martes, 28 de julio de 2015

Una sustitución


Esta no es la entrada que iba a escribir. Esta no es la entrada que necesito escribir. Porque no puedo. Todavía.

Esta es la entrada 994 y cuando llegue a la 1000 no sé qué pasará con esta humilde bitácora. Quizá la abandone. Quizá la destruya. Quizá siga escribiendo en ella. Antes de alcanzar esa cifra, por las dudas, deberé escribir una entrada sobre mi padre y así completar la trilogía sobre mi familia, cuyas anteriores entregas fueron sobre mi mamá y mi abuela.

Eso será otro día. Pronto. Seguro.

Hoy amontonaré palabras con cierta intención mientras escucho canciones de ABBA.

 ¿Cuál es mi intención?
Ni yo mismo lo sé muy bien.

Lo principal es escribir un poco porque hoy tampoco voy a ponerme con la novela. No me da tiempo a hacerlo. Y, además, tengo el archivo bueno en el portátil de casa, a la que no llegaré hasta tarde.

También hay cosas que quiero expresar, al margen de lo mi padre. Pero este no es canal adecuado.

En nuestras vidas hacemos demasiadas cosas en sustitución de otras que sí queremos o necesitamos hacer. Normalmente por cobardía. Todas las cosas que hacemos mal son por cobardía. Incluso algunas que hacemos bien. Podemos cometer actos de cobardía, no somos héroes. No debemos ser cobardes SIEMPRE.

Me temo que yo he sido un cobarde demasiadas veces.

Muchas de las cosas que hacemos bien las hacemos porque hemos sido valientes. Y también algunas que hacemos mal. Podemos ser valientes de vez en cuando. No debemos ser valientes SIEMPRE. Eso solo nos lleva al cementerio a una velocidad vertiginosa.

Me temo que yo he sido un valiente demasiadas veces.

Pocas veces he estado orgulloso de ser un cobarde, aunque sí me ha pasado en uno o dos eventos especialmente trascendentes. Ser cobarde está muy cerca de ser inteligente.

Siempre he estado orgulloso de actuar con valentía. Aunque debo reconocer que más veces de las que me confieso a mí mismo me he arrepentido de echarle valor a la vida. Sin embargo, estoy convencido de que para determinadas situaciones lo más inteligente es ser valiente.

Mi propósito para el porvenir inmediato es ser más cobarde y ser más valiente.






jueves, 23 de julio de 2015

Números que no aportan gran cosa


¿Cuántos pensamientos procesa al día nuestro cerebro?

No me refiero a acciones como las órdenes dadas a mis dedos para teclear este texto. Ni las complicadas cavilaciones que le damos a los asuntos que nos preocupan.

Estoy hablando de pensamientos sueltos, sin relación alguna con nuestras vicisitudes ni con lo que estemos viviendo en el momento.

Quizá se entienda mejor si hablo de imágenes.

Muchas veces no les damos importancia. Aparecen, si más. Otras identificas claramente de dónde vienen y qué significan. Pasan por delante de tu consciencia y no suelen dejar rastro. A no ser que vuelvan. Que se vuelvan redundantes.

¿Cuántas veces tienen que aparecer para que se conviertan en una obsesión? ¿Y cuántas más tienen que presentarse para que esa obsesión sea dañina para tu salud mental?

Desde hace algo más de un mes hay una imagen, un pensamiento, que regresa con insistencia. Seguro que ya es una obsesión. Aún no me duele (creo).

Se trata de un lunar que quizá no existe. Uno que puede que me haya inventado.

¿Cuántos días pasarán hasta que me olvide de ese lunar?

Quizá no quiera hacerlo.


lunes, 20 de julio de 2015

Mi abuela


Hoy me he acordado de mi abuela. Nació en enero de 1911 y murió unos días antes de que cayeran las Torres Gemelas de Nueva York. Su vida fue perra hasta que llegó a la madurez, con un hijo, 40 primaveras cumplidas y un empleo estable y bien remunerado en el Buenos Aires de los años 50. Mi abuela Romana era una niña bien de un pueblo de Valladolid que entonces era próspero, La Mota del Marqués. Enfrentándose a su familia casó con un farmacéutico zaragozano que vivía en Barcelona. No os tengo que decir cómo era la vida en la España de los años 20 y 30, el momento de la infancia, adolescencia y primera juventud de mi abuela.

Y luego estalló la Guerra Civil. Mi abuela tenía 25 años.

Mi padre nació en febrero del 38. Mi abuela tenía 27 años.

Mi padre no conoció al suyo. Mi abuelo murió en la guerra. Le mandaron al frente porque no se presentó voluntario, a pesar de que tenía una carrera. No lo hizo porque era un socialista en la zona rebelde. Su cuerpo nunca fue encontrado. Nunca se supo qué pasó con él. Iba con un compañero cuando intercambiaron disparos con las tropas leales a la República. El padre de mi padre recibió un disparo. El compañero huyó porque, según él, mi abuelo le dijo que estaba bien. El compañero vio cómo llegaban los soldados enemigos al lugar donde estaba mi abuelo. Nadie supo más de él.

La guerra terminó en el 39. Mi abuela se comió la posguerra en Barcelona con un niño pequeño, sin recursos económicos suficientes para sobrellevar la situación. Aún así, mi padre no recordaba penurias de aquel periodo de su vida. No me cabe la menor duda de que mi abuela le evitó todo eso matándose a trabajar.

En España no había futuro. Y decidió emigrar a Argentina. Eso fue en el 48.

Mi abuela tenía 37 años.

Todavía le costó un tiempo estabilizar su vida en Argentina. Lo logró en los 50, cuando entró a trabajar de ama de llaves de una casa de un terrateniente de origen irlandés.

A partir de ese momento su vida no fue un camino de rosas, es cierto. Tampoco fue el infierno que había sido hasta entonces.

Me duele mucho pensar que los mejores años de su vida los había malgastado en la caótica primera mitad del siglo XX. No tuvo tiempo para el amor ni el desamor. Ni para trazar ambiciosos planes vitales. Careció de sueños por cumplir. Cuando tuvo tiempo para todo eso ya no poseía el empuje necesario.

Su objetivo era otro:

Sobrevivir. Sacar adelante a mi padre.

Sin ella yo no estaría aquí. Por eso, por ella, estoy obligado a amar, a soñar, a fracasar y a volver a empezar de nuevo.

Se lo debo. Ella no pudo hacerlo.

jueves, 2 de julio de 2015

El mundo físico


Un ordenador puede derrotar a un ser humano al ajedrez con facilidad.

Pero no puede mover las fichas como lo hace un bebé.

La inteligencia artificial ha avanzado mucho en los últimos años. Comprendemos muchos procesos de nuestro cerebro.

Pero no podemos replicar perfectamente la manera en la que el cerebro controla mis dedos cuando tecleo entradas como ésta en esta humilde bitácora.

El cuerpo es nuestro bien más preciado.

Por eso necesitamos tocarlo, sentirlo. Nuestros cuerpos y, sobre todo, los ajenos. Eso es lo que nos hace humanos. Podemos, y debemos, honrar nuestros cuerpos con el manoseo. No un manoseo vicioso, que también. Un manoseo de delectación. De celebrar que nuestros cuerpos y los ajenos están vivos.

Juntarnos, pegarnos, abrazarnos no solo sirve para que no nos caigamos. Sirve para seguir adelante. Sirve para que esa maquinaria que no conocemos demasiado bien, nuestro organismo, siga engrasada y a nuestro servicio un día más.

Tocar es también ser tocado. Cerciorarse de que existimos para alguien y de que alguien existe para nosotros.

Un abrazo a tiempo vale más que toda la obra poética de Machado.
Y pocas cosas valen más que "Campos de Castilla".