viernes, 20 de febrero de 2015

La silla



Delante de mí hay una silla.

Si las sillas pudieran mirar, esta me miraría. Está ligeramente ladeada hacia mí. Cuando he empezado a escribir he levantado la cabeza en busca de inspiración y la he visto. Entonces he escrito el título de este texto que es como la vida, no se a dónde va. Esa silla me mira y me dice cosas que no termino de captar. No son palabras, son conceptos, son ¿sensaciones?

Bien sé que adjudicar cualidades humanas a un objeto in-aminado es un recurso tan manido que no merece el calificativo de "literario". No hay en estas letras la menor aspiración estética.

Hay cierta frustración.

Hay cierta confianza conviviendo con esa frustración, que es un tapón que no ha cerrado del todo la botella.

Hay algo de luz y de tinieblas.

Hay ilusión lúcida y hay conformismo lúcido.

Hay una silla. Y me está mirando.

lunes, 9 de febrero de 2015

Mi gran enemiga


Soy una persona muy arrogante. Es un defecto que te sale cuando eres inseguro e inteligente. Cuanto más crezco más arrogante me vuelvo. Puede que eso quiera decir que cada vez soy más inseguro y más inteligente. Lo primero no es cierto. Mi confianza ha subido muchos enteros en los últimos años. En los últimos meses. En los últimos días. En las últimas horas. En los últimos segundos. El nivel que he alcanzado aún está lejos de las cifras óptimas. Espero que nunca llegue a ese estadio.

Tampoco estoy seguro de que sea más inteligente que, por ejemplo, cuando empecé a escribir en esta humilde bitácora. Me tomo a mí mismo mucho menos en serio, aunque no se note demasiado. Me resulta más complicado engañarme y desengañarme. Por otro lado, es obvio que mis capacidades cognitivas se han visto mermadas en algún grado. Y, quizá, soy más lento, aunque más seguro. Unas cosas compensan a las otras, así que en el aspecto global todo sigue más o menos como ha estado desde que dejé la post-adolescencia.

¿Por qué soy más arrogante? Más por una cuestión de forma que de fondo. Ahora se me nota más porque soporto menos la ignorancia ajena. Ahora que no me tortura la propia, la de los demás me agrede de maneras violentas e incontrolables. Es posible que no sea el ideal de los arreglos. De momento, me vale. Soy consciente de que debo de guardar un mejor equilibrio. Trabajaré en ello, sin prisas ni urgencias.

La ignorancia ajena me producía hilaridad. Era mi oportunidad para destacar sobre la masa. Más tarde me provocaba cierta tristeza teñida de impotencia. Ahora, cuando se alía con el atrevimiento me hace perder los papeles. Tengo que contenerme para no resultar demasiado arrogante y justificar, por vía indirecta, la ignorancia del otro. Con frecuencia no lo logro.

Mi gran enemiga no es la arrogancia. Después de todo, no es más que una armadura que pesa tanto que solo me perjudica a mí.

Mi gran enemiga es la ignorancia. La ajena, la propia y, por encima de todas, la que se ufana de ser lo que es, la que no quiere dejar de serlo, la que está orgullosa de estar equivocada.




jueves, 5 de febrero de 2015

La proverbial y esquiva musa



¿Hay más de una cosa que me inspira? ¿Más de una persona?

La respuesta a estas últimas preguntas es la misma.

Sí y no.

Sí, porque somos animales complejos con distintas motivaciones tan incompatibles como extrañamente complementarias.

No, porque soy un tipo simple.

¿Qué me motiva para escribir?

La página en blanco y mi vanidad.

La página en blanco es un desafío que siempre he superado. Me sube la moral hacerlo.

Mi vanidad es el instrumento para derrotar a mis múltiples y variadas inseguridades.

¿Quién me motiva para escribir?

Todos, nadie y ella.

Todos porque es mi manera de justificar mi presencia en el mundo.

Nadie porque nadie lo lee y a nadie le importa.

Y ella porque, a riesgo de que ésto parezca una canción de Alejandro Sanz, siempre hay una ella. Aunque ni ella ni yo sepamos quién y por qué es ella.

Ella es la proverbial y esquiva musa. Es la voz aguda que te anima a tomarte una copa más cuando hace tiempo que deberías estar durmiendo. Es por la que no quieres renunciar a convertir al hombre del espejo en el hombre que está en tu cabeza. Unas veces es una, otras es otra. Hay ocasiones en que no deja de ser ella y hay ocasiones en la que ya no lo es.

Ella son todas y todas son ella.


lunes, 2 de febrero de 2015

Presagios


Hace mucho tiempo que decidí que mi lado supersticioso no influyera en mi vida más allá de lo anecdótico. No siempre lo logro, mi mentalidad cientificista es impura y una traición al chavalillo soñador que fui y que, de alguna manera, sigo siendo.

Por lo general, suelo hacer caso de eventos aleatorios con el objetivo de decidir si me sonreirá la suerte o no en un momento determinado. Cuando el resultado no es el deseado, hago trampas. Si una moneda cae del lado correcto tiendo a no creérmelo. No creo ser muy distinto al resto de la humanidad en esto (ni en tantas otras cosas, la verdad sea dicha).

En resumen, hago caso a los malos presagios.

Parto siempre de la base de que soy el ser más desafortunado de todo el universo conocido y del universo por conocer. (De nuevo, como casi todo el mundo). Soy un calimero, siempre quejándome de que la bola cae en el número al que yo no he apostado. Casi estoy por afirmar que estoy cómodo en ese papel, en el del "hermoso perdedor", que diría Bob Seger. Es una manera de lo más eficaz de sentirse un orgulloso cobarde. Nunca tengo la culpa de nada, es de mi desventura congénita y crónica.

Sin embargo...

¿Es posible que esté teniendo un buen presagio?

(Ruido inaudible que hace el cerebro al pensar)

(Decisión del cerebro de dejar de pensar y aplicar la política de no hacer caso de los buenos presagios para no sufrir una decepción si no se llevan a efecto)

(Nueva decisión del cerebro de dejarse llevar por ese buen presagio, por muy irracional que sea. Basado en la demostración empírica de que hasta yo me doy cuenta de que mi truco nunca ha dado resultados positivos)

(Más ruido inaudible del cerebro al pensar)

Pues sí. He tenido un buen presagio. Lo he pasado por el tamiz de la lógica y he decidido que no es más que una ilusión vana. Es como pensar que el Atleti va a ganar la Liga.

Un momento, el Atleti es el actual Campeón de Liga.

Sí, pero el presagio es más bien parecido a que el Rayo gane la Liga.

(Más ruido inaudible testigo de una actividad cerebral más frenética que antes. Ya es casi audible)

(El cerebro saca bandera blanca. Está desconcertado. Me abandona.)

Supongo que debería relajarme y pensar que he tenido un buen presagio, que todo va a salir bien. El Rayo no ganará la Liga (ni el Atleti) pero por una vez voy a dejar que me pasen cosas.

Incluso las buenas.