miércoles, 27 de mayo de 2015

La enésima entrada en la que muestro mi desconcierto vital


Si lo pienso con algo de detenimiento todo lo que he escrito en esta humilde bitácora está relacionado de una manera u otra con una verdad incontrovertible. No sé casi nada. No termino de entender la mayoría de las situaciones en las que me veo metido.

¿Por qué estoy seguro de lo que no tengo claro?

¿Por qué tengo claro de lo que no estoy seguro?

Hubo un tiempo en el que creía tenerlo todo bajo control. Mis objetivos irían llegando de forma natural. En realidad, eso lo sé ahora, me engañaba vilmente. Esa aparente calma vital era un disfraz para no salir al exterior. Una excusa para dejar de hacer esas cosas desagradables que deben hacerse. Cosas desagradables como perder la cabeza por tu amor o pelear contra molinos de viento.

Así me lució el pelo.

Después, hubo un tiempo en el que decidí que no tenía nada bajo control y que eso no era bueno. O, por lo menos, inevitable. También era una burda patraña. Era una excusa y un disfraz, igual que antes.

Y peté.
Me derrumbé.
Me tiré 7 años cayendo.

Al principio, mis cimientos explotaron. No quedó nada de ellos. Mis principios, mi escala de valores, todo, entró en crisis. Me quedé sin centro de gravedad de permanente, sin una referencia sobre la que construir mi vida. Fue una época en la que lloré, reí, gocé y me frustré ligero de equipaje. Supongo que me reinventé, con mucho sudor de mi frente.

Hace poco me decía a mí mismo que tenía bajo control todo lo que podía tener bajo control. Era mentira porque nunca tendré nada realmente bajo control. No me engañaba del todo porque había alcanzado un nivel de control sobre mi vida inimaginable para mis estándares.

Ahora sé que lo he descrito en los párrafos precedentes no es muy importante. ¿Para qué quieres libertad en  una sociedad injusta? ¿Para qué quieres control cuando no puedes entender nada?

Sigo desconcertado. Porque no quiero encontrar la salida. Si quisiera, tendría todas las respuestas. Intuyo que algunas de ellas no me van a gustar. Por eso, vuelvo a usar mis emociones como un disfraz y como una excusa.

Pensaba que iba a ser esta la enésima entrada en la que mostraría mi desconcierto vital. Con esa intención empecé a escribirla. Al final, resulta que he hecho un descubrimiento. Más que perder el control, más que ser maestro en el arte de la incomprensión, estoy versado en el arte de la fuga.

No creo que cambie nada. Me conformo, por lo menos, con saber. Saber siempre siempre siempre es mejor que no saber. Sé que es mejor saber que no saber aunque tenga tanto miedo como antes a obtener determinadas soluciones a determinados enigmas que no lo son tanto.




sábado, 9 de mayo de 2015

Los huevos repletos



El periodismo musical indie de los 90 marcó una serie de pautas que todavía hoy estamos arrastrando. Aquellos jóvenes airados estaban muy influidos por la prensa inglesa más banal, nada del culteranismo de Simon Reynolds ni las maravillosas cafradas de Mr. Agreeable. Siempre atentos al next big thing hispano, que casi nunca fue "next", por supuesto que no llegó a "big"  y tampoco fue algo parecido a un "thing". Hicieron escena sin tener ni puta idea de lo que era una escena. Eso hay que reconocérselo. En la parte negativa, instituyeron el postureo inane. Bastaba con citar grupos ignotos para hacer ver que sabían más que tú. Crearon un canon muy estrecho que se vieron obligados a ampliar con el tiempo. Mi balance es agridulce. Pudo ser peor. Al menos, las paredes maestras de ese minúsculo universo eran sólidas. La España pop de la última década del siglo XX empezó muy mal y la escena del indie la reanimó mostrando que había vida fuera de los despojos de las movidas de los ochenta.

Fueron muy pesados, eso sí. Ellos marcaban territorio. Eran los árbitros del buen gusto. Apostaron por el pop lánguido, las guitarras ruidosas y la electrónica inofensiva. No podías salirte de sus coordenadas estéticas, un tanto miopes y escapistas, surgidas en un periodo de expansión económica. Se veían como la élite intelectual de la industria de la música.

Y ahora, dos décadas después, vuelven a intentarlo. Y con una pobre coartada socio política, además. Ellos, que hasta 2011 fueron incapaces de hacer una lectura seria de lo que hay alrededor de una manifestación cultural. Ahora están aprendiendo. Como tienen un juguete nuevo quieren establecer un nuevo canon.

Si no les hice caso hace 20 años, menos se lo voy a hacer ahora porque me tienen los huevos total, absoluta y completamente repletos desde entonces.

jueves, 7 de mayo de 2015

Completista


Me gusta cerrar el círculo. Me siento cómodo cuando todo tiene un principio y un final. Por eso mi momento favorito de un viaje es cuando llego, ya sea de ida o de vuelta.

Cuando tiro la maleta al suelo, cuando arribo a puerto, algo muere y algo nace. Y eso siempre me gusta.

Porque, entonces, todo puede pasar. De hecho, pueden pasar tantas cosas que, casi siempre, nunca pasa nada.

No es eso lo que me seduce del final del trayecto.

Nunca me atrajeron las matemáticas, jamás se me dieron bien. Yo era, y soy, un chico de letras. No fui digno hijo de mi padre, un prodigio en ese campo, especialmente en cálculo. Era una calculadora humana. Creo recordar que fui un alumno brillante cuando llegamos a la trigonometría, allá por 3º de BUP. No he vuelto a acercarme a menos de 100 metros de esa materia, así que bien puede eso ser una ensoñación romántica. "La trigonometría tiene algo de filosofía, por eso era bueno".

Sin embargo, algo me queda. Una especie de rigor formalista de raíz matemática que se siente en paz cuando cierro una fórmula, cuando despejo una incógnita.

Necesito terminar lo que empiezo.