Tristeza frente a lucidez


He estado leyendo algunas de las entradas antiguas de esta humilde bitácora. Si tengo que ser honesto, muchas de ellas me han producido cierta vergüenza. Creo que he mejorado mi manera de escribir. No es una evolución bestial. Se trata más bien del desarrollo sostenido de un discurso estético que, poco a poco, ha ido encontrando algo de coherencia. Suponía que un repaso a lo que escribía en este sitio hace una década también iba a revelar otra agradable verdad. Así fue. Sé más que entonces y (espero) saber menos que dentro de otra década. En todo esto he encontrado un leve regocijo.

Al releerme me he llevado otra sorpresa. Una que no ha sido agradable en absoluto.

Sigo instalado en un vicioso optimismo voluntarista. Entonces podía tener justificación. Sabía menos. He comprobado, con alarma, que sigo igual. Igual. Exactamente igual. Incluso las entradas depresivas siempre buscan un rayo de sol. Siempre encuentran algo de luz al final del túnel. Es un trampa que me tiendo a mí mismo. Me digo que la realidad es fea y que me basta con saberlo para que deje de serlo. Se supone que ser consciente de lo que pasa es la mejor solución para superarlo. Y no. La mejor solución es hacer algo. Lo que sea. Algo.

Sigo cayendo en lo mismo, sigo pensando que la lucidez es el remedio contra la tristeza. No es así. Es la ropa bonita que le pongo a mi yo depresivo.

Tener información y no pasar de las palabras a los hechos es estéril. Puede ser bello y estar revestido de cierto interés artístico. Quizá sea eso lo que me hace tan proclive a estos ejercicios de escapismo emocional.

Estoy escribiendo esta entrada porque estoy sintiendo una especie de lucidez indiferente auqnue todavía queden rastros de tristeza potencialmente peligrosos. Se trata de un cambio respecto al pasado, entiendo que un cambio para bien. Sigo, de todas maneras, instalado en la inacción. No sé si es porque, por primera vez en mi vida, no hacer nada me ha ido bien o porque, como siempre, tengo miedo.

En el momento en el que escribo estas líneas tengo la sensación de que jamás resolveré el enigma. Si me pasa esa cosa buena que tiene que pasarme será porque, por una vez, la bolita de la ruleta se ha detenido en el número y color que he elegido. No porque haya resuelto el antagonismo entre acción e inacción, mi demonio personal más poderoso.

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