Tobillos finos

Se lo dije un día, hace muchos años, como si fuera algo que llevara observando cuidadosamente durante un tiempo prolongado. Es curioso, en realidad no quería dar esa imagen de fiel devoto. Mi método de seducción suele consistir en exhibir cierta distancia “cálida” que supongo que resulta misteriosa y atractiva. Lo suelo emplear para sentirme sofisticado y así ganar algo de seguridad en mí mismo.

No me suele funcionar.

La dije que siempre llevaba pantalones y que sus tobillos eran finos. Quería dedicarle un piropo elegante y le hablé de una parte de su anatomía que no había visto nunca. No sólo eso, jamás me han atraído los tobillos. Me suelen parecer muy feos, quizá la parte menos hermosa del cuerpo humano. Me fijo mucho en las rodillas o en los hombros. Me suelen motivar mucho las axilas de  mujer con algo de pelo, por el recuerdo de una chica francesa de preciosos y pequeños pechos que me devolvió una pelota de playa con una sonrisa cuando yo tenía 15 añitos y ambos nos bañábamos en el Mediterráneo. Estoy viendo la imagen ahora mismo. Era morena, pelo rizado, piel tostadita… Si esta tarde me la encuentro por las calles de Madrid no la reconocería. Jamás hablé con ella. Me pasó la pelotita, me sonrió, me permitió mirarla. Algo se movió dentro de mí. Un amigo suele decir que él empezó a admirar a las mujeres cuando escuchó a Sinatra cantar “The shadow of your smile”. Yo entendí que hay algo profundo en el placer sensorial cuando aquella veinteañera me dedicó unos segundos de su vida. Hay algo ultraterreno en lo más terreno. En unas axilas sin depilar.

Poco tiempo después de aquel día en que la dije que tenía los tobillos finos pude vérselos por primera vez. Era un día de calor, estábamos en una reunión de amigos y ella iba con una vestidito ligero que permitía soñar con su cuerpo. Se había puesto unas zapatillas baratas de color rojo y no llevaba calcetines. Debió pensar que era un chico un poco raro porque no dejé de observar sus lindos tobillitos en todo el día.

No hace mucho me confesó que en aquella época pensaba de mí que era un poco lelo. “Me hablabas de tobillos finos, citabas a Heráclito, rehuías todas mis aproximaciones. Creía que eras idiota. No en un mal sentido de la palabra porque me caías simpático. De hecho, hasta me gustabas”.

Desarrollé una insana obsesión por sus carcajadas, primero, y sus tobillos finos después. Era insana por irracional. Por eso la he definido así. Y porque no me llevaba a ningún lado, no me forzaba a actuar en ningún sentido. No me hacía feliz y tampoco me dañaba, sólo disfrutaba del ruido de sus risas y de lo minúsculo de sus tobillos.


Era inútil, como suele serlo la belleza. El arte por el arte, sin más significado. 

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