(Sólo me queda el desenlace. Son las 18:10)

Los líderes de la Solución Final fueron los jardineros del Unamuno, Afremac, Europa 2000 y Ballesteros. Llevaban preparándose en silencio desde hacia décadas, quizá siglos. Habían construido centenares de naves espaciales, de Arcas de Noé, para escapar del Planeta Tierra. Ellos y sus familias. De generación en generación fueron acumulando conocimientos y tecnología. Cuando llegó el día, estaban preparados.

Tiraron 1000 millones de bombas atómicas, dejaron el planeta desolado y emigraron con destino a la estrella más cercana, Alfa Centauri. 

Una vez instalados en uno de los planetas próximos, crearon una sociedad de castas, injusta, con ganadores y perdedores y se inventaron un código seudo místico para regular su diminuta sociedad.

El Mal había ganado.

No había vuelta atrás. 

(Son las 18:18, he palmado por tres minutos)