sábado, 26 de septiembre de 2015

Mi viejo


*Con esta entrada cierro la trilogía sobre mi familia. Las otras dos son las dedicadas a mi madre y a mi abuela


Llevo pensando en esta entrada desde hace casi dos años. Suponía que la iba a escribir con tiempo, midiendo cada frase, cada palabra. Sería el mejor texto de esta humilde bitácora. Además, esta es la entrada número 1000. Debería de ser algo grande.

Sin embargo, estoy escribiéndola en pijama, tumbado en el sofá y con la tele puesta. No tengo nada pensado sobre qué es lo que quiero transmitir y cómo. Dispongo de muy poco tiempo para terminarla, unos 20 minutos como mucho.

Quizá sea la mejor manera de encarar este trabajo. Bajo presión y sin las ideas claras en un contexto poco favorable.

Él, mi viejo, también era hijo único. El tiempo me ha demostrado que en la casa donde vivíamos mis padres, mi abuela paterna y yo, mi viejo era el verdadero niño mimado. Quizá fue porque yo no quise serlo, porque me daba vergüenza que el mundo lo creyera. Mi madre y mi abuela orbitaban alrededor de mi viejo. Yo estaba en un segundo plano, ligeramente fuera de foco.

Hizo muchas cosas bien. Me inculcó el amor por la música y por la aproximación racional. Me enseñó el valor del vil metal. Tenía dos frases sobre este asunto, "¿Tú te crees que el dinero lo cagan los perros?" y "El dinero, de algún culo saldrá". No fue excesivamente afectuoso conmigo, ese papel estaba reservado a mi madre. La única manifestación física de su cariño hacia mí que recuerdo tuvo lugar 3 días antes de que muriera, cuando me eché a llorar en la UCI y él, con una dulzura de la que no sabía que era capaz, me acarició la cabeza.

Como decía mi madre, terminé pareciéndome mucho a él. Mi padre era un mar de dudas constante. Algo que me irritaba muchísimo y que imito, muy a mi pesar. A él no le dolía su indecisión. A mí, me hace mucho daño cuando me debato entre preguntas que no puedo responder.

No tengo intención de ajustarle las cuentas. Solo cuento las cosas como yo creo que fueron. En el fondo, acabo de descubrir que estas apresuradas líneas sirven para dos propósitos. Lamento que mi padre se fuera antes de que pudiera hablar con él de igual a igual, no como padre sabio a hijo desafiante. Ahora sé que los dos teníamos tantas preguntas como respuestas. Yo estaba a punto de arribar a ese punto, quizá él, mi viejo, ya hubiera llegado. A esto debo añadir que mi madre, mi mamá, también partió mucho antes de lo debido. La vida me debe tiempo con mis seres queridos. Estoy decidido a reclamar una compensación.

La otra intención que abriga esta entrada, la número 1000 de esta humilde bitácora, es mi firme intención de cerrar una etapa de mi vida y abrir otra. Se acabó Alpedrete, se acabó ser hijo y nieto, se acabó el Vencido que fui, un Vencido del que, al final, me siento orgulloso, debo confesar. Pero ahora el hombre del espejo no soy yo, es el que seré. Estoy ultimando los últimos detalles, no sé cuánto me queda para completar el cambio. De algo estoy seguro, queda poco, muy poco.

La cuenta atrás ha empezado ya...

martes, 22 de septiembre de 2015

Transición


Creo recordar que fue el ciclista colombiano Fabio Parra quien dijo una vez algo parecido a que la última etapa de La Vuelta era una de "transición" (sic). Venía a caer en el error de identificar "transición" con "no pasará nada". Supongo que él oía que se las llamaba así a esas etapas en las que no había diferencias entre los favoritos y tampoco había ataques. Esa confusión le llevó a pensar que "transición" era un sinónimo de "intrascendente".

Una transición es de todo menos intrascendente. Lo sé bien porque llevo en una desde hace casi dos años, unos 22 meses y medio. En una transición están todas las claves del futuro inmediato. Y muchas de las pautas del futuro a medio y largo plazo.

Tengo una lista mental de asuntos que están a la espera de resolución. Ninguna de las paredes maestras de mi existencia pasa de ser provisional. Estoy pendiente de que se resuelvan tantas cosas desde hace tanto tiempo que tengo la incómoda sensación de que voy a estar en esta indefinición para toda la vida. Es una falacia, no va a ocurrir. No Algo va a clarificarse, algo va a tener lugar, algo va a explotar.

La otra vez que me pasó fue en 1997, en el verano de 1997. Fueron tan solo unos meses. Tres grandes asuntos se pusieron en juego y en los tres terminé fracasando. Ese apocalipsis ha marcado mi vida. Aprendí algo pero a un precio muy alto. Perdí mucho y, en algún caso, para siempre.

Me gustaría pensar que ahora va a ser al revés, que voy a triunfar en todo lo que está sujeto a una todavía no publicada sentencia definitiva. Durante estos 22 meses y medio he estado trabajando muy duro para que todo salga como quiero que salga. ¡Qué coño!, como merezco que salga. En esta transición se encuentran todas las decisiones con las que puedo influir en el resultado. Algún error he cometido, algún error estoy a punto de cometer. Espero que no influyan tanto como mis aciertos. Esos aciertos que en el 97 fueron estériles.

Ahora mismo lo que más me inquieta es que la transición no termina de terminar. Muchas veces pensé que estaba a punto de avistar la tierra prometida y ya no me creo nada. No soy capaz de visualizar la siguiente etapa de mi vida. Mi imaginación no llega a más allá del día de hoy. Vivo el momento porque no puedo hacer otra cosa. El carpe diem es para mí una imposición. Una metáfora de mi debilidad.

Eso es lo que más daño me está haciendo ahora mismo.

Puedo pelear, y vencer, contra el rechazo, la derrota, la frustración, el fracaso, la tristeza, el amor no correspondido, la soledad, mi propia locura, el hartazgo, la miseria moral ajena, la miseria moral propia,...

Lo que no puedo es soportar esta transición. Todavía deberé hacerlo un tiempo.

Mientras, escucho la sabia voz de Charles Aznavour y logro domar este volcán interno del que estas palabras son un fiel reflejo. Un día más, opongo la resistencia necesaria para lograr que, esta vez, no como en el 97, gane de una puta vez la puta guerra.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Caridad


Mi sincera intención es que esta entrada no resulte desabrida. Soy muy consciente de que si me dejo llevar sonará condescendiente y moralizante. Por eso quiero y debo tener mucho cuidado.

El concepto de caridad es positivo. Es una redundancia afirmarlo. Nadie en su sano juicio puede pensar que sentir compasión hacia otro ser humano sea malo. Se trata de una idea que nos viene del mundo ideológico judeocristiano en el que nos hemos criado. En el que nos venimos criando en Europa desde hace siglos. Las monjitas con las huchas del Domund, la calderilla que le tiramos a los pobres, las ONG's, ese tipo de cosas. Creo que se me entiende. No tengo nada en contra, antes al contrario, lo aplaudo fervorosamente. Necesito dejar esto claro porque no quiero que se desvirtúen mis palabras.

La crisis de los refugiados está agitando las conciencias. Una masa de europeos decentes ha sido capaz de obligar a sus gobiernos a acoger a esos desheredados de la fortuna que han debido escapar de Siria. Eso ha sido caridad. Y es bueno. Incluso justifica que exista un ente político llamado Europa.

Aquí viene lo difícil. Es bueno, sí. También es insuficiente. Ayuda mucho a aliviar la crisis actual. Negar eso es de miserables. Negar eso es ignorar que un puñado de seres humanos han tratado de ayudar a otro puñado de seres humanos. Sin embargo, no resuelve el problema de fondo. ¿Por qué han debido huir los sirios de su país?

Siento no ser muy original con el diagnóstico. Tampoco lo soy con el tratamiento. Debemos tratar de entender el problema y contribuir a solucionarlo. Ya estoy oyendo toques de corneta acompañando mis palabras. No estoy sugiriendo una solución militar, ni mucho menos. El ISIS lo creó una guerra, puede que una guerra también lo destruya pero lo sustituirá otra organización más dañina. El ISIS es mucho peor que Al Qaeda. La historia nos ha enseñado que la violencia solo llama a la violencia. Es necesario saber qué es lo que pasa allí y luego actuar en consecuencia. Debo confesar que no conozco el asunto lo suficiente como para proponer alguna línea de actuación. Igual que la mayoría de nosotros, igual que la mayoría de nuestros gobernantes. Debemos interesarnos por lo que pasa más allá de nuestras narices.

Una cosa sí que sé. La caridad es un concepto positivo. Sirve para acallar nuestra conciencia y para hacer del mundo un lugar mejor. Solo tiene un inconveniente. La caridad no cuestiona el status quo, no se pregunta por las causas de la enfermedad, actúa sobre los síntomas. Por eso, únicamente con caridad no se soluciona nada. Los pobres siguen siendo pobres, los refugiados siguen siendo refugiados, las élites políticas y económicas siguen siendo las mismas. Por muchas catástrofes humanitarias que se produzcan, nunca hay nada nuevo bajo el sol.

domingo, 6 de septiembre de 2015

17 años


Está siendo un comienzo de mes de septiembre fresquito. Yo no recuerdo que esto nunca haya sido así. Las temperaturas están por encima de los 20 grados por muy poco. Por las noches hace frío. Frío sin paliativos. Llevamos unos días con el cielo encapotado, gris, "culo de burro".

Ayer por la tarde me sorprendí a mí mismo con un pensamiento extraño. Resulta que ahora me gustan los cielos encapotados.

Es cierto que siempre he sentido fascinación por los días que son de esta manera. Solo en pequeñas dosis porque me canso muy fácilmente. No solo eso, me deprimo. Ya llevamos unos cuantos días pre otoñales y me sigue pareciendo bien. Esto es lo extraño.

Supongo que me recuerdan a los días de los 80, días que en mi recuerdo son, en su mayoría, grises y fríos. Y felices. Era una época en la que todo era posible. Un tiempo en el que Springsteen sacaba grandes discos, Depeche Mode obras maestras y era aceptable ser fan de los Dire Straits.

Estos cuatro párrafos significan una sola cosa.

Están pasándome cosas excepcionales. No espectaculares. Simplemente excepcionales. Los eventos anormales que estoy experimentando no sirven para armar un guión de una película. Y sin embargo, no han pasado nunca.

El viernes, sobre las 8 y media de la noche tuve un encuentro inesperado. Fue con una persona a la que no veía desde el siglo pasado, desde mayo (creo) de 1998. Hemos vivido en la misma ciudad todo este tiempo. Durante seis meses compartimos un lugar de trabajo. Teníamos amigos comunes. Vecinos suyos a los que veía todos los días. A pesar de esto, nunca nos habíamos cruzado. Hasta hace 10 días, cuando me pareció verla y no me animé a saludarla. El viernes sí lo hice y tuvimos una agradable conversación. No creo que esto vaya mucho más allá. Bastante sería que nos tomáramos un café. No es importante lo que ocurra a partir de ahora porque nada va a pasar.

El azar es muy caprichoso, lo sé. No es serio buscar sentidos ocultos las cosas que nos pasan. Es una cuestión de probabilidades y no otra cosa.

¿Podría ser que no me encontré con esta persona porque no quería verla? ¿Podría ser que inconscientemente me cerré en banda? ¿Que cuando había una mínima posibilidad de que ocurriera yo tomaba decisiones aparentemente triviales para que no fuera así?

Son preguntas que no suenan mal. Si una persona huye de otra no hay manera de coincidir en ninguna situación.

Estos diez párrafos en realidad solo quieren decir una cosa.

Es posible que esté tomando una decisión inconsciente (y desgarradora) en otro asunto. Un asunto muy importante y del que llevo escribiendo de manera críptica desde que volví a abrir esta humilde bitácora.

Como siempre, el tiempo me dará la solución a mis dudas.