Mi abuela


Hoy me he acordado de mi abuela. Nació en enero de 1911 y murió unos días antes de que cayeran las Torres Gemelas de Nueva York. Su vida fue perra hasta que llegó a la madurez, con un hijo, 40 primaveras cumplidas y un empleo estable y bien remunerado en el Buenos Aires de los años 50. Mi abuela Romana era una niña bien de un pueblo de Valladolid que entonces era próspero, La Mota del Marqués. Enfrentándose a su familia casó con un farmacéutico zaragozano que vivía en Barcelona. No os tengo que decir cómo era la vida en la España de los años 20 y 30, el momento de la infancia, adolescencia y primera juventud de mi abuela.

Y luego estalló la Guerra Civil. Mi abuela tenía 25 años.

Mi padre nació en febrero del 38. Mi abuela tenía 27 años.

Mi padre no conoció al suyo. Mi abuelo murió en la guerra. Le mandaron al frente porque no se presentó voluntario, a pesar de que tenía una carrera. No lo hizo porque era un socialista en la zona rebelde. Su cuerpo nunca fue encontrado. Nunca se supo qué pasó con él. Iba con un compañero cuando intercambiaron disparos con las tropas leales a la República. El padre de mi padre recibió un disparo. El compañero huyó porque, según él, mi abuelo le dijo que estaba bien. El compañero vio cómo llegaban los soldados enemigos al lugar donde estaba mi abuelo. Nadie supo más de él.

La guerra terminó en el 39. Mi abuela se comió la posguerra en Barcelona con un niño pequeño, sin recursos económicos suficientes para sobrellevar la situación. Aún así, mi padre no recordaba penurias de aquel periodo de su vida. No me cabe la menor duda de que mi abuela le evitó todo eso matándose a trabajar.

En España no había futuro. Y decidió emigrar a Argentina. Eso fue en el 48.

Mi abuela tenía 37 años.

Todavía le costó un tiempo estabilizar su vida en Argentina. Lo logró en los 50, cuando entró a trabajar de ama de llaves de una casa de un terrateniente de origen irlandés.

A partir de ese momento su vida no fue un camino de rosas, es cierto. Tampoco fue el infierno que había sido hasta entonces.

Me duele mucho pensar que los mejores años de su vida los había malgastado en la caótica primera mitad del siglo XX. No tuvo tiempo para el amor ni el desamor. Ni para trazar ambiciosos planes vitales. Careció de sueños por cumplir. Cuando tuvo tiempo para todo eso ya no poseía el empuje necesario.

Su objetivo era otro:

Sobrevivir. Sacar adelante a mi padre.

Sin ella yo no estaría aquí. Por eso, por ella, estoy obligado a amar, a soñar, a fracasar y a volver a empezar de nuevo.

Se lo debo. Ella no pudo hacerlo.

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