Soy un pedante


Es una acusación que me hacen con cierta frecuencia. La última vez fue hace una semana. Aunque en esa ocasión no estaba justificada por mis hechos de aquel día, lo cierto y verdad es que es cierta.

Soy, he sido y seré un pedante.

Hasta hace no demasiado tiempo defendía que no lo era. Admitía ser pretencioso, que para mí era una buena cualidad. Si todos intentáramos, "pretendiéramos", ser mejores, argumentaba apasionadamente, el mundo sería un lugar más agradable.

En secreto pensaba que mi pedantería se disolvería poco a poco. Con el tiempo iría alcanzado más y mejores conocimientos de todo tipo. Mis peroratas estarían basadas en bases sólidas, no en argumentaciones que me sonaran bien. Cuando dejara de ser un ignorante, nadie podría acusarme de ser un pedante. Ni siquiera de ser pretencioso.

Tengo 44 años. Con tristeza resignada declaro que el 80% de lo que aprenderé en toda mi vida ya lo sé. Advierto que estoy siendo optimista, un 20% de materia por conocer me parece una cifra exagerada. Los mejores momentos de mi capacidad cognitiva se quedaron en el siglo XX.

Ya no voy a ir a más. Nunca dejaré de ser un ignorante. Con toda seguridad no entenderé nunca del todo qué es la Teoría de la Relatividad, ni me convertiré en un experto en Shakespeare. No podré situar Liberia en un mapa mudo de África, ni aprenderé a diferenciar un buitre de un águila. Seguiré desconociendo la mayoría de las cosas.

No me queda más remedio que ser un pedante. No me queda más remedio que estar orgulloso de serlo. La alternativa me disgusta mucho más. Tengo que elegir entre ser un pedante o un tipo banal. Puede que la humanidad prefiera que sea lo segundo. Me da lo mismo, para eso soy un pedante, para satisfacer mi propia vanidad.

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