domingo, 25 de enero de 2015

La segunda fila


Creo que Camilo José Cela dijo aquello de "En España, el que resiste gana" cuando le dieron el Nobel. (¿O fue cuando le dieron el Cervantes?). Yo era un post adolescente de pelo largo y delirios de grandeza y no lo entendí del todo. Supuse que era una oda al esfuerzo y al trabajo diario y a todas esas cosas pequeñoburguesas que sirven para que no hagamos la revolución.

Años después ese post adolescente ya era un joven con un problema de alopecia y con muchos más delirios de grandeza. El Rechazo, en todas sus formas, pasó a formar parte de mi vida. Cometí muchos errores. Tuve mala suerte. Entendía que no había obtenido (aún) lo que merecía. Me acordaba de la frase de Cela para animarme. En esa época era para mí una oda a la capacidad de resistencia, a la fe inquebrantable en tus locos sueños y a todas esas cosas pequeñoburguesas que sirven para que no hagamos la revolución.

Esta mañana, en medio de la lectura de "El cura y los mandarines" de Gregorio Morán, por fin he entendido de verdad lo que quiso decir Cela aunque seguramente él no lo supiera. Morán explica que las figuras intelectuales de la Transición no representaban lo nuevo. Él dice que los cuatro columnistas más destacados del primer año de andadura de El País, Aranguren, Julián Marías, Gil-Robles y Ricardo de la Cierva, venían del franquismo o de la oposición interior más o menos tolerada. Los que vienen después, Haro Tecglen, Umbral, venían del mismo campo de juego cultural e ideológico. Sí, hubo una sustitución en la jerarquía de la frágil intelectualidad española. Fue la segunda fila la que fue aupada al centro del escenario. Los primeros espadas se desvanecieron. Es decir, todo siguió igual, cambiaron los nombres.

La segunda fila fue promocionada.

Lo he visto tantas veces. En tantos campos. El más tonto se queda con el pastel porque ha aguantado más que el más listo. Porque ha molestado menos

En la transición fue porque no podían estar las mismas caras en el franquismo y en la democracia. Tuvieron que dejar paso a las medianías por motivos puramente formales. En otros momentos, en otras situaciones, es por otros motivos más o menos análogos. Una cosa siempre es común. Se lleva los laureles el que pasaba por allí.

"En España, el que resiste gana" es una oda a la mediocridad aduladora del que un día heredará. Me equivocaba, no es un concepto pequeñoburgués. Es aristocrático, puritito Antiguo Régimen.

lunes, 19 de enero de 2015

Bendito vinilo



VENCIDO:  No, hay un problema, me encantaría pinchar en X pero yo solo lo hago con vinilos.
SUJETO A: ¿No te puedes adaptar?
VENCIDO:  No.
SUJETO B: ¡¡¡Adáptate!!!


Esta conversación tuvo lugar hace un par de días. Desde que decidí que yo solo pinchaba vinilos he tenido varias de éstas. Tengo claro que si usara CD's y emepetreses o vuavs me saldrían más bolos y metería menos gambas en mis sesiones. Ganaría algo más de dinero. Mi vida de "pincha yuxtaponedor" aficionado sería mejor. Y más sencilla.

Reconozco que mi defensa del vinilo va más allá de lo racional. Pero tiene elementos objetivos e innegables. Este formato maravilloso ha vuelto, como ya dejé escrito en esta misma bitácora hace un poco más de 7 años. Hace unos días se anunciaba que en Estados Unidos ha subido el consumo de streaming y la venta de vinilos, al mismo tiempo que bajaban los CD's y las descargas. 

Sí, sí, las descargas.

Las cifras del vinilo son las mejores desde 1991. Estamos hablando de unos 9 millones de vinilos facturados en Estados Unidos. No es una cifra muy grande y probablemente el crecimiento constante que está experimentándose desde hace unos cuantos años empezará a pararse en un futuro inmediato. Nadie piensa que vaya a volver a dominar el mercado. Como ya suponíamos, es el formato de prestigio. Para hacer regalos, como una lujosa edición de una obra maestra de la literatura. Yo pensaba que iba a ser el formato del melónamo y me equivoqué. Es, ha sido y seguirá siendo del melónamo, aunque no en exclusiva. También aparecen como compradores de vinilos los snobs, esos que adquieren uno en un concierto y no tienen plato en casa.

El futuro no ha sido exactamente lo que yo pensaba. Han terminado por producirse fenómenos que no había anticipado. Mi visión era demasiado angelical. Escuchar vinilos en casa te convierte en un moderno de mierda para el resto de la Humanidad.

Me jode.

Es cierto.

Pero me jode.

A riesgo de ser un considerado un idiota
hago la siguiente declaración:

"Siempre escucharé vinilos. Siempre pincharé vinilos".









lunes, 12 de enero de 2015

Soy un pedante


Es una acusación que me hacen con cierta frecuencia. La última vez fue hace una semana. Aunque en esa ocasión no estaba justificada por mis hechos de aquel día, lo cierto y verdad es que es cierta.

Soy, he sido y seré un pedante.

Hasta hace no demasiado tiempo defendía que no lo era. Admitía ser pretencioso, que para mí era una buena cualidad. Si todos intentáramos, "pretendiéramos", ser mejores, argumentaba apasionadamente, el mundo sería un lugar más agradable.

En secreto pensaba que mi pedantería se disolvería poco a poco. Con el tiempo iría alcanzado más y mejores conocimientos de todo tipo. Mis peroratas estarían basadas en bases sólidas, no en argumentaciones que me sonaran bien. Cuando dejara de ser un ignorante, nadie podría acusarme de ser un pedante. Ni siquiera de ser pretencioso.

Tengo 44 años. Con tristeza resignada declaro que el 80% de lo que aprenderé en toda mi vida ya lo sé. Advierto que estoy siendo optimista, un 20% de materia por conocer me parece una cifra exagerada. Los mejores momentos de mi capacidad cognitiva se quedaron en el siglo XX.

Ya no voy a ir a más. Nunca dejaré de ser un ignorante. Con toda seguridad no entenderé nunca del todo qué es la Teoría de la Relatividad, ni me convertiré en un experto en Shakespeare. No podré situar Liberia en un mapa mudo de África, ni aprenderé a diferenciar un buitre de un águila. Seguiré desconociendo la mayoría de las cosas.

No me queda más remedio que ser un pedante. No me queda más remedio que estar orgulloso de serlo. La alternativa me disgusta mucho más. Tengo que elegir entre ser un pedante o un tipo banal. Puede que la humanidad prefiera que sea lo segundo. Me da lo mismo, para eso soy un pedante, para satisfacer mi propia vanidad.

viernes, 9 de enero de 2015

Negaciones


Hace unos días me enteré de la existencia de una revista de política y filosofía que se publicó durante la Transición y se llamó "Negaciones". Un nombre curioso. A mí parece bonito e inusual. No creo que hoy en día se pudiera llamar así a ninguna cabecera, ya sea en prensa escrita o en prensa virtual.

Algún día me gustaría poder echarle un ojo a alguno de los números de "Negaciones". Me atrae ese espíritu de inocencia y desparpajo que intuyo que debe de tener.

Hoy de lo único que quiero escribir es del nombre.

Siempre me he considerado un tipo positivo y optimista. Hay algo de eso en mi manera de ser, no cabe duda. Sin embargo, mi vida está definida por el "No", por las "negaciones". La palabra que más escribo es "No", el tipo de construcción que más empleo suele ser una negación, aunque sea para hacer una afirmación. Escribir "no me gustan las religiones" cuando quiero transmitir "soy ateo".

¿Será que soy un cenizo? ¿Una persona que se concentra en los aspectos negativos de la realidad?

Creo que yo he sido ese tipo de persona.

Mi objetivo es no serlo de ahora en adelante. Me gustaría pensar que lo estoy consiguiendo porque, en realidad, la actitud positiva está más cerca de mi temperamento que la negativa.

Sin embargo, también creo, y no es incompatible, que nuestra libertad reside en el hecho de poder decir que "No". Cuanta más capacidad tenemos para ser capaces de negar, más libres somos.

El "No" nos hará libres. Utilizadlo con inteligencia y sin complejos. Siempre es buen momento para decir "No", siempre estamos a tiempo.

martes, 6 de enero de 2015

Vida de pueblo


¿Cuántos de vuestros conocidos han dicho alguna vez: "me gusta el campo, yo no quiero vivir en la ciudad"? Seguro que muchos de vosotros también formáis parte de ese club.

Es lógico. En una gran ciudad, como Madrid, todo es una agresión. Es difícil aparcar y cuesta dinero. A veces, mucho dinero. Todo está lejos. Incluso lo que está cerca está lejos. Cuando vienen amigos de fuera les llaman mucho la atención las grandes distancias. Cuando los madrileños decimos que "Lavapiés está cerca de la Gran Vía" se creen que les estamos vacilando. Los trabajadores de la hostelería de Madrid suelen estar de mal humor. No les culpo, son perseguidos con saña por las autoridades municipales. Si programan música en directo su indefensión es aún más grave por aquello de respetar el descanso de los vecinos. Un dueño de un bar me ha dicho hace poco que le pusieron una multa una noche con el cierre echado mientras él barría en soledad. Su pecado, tener la luz encendida y la música puesta a un nivel bajito en un sitio insonorizado. Los precios están por las nubes. Comer es caro, beber es caro, comprar un cochecito para bebés es caro. No se circula mal, si te conoces un poco la ciudad, aunque ni eso te libra de atascos a la 1 de la mañana gracias al camión de la basura que se para en cada manzana en una calle estrecha de un solo carril.

Vivir en la ciudad, en Madrid, es un infierno lo mires por donde lo mires.

Por eso, muchos creen que la salida es huir al campo, irse a vivir a un pueblo en busca de lo que los cursis llaman "calidad de vida".

Yo vivo en un pueblo de la serranía matritense.

Prefiero mil veces la pesadilla de Madrid al sueño angelical de un pueblito de 5.000 habitantes.

En primer lugar, en un pueblo estás expuesto a la naturaleza. Una naturaleza que dice el tópico que es sabia, frase a la que jamás le he visto el sentido. No puede ser sabia cuando no tiene manera de almacenar conocimientos, no tiene un cerebro de ningún tipo. Puestos a adjudicarle características humanas la naturaleza es justa, porque a una proposición A siempre responde con una proposición B. Es previsible. Y es cruel porque A lleva a B perjudique a quien perjudique. En un pueblo hace mucho frío. El viento deja sentir sus efectos de manera más eficiente. Cuando nieva, a lo mejor te quedas incomunicado unas horas o, a lo peor, un par de días.

La gente de los pueblos te fiscaliza, te mide. Saben quién eres y tú no sabes quiénes son ellos porque no estás acostumbrado, ni lo estarás nunca, a ese tipo de vida. Entras en un bar y te sientes observado. En una tienda y lo mismo. Paseas por la Plaza del Ayuntamiento y te para un señor que no has visto nunca y te pregunta por tu padre. No termina de ser una sensación agradable. En un pueblo no respetan la necesidad del anonimato. Si las conversaciones fueran un poco más estimulantes, podría ser soportable.

Ya sé que no estoy convenciendo a nadie. A algunos les pareceré un llorón que no valora lo que tiene. Los mas comprensivos dirán que yo soy un urbanita atrapado en un pueblo, lo cual es rigurosamente cierto.

Todos seguiréis diciendo que en cuanto podáis os queréis ir a vivir a un pueblo. Yo soy una anomalía. Un degenerado que prefiere respirar polución en lugar de aire puro.

Alguno logrará su sueño y se mudará a un pueblo. Entonces se dará cuenta de que la vida de pueblo es un coñazo.

Vivir en una ciudad te deja sin aliento las 24 horas al día. En un pueblo te aburres infinito. Un atardecer de un mes de enero, deprimente.

Yo prefiero sentirme vivo. Por eso prefiero la ciudad.