El del espejo


Suelo caerme bien a mí mismo. No tengo otro remedio, si no me aguantara habría de tomar alguna medida extrema, como el suicidio o ir a terapia. Para lo primero no tengo ánimo y para lo segundo no tengo dinero. Afortunadamente suelo vivir en armonía con el tipo cuya imagen me muestra el espejo cuando me lavo los dientes. Sé que tiene cosas que mejorar, sé que debería haber aprendido algo más de la vida. También sé que le podemos dar un aprobado. Sobre todo si lo ponemos en relación con determinados elementos con los que me cruzo todos los días.

Sin embargo, esta semana me he caído mal. He llegado a casa por las noches con una ganas enormes de echarme a dormir para no tener que soportarme más. ¿Por qué me he odiado a mí mismo precisamente esta semana? No porque haya pasado o vaya a pasar algo. No. No creo.

Es plausible que sea un aviso de mi subconsciente de que tengo que cambiar algo en mi manera de ser.  No sería de extrañar que ese odio que he sentido por mí mismo sea el reflejo del disgusto que provocan algunos rasgos de mi encantadora personalidad en los demás.

Si fuera lo suficientemente adulto trataría de adoptar una aproximación racional. Investigar que me hace irritante para mí y molesto para los demás. (Ahora que lo pienso, puede que sea al revés). Intuyo que mi sentido del humor no debe de estar muy ajustado en los últimos tiempos. Tengo un buen punto de partida. Quizá debiera partir de este concepto, desarrollarlo y llegar a una conclusión más o menos definitiva.

Lástima que ya no lo vaya a hacer. Esta mañana me he levantado, he leído un poco y he cogido la bici. Después de consumar esta agradable actividad le he echado un vistazo al hombre del espejo. Resulta que me vuelve a caer bien.

A lo mejor solo me hacía falta dormir un poco.

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