Los huevos repletos



El periodismo musical indie de los 90 marcó una serie de pautas que todavía hoy estamos arrastrando. Aquellos jóvenes airados estaban muy influidos por la prensa inglesa más banal, nada del culteranismo de Simon Reynolds ni las maravillosas cafradas de Mr. Agreeable. Siempre atentos al next big thing hispano, que casi nunca fue "next", por supuesto que no llegó a "big"  y tampoco fue algo parecido a un "thing". Hicieron escena sin tener ni puta idea de lo que era una escena. Eso hay que reconocérselo. En la parte negativa, instituyeron el postureo inane. Bastaba con citar grupos ignotos para hacer ver que sabían más que tú. Crearon un canon muy estrecho que se vieron obligados a ampliar con el tiempo. Mi balance es agridulce. Pudo ser peor. Al menos, las paredes maestras de ese minúsculo universo eran sólidas. La España pop de la última década del siglo XX empezó muy mal y la escena del indie la reanimó mostrando que había vida fuera de los despojos de las movidas de los ochenta.

Fueron muy pesados, eso sí. Ellos marcaban territorio. Eran los árbitros del buen gusto. Apostaron por el pop lánguido, las guitarras ruidosas y la electrónica inofensiva. No podías salirte de sus coordenadas estéticas, un tanto miopes y escapistas, surgidas en un periodo de expansión económica. Se veían como la élite intelectual de la industria de la música.

Y ahora, dos décadas después, vuelven a intentarlo. Y con una pobre coartada socio política, además. Ellos, que hasta 2011 fueron incapaces de hacer una lectura seria de lo que hay alrededor de una manifestación cultural. Ahora están aprendiendo. Como tienen un juguete nuevo quieren establecer un nuevo canon.

Si no les hice caso hace 20 años, menos se lo voy a hacer ahora porque me tienen los huevos total, absoluta y completamente repletos desde entonces.

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