viernes, 19 de junio de 2015

Inmersión en mi carpeta spam


El correo electrónico es el signo de nuestro tiempo. Comparte esa condición con el teléfono móvil. No me refiero al avance tecnológico que ambos suponen. Eso es claro y es evidente su influjo en nuestro mundo. Es obvio que innovaciones como éstas cambian, o por lo menos modifican, nuestros usos y costumbres. No va a ir por ahí este humilde texto.

Tanto el mail como el móvil son, sobre todo, personales. Una dirección postal y un número de teléfono no están adscritos a personas sino a lugares. Hasta los años 80 del siglo pasado no conocimos otra cosa. Hoy tenemos un correo y un teléfono que son solo nuestros. No están adscritos a ningún lugar, nos acompañan allá donde vayamos.

Por lo tanto, la lista de llamadas realizadas y recibidas, las perdidas y rechazadas, dicen mucho sobre nosotros. Y también las bandejas del correo electrónico.

La bandeja de entrada termina siendo una visión de cómo queremos relacionarnos con el mundo exterior. Conservas los correos que te importan. Si hay muchos relacionados con tu trabajo es que es una parte importante de tu vida. Si hay muchos de bromas o vídeos de gatitos es que tienes mucho tiempo libre. Y así sucesivamente. Dice cosas, sí, aunque no es una foto muy completa porque muchas veces ni nosotros somos capaces de saber cómo queremos establecer conexiones con los demás.

La carpeta spam, en cambio, sí es una foto clara. Es lo que quieres esconderle al mundo exterior. Lo que te gustaría que no existiera.

Por eso, en el spam encuentro anuncios de casas de contactos, propuestas engañosas para ganar algún dinerillo extra y oportunidades de alargamiento de pene, entre otras cosas. Imagino que habrá cosas peores. Y que todo el mundo tendrá en su spam cosas distintas. Lo que me sale a mí me sale porque yo estoy soltero (casas de contactos), tengo un trabajo bien pagado sin excesos (dinerillo extra) y soy un hombre de mediana edad (alargamiento de pene).

Otra cosa que también se cuela en el spam son los correos corruptos con virus incorporado. La última vez que miré el remitente de uno de estos mails era una persona con la que no tengo contacto desde hace casi cuatro años. Una persona que fue muy importante en mi vida aunque no ha dejado un poso muy grande. Una ex novia a la que he olvidado casi por completo. El otro día me la nombraron y tuve que preguntar por su identidad porque no sabía de quién me estaban hablando. Uno o dos días después apareció el correo con un virus supuestamente mandado por ella. (Ya sé que estas cosas no se hacen a propósito, seguramente la pobre debió sufrir el virus primario).

No sé, puede que signifique que el pasado es un virus, un correo que no hay que abrir, un camino que no hay que tomar. Puede que signifique que hay que dar muerte a la nostalgia.

O puede que no signifique una mierda. Puede que signifique que me obsesionan los símbolos, una muestra más de lo frívolo de mi aspiraciones existenciales.

jueves, 4 de junio de 2015

Tristeza frente a lucidez


He estado leyendo algunas de las entradas antiguas de esta humilde bitácora. Si tengo que ser honesto, muchas de ellas me han producido cierta vergüenza. Creo que he mejorado mi manera de escribir. No es una evolución bestial. Se trata más bien del desarrollo sostenido de un discurso estético que, poco a poco, ha ido encontrando algo de coherencia. Suponía que un repaso a lo que escribía en este sitio hace una década también iba a revelar otra agradable verdad. Así fue. Sé más que entonces y (espero) saber menos que dentro de otra década. En todo esto he encontrado un leve regocijo.

Al releerme me he llevado otra sorpresa. Una que no ha sido agradable en absoluto.

Sigo instalado en un vicioso optimismo voluntarista. Entonces podía tener justificación. Sabía menos. He comprobado, con alarma, que sigo igual. Igual. Exactamente igual. Incluso las entradas depresivas siempre buscan un rayo de sol. Siempre encuentran algo de luz al final del túnel. Es un trampa que me tiendo a mí mismo. Me digo que la realidad es fea y que me basta con saberlo para que deje de serlo. Se supone que ser consciente de lo que pasa es la mejor solución para superarlo. Y no. La mejor solución es hacer algo. Lo que sea. Algo.

Sigo cayendo en lo mismo, sigo pensando que la lucidez es el remedio contra la tristeza. No es así. Es la ropa bonita que le pongo a mi yo depresivo.

Tener información y no pasar de las palabras a los hechos es estéril. Puede ser bello y estar revestido de cierto interés artístico. Quizá sea eso lo que me hace tan proclive a estos ejercicios de escapismo emocional.

Estoy escribiendo esta entrada porque estoy sintiendo una especie de lucidez indiferente auqnue todavía queden rastros de tristeza potencialmente peligrosos. Se trata de un cambio respecto al pasado, entiendo que un cambio para bien. Sigo, de todas maneras, instalado en la inacción. No sé si es porque, por primera vez en mi vida, no hacer nada me ha ido bien o porque, como siempre, tengo miedo.

En el momento en el que escribo estas líneas tengo la sensación de que jamás resolveré el enigma. Si me pasa esa cosa buena que tiene que pasarme será porque, por una vez, la bolita de la ruleta se ha detenido en el número y color que he elegido. No porque haya resuelto el antagonismo entre acción e inacción, mi demonio personal más poderoso.

lunes, 1 de junio de 2015

Mosaico de reflexiones (Escritura automática remezclada)


Conocí a un cubano muy simpático en Manchester.
Es profesor de salsa en el Instituto Cervantes.
Parece la tapadera de un gigolò.
En realidad, es médico.
Lleva 18 años en Inglaterra.
Este es el mayor drama del que he tenido noticia en los últimos tiempos.

Creo que he perdido el miedo a volar (en avión).

Me he comprado un polo Fred Perry en homenaje a mi viejo.
Es "small fit".
Nunca he estado tan delgado.

Me hice un chequeo y estoy sano como una manzana.

Tengo que seguir apostando por mi novela.
Me faltan unas 10.000 palabras.

Tengo que poner una lavadora esta tarde.
Antes de que termine la semana tengo que limpiar el baño.

¿Es posible que haya hecho las paces con mi pasado?

Ella está de pie delante de mí ahora mismo.
Tiene los pies colocados en el suelo como las 10 y 10.

Creo que he perdido el miedo a volar.

Ella.
República Argentina.
Yo.