Mi viejo


*Con esta entrada cierro la trilogía sobre mi familia. Las otras dos son las dedicadas a mi madre y a mi abuela


Llevo pensando en esta entrada desde hace casi dos años. Suponía que la iba a escribir con tiempo, midiendo cada frase, cada palabra. Sería el mejor texto de esta humilde bitácora. Además, esta es la entrada número 1000. Debería de ser algo grande.

Sin embargo, estoy escribiéndola en pijama, tumbado en el sofá y con la tele puesta. No tengo nada pensado sobre qué es lo que quiero transmitir y cómo. Dispongo de muy poco tiempo para terminarla, unos 20 minutos como mucho.

Quizá sea la mejor manera de encarar este trabajo. Bajo presión y sin las ideas claras en un contexto poco favorable.

Él, mi viejo, también era hijo único. El tiempo me ha demostrado que en la casa donde vivíamos mis padres, mi abuela paterna y yo, mi viejo era el verdadero niño mimado. Quizá fue porque yo no quise serlo, porque me daba vergüenza que el mundo lo creyera. Mi madre y mi abuela orbitaban alrededor de mi viejo. Yo estaba en un segundo plano, ligeramente fuera de foco.

Hizo muchas cosas bien. Me inculcó el amor por la música y por la aproximación racional. Me enseñó el valor del vil metal. Tenía dos frases sobre este asunto, "¿Tú te crees que el dinero lo cagan los perros?" y "El dinero, de algún culo saldrá". No fue excesivamente afectuoso conmigo, ese papel estaba reservado a mi madre. La única manifestación física de su cariño hacia mí que recuerdo tuvo lugar 3 días antes de que muriera, cuando me eché a llorar en la UCI y él, con una dulzura de la que no sabía que era capaz, me acarició la cabeza.

Como decía mi madre, terminé pareciéndome mucho a él. Mi padre era un mar de dudas constante. Algo que me irritaba muchísimo y que imito, muy a mi pesar. A él no le dolía su indecisión. A mí, me hace mucho daño cuando me debato entre preguntas que no puedo responder.

No tengo intención de ajustarle las cuentas. Solo cuento las cosas como yo creo que fueron. En el fondo, acabo de descubrir que estas apresuradas líneas sirven para dos propósitos. Lamento que mi padre se fuera antes de que pudiera hablar con él de igual a igual, no como padre sabio a hijo desafiante. Ahora sé que los dos teníamos tantas preguntas como respuestas. Yo estaba a punto de arribar a ese punto, quizá él, mi viejo, ya hubiera llegado. A esto debo añadir que mi madre, mi mamá, también partió mucho antes de lo debido. La vida me debe tiempo con mis seres queridos. Estoy decidido a reclamar una compensación.

La otra intención que abriga esta entrada, la número 1000 de esta humilde bitácora, es mi firme intención de cerrar una etapa de mi vida y abrir otra. Se acabó Alpedrete, se acabó ser hijo y nieto, se acabó el Vencido que fui, un Vencido del que, al final, me siento orgulloso, debo confesar. Pero ahora el hombre del espejo no soy yo, es el que seré. Estoy ultimando los últimos detalles, no sé cuánto me queda para completar el cambio. De algo estoy seguro, queda poco, muy poco.

La cuenta atrás ha empezado ya...

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