La Cara de la Noche



Inició el año del centenario de la muerte de Cervantes en una fiesta celebrada en la calle que Madrid consagró al autor del Quijote. De este dato se dio cuenta al día siguiente.

Era obvio que ese no era su ambiente. Siempre aparentó menos edad de la que tenía y pudo, según creyó, pasar desapercibido. Él sabía que él era la persona más vieja de los que se encontraban en esa grisácea madrugada en ese punto concreto del mundo. Optó por bailar, sonreír y no esperar nada.

Conoció a varias personas con las que disfrutó del momento. Siempre supo que esas relaciones iban a ser estrellas fugaces que se apagarían en cuanto terminara esa Nochevieja. Tuvo tiempo de cantar las aventuras de Alonso Quijano, el hombre que vivió loco y murió cuerdo. "La obra de un soldado", como dijo su interlocutor, fascinado por el personaje y su creador.

Todo el rato estuvo mirando por el rabillo del ojo. Rastreaba la habitación en busca de una cara, la Cara. Pertenecía a una chica alta, vestida con una falda larga y unos recios botines, lo que le daba un aspecto como de matrona decimonónica. Su pelo corto, puede que recogido en un moño, reforzaba esa sensación. Debía ser muy guapa.

Hace mucho tiempo, en el siglo pasado, un tal Jimmy Jam le habló de un concepto que desde entonces ha adoptado como suyo. La Cara de la Noche. Debía ser el rostro de una mujer bonita, el rostro de una mujer con quien estabas destinado a no hablar jamás. Ni esa noche ni ninguna. Una promesa incumplida. La belleza de lo que pudo ser.

Esa chica alta fue para él La Cara de la Noche.

Ella irrumpió en una de las conversaciones que él mantuvo. Estaba en un balcón compartiendo un cigarro de la risa con el tipo con el que habló de Cervantes (en la calle Cervantes). Intercambiaron unas breves palabras.

Se presentaron. Ella se llamaba como una ex novia suya. Y era actriz, como otra ex novia suya.

Al poco ella se fue, aduciendo que hacía frío.

Un rato después, él se derrumbó en un sillón. La fiesta había acabado. La gente se resistía a irse. Estaba cansado y feliz. A un tiempo se sentía tan desconcertado como lúcido.

La Cara de la Noche se sentó en el sillón de enfrente. Se miraron. Primero de reojo, después ya sin remilgos.

Estaban a punto de dar las doce del mediodía. Él se despidió de la gente y se retiró con toda la elegancia y dignidad que fue capaz de reunir.

Mientras caminaba por el Paseo del Prado en dirección a su coche sonó el móvil. La identidad de quién estaba llamando era desconocida.

Él tuvo un momento de duda.

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