Vida de pueblo


¿Cuántos de vuestros conocidos han dicho alguna vez: "me gusta el campo, yo no quiero vivir en la ciudad"? Seguro que muchos de vosotros también formáis parte de ese club.

Es lógico. En una gran ciudad, como Madrid, todo es una agresión. Es difícil aparcar y cuesta dinero. A veces, mucho dinero. Todo está lejos. Incluso lo que está cerca está lejos. Cuando vienen amigos de fuera les llaman mucho la atención las grandes distancias. Cuando los madrileños decimos que "Lavapiés está cerca de la Gran Vía" se creen que les estamos vacilando. Los trabajadores de la hostelería de Madrid suelen estar de mal humor. No les culpo, son perseguidos con saña por las autoridades municipales. Si programan música en directo su indefensión es aún más grave por aquello de respetar el descanso de los vecinos. Un dueño de un bar me ha dicho hace poco que le pusieron una multa una noche con el cierre echado mientras él barría en soledad. Su pecado, tener la luz encendida y la música puesta a un nivel bajito en un sitio insonorizado. Los precios están por las nubes. Comer es caro, beber es caro, comprar un cochecito para bebés es caro. No se circula mal, si te conoces un poco la ciudad, aunque ni eso te libra de atascos a la 1 de la mañana gracias al camión de la basura que se para en cada manzana en una calle estrecha de un solo carril.

Vivir en la ciudad, en Madrid, es un infierno lo mires por donde lo mires.

Por eso, muchos creen que la salida es huir al campo, irse a vivir a un pueblo en busca de lo que los cursis llaman "calidad de vida".

Yo vivo en un pueblo de la serranía matritense.

Prefiero mil veces la pesadilla de Madrid al sueño angelical de un pueblito de 5.000 habitantes.

En primer lugar, en un pueblo estás expuesto a la naturaleza. Una naturaleza que dice el tópico que es sabia, frase a la que jamás le he visto el sentido. No puede ser sabia cuando no tiene manera de almacenar conocimientos, no tiene un cerebro de ningún tipo. Puestos a adjudicarle características humanas la naturaleza es justa, porque a una proposición A siempre responde con una proposición B. Es previsible. Y es cruel porque A lleva a B perjudique a quien perjudique. En un pueblo hace mucho frío. El viento deja sentir sus efectos de manera más eficiente. Cuando nieva, a lo mejor te quedas incomunicado unas horas o, a lo peor, un par de días.

La gente de los pueblos te fiscaliza, te mide. Saben quién eres y tú no sabes quiénes son ellos porque no estás acostumbrado, ni lo estarás nunca, a ese tipo de vida. Entras en un bar y te sientes observado. En una tienda y lo mismo. Paseas por la Plaza del Ayuntamiento y te para un señor que no has visto nunca y te pregunta por tu padre. No termina de ser una sensación agradable. En un pueblo no respetan la necesidad del anonimato. Si las conversaciones fueran un poco más estimulantes, podría ser soportable.

Ya sé que no estoy convenciendo a nadie. A algunos les pareceré un llorón que no valora lo que tiene. Los mas comprensivos dirán que yo soy un urbanita atrapado en un pueblo, lo cual es rigurosamente cierto.

Todos seguiréis diciendo que en cuanto podáis os queréis ir a vivir a un pueblo. Yo soy una anomalía. Un degenerado que prefiere respirar polución en lugar de aire puro.

Alguno logrará su sueño y se mudará a un pueblo. Entonces se dará cuenta de que la vida de pueblo es un coñazo.

Vivir en una ciudad te deja sin aliento las 24 horas al día. En un pueblo te aburres infinito. Un atardecer de un mes de enero, deprimente.

Yo prefiero sentirme vivo. Por eso prefiero la ciudad.

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