La mosca


Si ha habido una conversación en los últimos meses que se ha repetido hasta la saciedad en mi entorno ha sido la del cambio climático. Tanto en España como en Argentina he seguido el mismo patrón. Primero, sorpresa ante el exagerado calor que para esas fechas estaba haciendo. Después, un acuerdo total de que esto es una prueba evidente de que el aumento de la temperatura planetaria ya había empezado. A partir de aquí, cierta división de opiniones. Unos decían que ya era imparable, algunos defendían que estábamos a tiempo de reaccionar y otro, incluso, se aventuraba a hacerse eco de esa folklórica teoría de que nada de esto está provocado por el hombre.

Sin embargo, la evidencia más clara de que el cambio climático ha llegado para quedarse ha sido mi duelo a muerte con una mosca.

Sí, una mosca.

En diciembre.

No hace falta añadir nada más, ¿no? Una mosca en diciembre en Alpedrete, sierra de Madrid, España, Europa, Hemisferio Norte, en otoño/invierno.

Durante varios días la mosca estuvo dando vueltas por mi casa. Esa semana no abrí las ventanas porque, por la noche, en mi pueblo, sí que hacía fresquito. Y la mosca estaba en un hábitat protegido. Buena temperatura, imagino que alimento suficiente y solo la presencia molesta de un humano que, la mayoría de las veces, la dejaba vivir.

Un día me cansé de su monótono zumbido y fui a por ella.

La perseguí por el salón pero era muy rápida para mí. Se acercaba y se iba antes de que pudiera atacarla. Ese asalto fue para la mosca.

Un par de días después turbó mi sueño con su aleteo imbécil. Me desperté y volví a luchar contra ella. Esta  vez con mucho ahínco. Un par de veces estuve a punto de acabar con ella pero pudo esquivar en ambas ocasiones mi manotazo.

Segundo asalto para la puta mosca.

El tercero fue el último. Sufrió un severo KO por mi parte. Segura de su superioridad se le ocurrió molestarme cuando veía la tele. Se quedó quieta en uno de los brazos del sillón. Yo tenía una revista en la mano.

En una décima de segundo todo había terminado. El cadáver de la mosca yacía en el suelo. Había sido capaz de reaccionar a mi movimiento y levantó el vuelo antes de que revista llegara a impactar de forma directa contra ella. No fue suficiente. La rocé con la revista en el inicio de su maniobra de escape y con eso la desequilibré. Cayó, seguramente desorientada.

Y en el suelo, la rematé.

Experimenté una sensación de triunfo empañada por la asunción de que había asesinado al único ser vivo con el que he convivido en los últimos meses.







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