lunes, 25 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad 2017


Durante un tiempo estuve escribiendo un cuento de Navidad todos los años, costumbre que abandoné hace bastante tiempo. Eran textos satíricos y/o cómicos en los que solía haber violencia y sangre. Supongo que pretendían ser irreverentes. Hoy retomo esa traicionada tradición con un relato de corte psicológico que me ha salido más negro de lo que había planeado. Eso sí, esta vez no hay bombas, tiros, venenos o asesinatos.



Estaba acostumbrada a pasar la Navidad en solitario. Recibió alguna que otra invitación para cenar acompañada en Nochebuena. Una de ellas la aceptó y luego se arrepintió. Inventó una excusa y se quedó en casa. Se hizo un regalo estupendo, 100 gramos de jamón ibérico de Guijuelo, que acompañó de un más que decente tinto de hipermercado. Se acostó antes de la medianoche, al día siguiente tenía que trabajar y no le vio el sentido a esperar a las 12. Ya había cursado todas las felicitaciones pertinentes, no había nada que la obligara a estar despierta en el momento en el que su ciudad empezara el consabido y tradicional intercambio de regalos. No estaba particularmente feliz ni infeliz. Logró que fuera sólo un día más, un día que iba a olvidar en menos de una semana. El día de Navidad fue distinto, pasó algo en su cabeza.
Tenía previsto salir al cine después de comer. Como se puso a llover el cielo se tornó gris perla. Se puso de buen humor y decidió que no necesitaba hacer el esfuerzo de mezclarse con el resto del universo. De la excesiva y poco sugerente oferta cinematográfica de Netflix eligió una comedia romántica inglesa que disfrutó solo a medias. Le gustó el planteamiento, le pareció loco y con muchas posibilidades. Una chica se hace pasar por otra en una cita a ciegas. Esperó hacia la mitad del segundo acto para darle una oportunidad. La terminó de ver por inercia. Segundos después de los títulos de crédito se olvidó de todo, incluso del título. Se hizo de noche.

Quizá fuera el melodramático discurso final del chico para convencer a la chica. Puede que lo llevara rumiando desde hacía unos días. Lo más probable es que no hubiera una única razón por la que algo empezó a rugir dentro suyo. Está claro que llevaba desarrollándose desde hacía mucho tiempo, meses, años, décadas,… Ella sabía que esto iba a salir de algún modo el día menos pensado. Se lo imaginó como una explosión, como una violenta toma de conciencia de la realidad en la que las máscaras caen y dejan desnudo a todo el mundo. A José Luis, a Tessa, a David, a Toño, a todos los que la querían, no todo lo que ella hubiera querido ni cómo ella hubiera querido. Sería un apocalipsis cristiano, un juicio final en el que se emitiría un veredicto colectivo de culpabilidad. La sentencia iba a ser lo de menos porque ella tendría su compensación por todo el dolor que le había causado sus amigos, no sus enemigos.
No, no se produjo ningún evento espectacular, no hubo fuego ni ruido ni nada. Sí, su círculo íntimo fue condenado. Consistió en una especie de perturbación momentánea en la que vio la verdad. La verdad desnuda. La cruda verdad. A veces es desagradable, siempre es hermosa. La belleza es éso, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Se dio cuenta de que siempre se había conformado con las migajas. Los demás dejaban de darle cariño cuando ella parecía darse por satisfecha a las primeras de cambio. Como un perro al que le dan un hueso, siempre el mismo hueso, para jugar. Siempre fue capaz de vivir su vida con muy poco amor. Ella es casi única, un ejemplar raro, una superheroína de las relaciones humanas que siempre piensa en como salvar a la Humanidad sin enfrentarse a sus demonios internos, como Batman.

Aquel día de Navidad maldijo su condición. Podía vivir sin besos ni abrazos, podía vivir con la áspera compañía de la soledad. ¿Por qué entonces se enfadaba con los demás porque no la amaban como pareja, como amiga, como familiar? No era culpa de ellos, ella siempre mostró sentirse abrumada con cualquier pequeña muestra de cariño. Siempre la devolvía quintuplicada, sin medir nada, con una generosidad que muchas veces parecía sobreactuada, aunque no lo fuera casi nunca.
Supuso que tenía que volver a empezar, que ser más inconformista con el amor que recibía y más tacaña con el amor que daba. Por unos segundos pensó que podría cambiar, que las próximas navidades las iba a pasar acompañada por personas que la querían de verdad y a las que no daba pena. La ilusión duró poco tiempo. Sabía que no sería capaz, que había pasado toda su vida siendo quien era. Lo intentaría sin esperanza, esperando lo que siempre esperó, que el viento soplara a su favor de una puta vez.

Encendió la tele. Estaban echando “’Qué bello es vivir!”. Decidió verla. Y esta vez sí que se lo pasó bien.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Juan



En el vídeo de "Human touch" hay un momento en el que Springsteen se mira un instante al espejo. Es sólo un segundo. Hace una mueca rara, parece un sonrisa forzada, es un gesto difícil de interpretar. Cuando lo vi por primera vez supuse que era una mirada desmitificadora de la existencia humana. "Esto es lo que hay, no hay glamour, casi todo es feo, la vida es dolor". 25 años después no tengo tan claro que sea éso lo que me sugiere esa imagen. Ahora lo que sí creo entender mejor es la canción. He ido comprendiéndola sin escucharla porque no está entre mis favoritas de él y tampoco se encuentra en un disco que me guste especialmente. Y, sin embargo, a lo largo de estas dos décadas y media que hace que se publicó me he ido acordando de ella con cierta frecuencia.

La recordé la madrugada en la que tuve que decidir a qué funeraria entregaba el cadáver de mi padre para darle el último adiós. Tres o cuatro tipos me esperaron a la puerta de la UCI para ofrecerme sus servicios. Me fui reuniendo con ellos por turnos y me decidí por uno. No fue el que mejor se explicó, ni el que me ofreció un mejor servicio y ni mucho menos era el más económico. Opté por él porque fue el único, EL ÚNICO, que mostró un poco de empatía elemental. El que me ofreció un "Human touch". Tengo un buen recuerdo de esa persona.

También sonó en mi cabeza hace unas semanas. Fue a finales de octubre. Era mi primera noche en mi casa recién reformada. Uno de los radiadores empezó a perder agua de manera violenta e imparable sobre la tarima flotante recién instalada. La crisis estaba servida. Todas las frustraciones acumuladas desde la muerte de mi padre y derivadas de su herencia explotaron como la llave de paso del agua. Aquello era mucho más que una emergencia en casa. Tuve que llamar a un fontanero de urgencia.

A la hora pactada se presentó un tipo que decía que se llamaba Juan. Hablaba raro, estaba claro que no era de por aquí. Le pedí que me anulara el radiador de marras. Antes de hacerlo me dijo lo que me iba a cobrar y me advirtió de los posibles problemas que podría ocasionarme. Me di por enterado y lo hizo. Volví a quedar con él un par de días después para que me arreglara los demás radiadores. Dijo que se presentaría en mi casa a las 7:10 de la mañana y llamó al telefonillo a las 7:06. Cumplió su palabra y me ayudó a poner en marcha la caldera, cosa que no tenía por qué hacer. Fue siempre profesional, serio, cumplidor y agradable. Me dio un poco de "Human touch", un poco de humanidad sin adulterar. Habíamos pactado una cantidad por sus servicios. Cuando ya estrechábamos nuestras manos para despedirnos decidí pagarle 50 euros más, un precio muy bajo por recordarme que no es tan difícil ser amable, ser humano.

Supuestamente, es lo que está en nuestra naturaleza.


A pesar de todo,
sigue sin volverme loco
"Human touch"

lunes, 3 de julio de 2017

El lacayo


No sé por qué me sigo acordando de él.

La primera vez que le vi fue en Urgencias. Mi padre había sufrido un infarto la noche anterior, justo cuando yo estaba viendo en el cine "El árbol de la vida", de Terrence Malick. Para no preocuparme no me llamó hasta la mañana siguiente. El lacayo apareció un rato después de que yo llegara. No estaba seguro de que hubiera sido una cardiopatía. Lo recuerdo con el aspecto de mi profesor de inglés en 1º de BUP, al que le gustaban los Simple Minds. Apareció un médico con más autoridad y dijo que no, que se quedaba, que tenían que ingresarlo.

Volví a ver al lacayo cuando mi padre recibió las primeras visitas médicas en su habitación. Acompañaba al doctor que llevaba el caso, que en mi memoria tiene el cuerpo y la cara de Fernando Vallespín, el que fuera mi profesor de Ciencia Política en 1º de Derecho. Es decir, debía de tener una imagen ochentera, algo meliflua y un poco guasona. Siempre que aparecía el lacayo era para chuparle los calcetines a un médico de rango superior.


Nunca supe qué era el lacayo. ¿Un fiel sirviente del jefe de departamento? ¿Un residente? Durante el primer ingreso de mi padre, de más de un mes y medio, con estancia en la UCI incluida, fue el profesional sanitario que más coincidió con nosotros Nunca un gesto empático, jamás una aportación diagnóstica. Todo el rato "sí, bwana... sí, bwana... sí, bwana".

La última vez que le vi fue cuando le dió el alta a mi padre. Lo hizo tarde y mal. Me tuvo esperando casi 24 horas. Al final salimos del hospital a eso de las 8 de la tarde, con un frío polar y noche cerrada. Era noviembre de 2011. Mi padre le preguntó cosas de la dieta y del día a día a lo que respondió con lugares comunes y cosas que no servían para demasiado. La única preocupación del lacayo era que mi padre no consumiera viagra en un par de meses. No veo por qué estaba tan seguro que un señor de 73 años, viudo y con insuficiencia renal podía tener vida sexual. Tampoco hubiera sido tan difícil preguntárselo, digo yo.

Puede que me acuerde de él porque me acuerdo de mi padre. O porque odio a los sumisos, a los lacayos... porque ellos siempre han heredado el reino de los cielos. Seguro que este lacayo es un médico de prestigio. Seguro que pisa moqueta y que no trabaja en las barricadas.

Estoy rodeado de ellos.


jueves, 29 de junio de 2017

Perfecto, armónico, finito, completo



Estoy en una casa ibicenca. Es de noche. Las Torres Gemelas no han caído aún. No es un sueño, es un recuerdo. Estoy razonablemente contento. Suena Sinatra.

Apenas he llegado a la treintena. Conservo cierto idealismo post adolescente. Mis esperanzas casi
se han contaminado de realidades. No todo, casi todo, es posible. Creo que la Felicidad está a la vuelta de esquina. Estoy convencido de que mi vida va a comenzar por fin. Mis primeros 30 años han sido un ensayo general con ropa de escenario y un público pasivo.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin".

Estoy solo. Casi no conozco a nadie en esta fiesta. José Padilla está pinchando desde el atardecer. Acaba de presentar "Navigator", un disco de electrónica elegante, suave y fluida. Se podría considerar "chill out". Yo creo que tiene demasiado nervio para ser etiquetado de esa manera. Mañana subiré a un avión sin miedo por última vez en mi vida, aunque todavía tardaré mucho tiempo en darme cuenta. Howell Lewellyn, el que fuera corresponsal de Billboard en España, nos regalará a varios un periódico en el minúsculo aeropuerto de Ibiza. "Me gusta el papel", nos dice a modo de justificación. Desea resistir las invasiones bárbaras que muy pronto asolarán a los medios de comunicación tradicionales. Me parece una extravagancia simpática. Howell murió sin que yo le volviera a ver. Me gusta acordarme de esta anécdota. Fue la única vez que coincidí con él.

Suena Sinatra. Suena "I've got you under my skin". Es una versión en directo. Me emociona como nunca antes. Al final de la sesión le pregunto a Padilla de qué disco la ha sacado. Me contesta con muchas prisas porque tiene que irse en un instante. "Es del regreso de mediados de los 70". No se acuerda del título. Años después me compraré "The main event"en Buenos Aires, el disco del "Comeback" del Viejo Ojos Azules, grabado en el Madison Square Garden de Nueva York en octubre de 1974, cuando España todavía era una dictadura. Ya no suena Sinatra.

No recuerdo que vino después de Sinatra. Sólo que me volví al hotel a pie porque el cámara con el que viajaba había ligado con una chavala y necesitaba el coche. Horas después me juró que no había pasado nada. Como si me hubiera importado.

Desde entonces Ibiza ha sido un territorio mítico para mí. He vuelto muchas veces. La última de ellas quise encontrar la casa ibicenca de la fiesta de presentación del "Navigator" de José Padilla. Fracasé en mi objetivo.

Jamás he escuchado a Sinatra cantar "I've got you under my skin" como aquella noche. Algo me dijo justo en ese momento que iba a ser irrepetible.

Soy un hombre con suerte.


domingo, 25 de junio de 2017

El otro día conocí a un monje zen


El otro día conocí a un monje zen.

"Es lo que siempre digo para ahorrarme un montón de preguntas", me comentó nada más revelarme su condición.  "Pues si me dices una cosa así, conmigo te aseguras que te haga ese montón de preguntas que tratas de evitar", le contesté con hilaridad.

Inmediatamente antes me había dicho que, para ganarse la vida, ejercía de comercial, en un intento de evitar esas explicaciones que no quería dar. Lo comprendo perfectamente, tiene que ser muy aburrido explicar el budismo una tarde de junio en Madrid con temperaturas superiores a los 30 grados como corolario a una presentación de un libro. Pero yo sentía curiosidad, mucha curiosidad.

Obviamente, sólo me dio algunas nociones. Noté que, en realidad, me ofrecía datos teóricos, como la enorme cantidad de escuelas budistas que existen, las diferencias entre las del norte y del sur. Casi podría decirse que evitaba conscientemente entrar en el meolllo del asunto. Creo que lo pasamos bien, que yo aprendí alguna cosa y que confirmé otras, como el hecho de que no tomarse en serio a sí mismo es lo más inteligente y lo más profundo de lo que el ser humano es capaz. Y que eso puede ser budismo.

Esa tarde fue llamativa por otra cosa. En realidad, era una reunión, a propósito del evento ya referido, de viejos amigos. Uno de ellos, al que conozco desde hace casi 30 años me dijo, con una maliciosa sonrisa:

"Te voy a avergonzar".

No me asusté demasiado, porque ya no somos unos post adeolescentes tratando de quedar uno por encima del otro. No debía preocuparme demasiado aunque lo que iba a contar era un momento algo ridículo de mi pasado, pródigo, como el presente y esperemos que el futuro, en ese tipo de sucedidos.

"Salíamos de un garito. Caminábamos por Serrano o algo así. Y me dijiste lo siguiente".

Se hizo un silencio. El monje zen y yo esperamos las siguientes palabras de mi amigo con expectación.

"Tú tenías 21 años. Yo 20".

Hostia, es verdad, alguna vez tuve 21 años, debió ser en el siglo pasado.

"Tío, cuando llegues a los 21 te darás cuenta de que ya no hay nada que hacer. Todo ha terminado".

Grandes risas. Cachondeo. Por mi parte, alivio, al no consistir la anécdota en algún hecho vergonzoso sino en una tontería de las muchas que, a día de hoy, sigo diciendo.

Cuando se apagaron las carcajadas, manifesté mi asombro por la sabiduría que atesoraba a tan tierna edad. Más alborozo. Hasta el monje zen dijo que eso era muy zen.

A la mañana siguiente pensé en esa frase, de la que no me acordaba. Y me dí cuenta de que lo que tenía a los 21 años es, esencialmente, lo mismo que tengo ahora. Hace unos años el ser consciente de este dato aterrador me habría provocado ansiedad, tristeza, frustración y, seguramente, un insidioso peso en la vertical de mi pecho.

Ahora me la suda.

El otro día conocí a un monje zen.







viernes, 23 de junio de 2017

Un cuento en 30 minutos



Son las 17:45 del viernes 23 de junio de 2017. Voy a escribir un cuento en sólo 30 minutos. A las 18:15 estará terminado. aún no sé de qué va a ir. Empezaré por ponerle un título y a ver qué se me ocurre. Para ello buscaré unas cuantas palabras a voleo y trataré de unir una frase coherente. 

Ésta es la que me ha salido.

Ciertos responsables de la hierba

(Empecemos, pues, con el relato. Son las 17:52)

El jardinero es el camello del bloque de apartamentos Miguel de Unamuno, al norte de Madrid, en Sanchinarro. En realidad, es mucho más. Como hay portero automático es él el que se ocupa de las labores propias del conserje en una finca tradicional. A saber, fiscalizar a los vecinos, molestarles y, en general, invadir su privacidad de manera desvergonzada e intempestiva.

Lo mismo ocurre con los jardineros de los bloques colindantes, Europa 2000, Afremac y Severiano Ballesteros (este último incluye un campo de golf en desuso desde la llegada de la crisis).

Los jardineros se juntan todos los domingos por la mañana. En realidad no tienen en común más que su oficio. Hay un votante de Podemos, otro del Pacma y varios del PP. La única chica del grupo, Bernarda, sabe idiomas. Nadie sabe de qué hablan en esas reuniones.

(Joder, son las 18:00 y aún voy por el primer acto)

Todo empezó cuando llegó abril. Al principio nadie pareció darse cuenta de que los días volvían a acortarse, casi como si fuera el principio del otoño. A las dos semanas anochecía a las 6 de la tarde, que es lo que suele ocurrir en diciembre en Madrid. Pero no era diciembre, el termómetro anunciaba temperaturas muy por encima de los 20 grados. 

Estaba claro que había ocurrido una catástrofe. Tenía que ser algo muy gordo, que hubiera cambiado el eje de inclinación del planeta y/o la órbita alrededor del sol. En los medios de comunicación se ventilaban todo tipo de teorías. Había quien argumentaba que algo tendría que ver con las pruebas de mísiles balísticos de Corea del Norte. Otros suponían que era un ataque global de los terroristas islamistas. No faltaban los que decían que era una de las consecuencias del cambio climático. Fue un momento en el que los fanáticos religiosos ofrecieron al mundo sus enloquecidas teorías explicando este raro fenómeno, como no podía ser de otra manera. 

Y de pronto un día no amaneció. Un día no llego a ser día. Lo mismo en el norte que en el sur, en el este que en el oeste. La oscuridad total. 

Los responsables de la hierba del mundo decidieron ponerse manos a la obra. Las plantan morían, la Tierra estaba condenada.

(Sólo me queda el desenlace. Son las 18:10)

Los líderes de la Solución Final fueron los jardineros del Unamuno, Afremac, Europa 2000 y Ballesteros. Llevaban preparándose en silencio desde hacia décadas, quizá siglos. Habían construido centenares de naves espaciales, de Arcas de Noé, para escapar del Planeta Tierra. Ellos y sus familias. De generación en generación fueron acumulando conocimientos y tecnología. Cuando llegó el día, estaban preparados.

Tiraron 1000 millones de bombas atómicas, dejaron el planeta desolado y emigraron con destino a la estrella más cercana, Alfa Centauri. 

Una vez instalados en uno de los planetas próximos, crearon una sociedad de castas, injusta, con ganadores y perdedores y se inventaron un código seudo místico para regular su diminuta sociedad.

El Mal había ganado.

No había vuelta atrás. 

(Son las 18:18, he palmado por tres minutos)

domingo, 30 de abril de 2017

Retorno a Brideshead


"Comeback" lo llaman los periodistas deportivos anglosajones. Es posible que sean mis historias favoritas. Es lo que hizo Alí con Foreman en Kinshasa, cuando nadie creía en él, cuando todos, incluso los suyos, pensaban que iba a ser derrotado y que nunca lograría de nuevo el cinturón de campeón. Fue el Regreso. Quisieron acabar con él, le quitaron su licencia, perdió los mejores años de su carrera sancionado por no querer ir a la guerra de Vietnam. Por aclamación popular le levantaron el castigo. Era un boxeador invicto al que le habían quitado el título por trapicheos en los que su pertenencia a la Nación del Islam debió tener mucho que ver. El camino para culminar el Regreso fue muy duro. Joe Frazier le derrotó, le arrebató su condición de imbatible la primera vez que se vieron las caras en un ring. Aún vendrían más curvas porque cayó ante un boxeador inferior, Ken Norton. Ambos habían sido noqueados por Foreman antes del combate que le iba a enfrentar a Alí, que ya no era el púgil elegante, rápido y técnico que revolucionó el estilo de boxear de los pesos pesados. Estaba claro que iba a ser destruido. Eso pareció al término del primer asalto, del segundo... Nada parecía cambiar, el destino estaba marcado. Sin embargo, en el octavo asalto, el plan de esperar a que Foreman se cansara por fín dio sus resultados. Alí había vuelto.



El pasado nos explica. Cuando empezamos a mirar hacia atrás buscamos respuestas. A menudo acerca del futuro. Si una cosa fue de una manera lo normal es que vuelva a ser de esa manera. Es un truco que casi siempre funciona. El pasado que elegimos recordar dice mucho de nuestro presente. Significa algo que para el capitán Charles Ryder la nostalgia sea, en "Retorno a Brideshead", ese improbable trío que formó en su juventud con los aristocráticos hermanos Flyte. El capitán Ryder ha decidido que lo que le gusta es el lujo decadente, los placeres sensoriales y cierta inquietud intelectual. Éso es lo que le define.



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Si yo vuelvo  una y otra vez a esta humilde bitácora es porque este es mi "Brideshead" particular. El lugar emocional en el que me siento realizado, donde acudo en busca  de respuestas y de preguntas ya formuladas más esclarecedoras que esas respuestas. Vuelvo para tener la oportunidad de derribar a George Foreman en el octavo asalto, tras pasarme toda la pelea contra las cuerdas.

Vuelvo. Y seguiré volviendo. Porque uno no puede evitar ser como es y porque me flipa la trompeta barroca del tema central de "Brideshead revisited" (1981).