domingo, 27 de diciembre de 2015

La mosca


Si ha habido una conversación en los últimos meses que se ha repetido hasta la saciedad en mi entorno ha sido la del cambio climático. Tanto en España como en Argentina he seguido el mismo patrón. Primero, sorpresa ante el exagerado calor que para esas fechas estaba haciendo. Después, un acuerdo total de que esto es una prueba evidente de que el aumento de la temperatura planetaria ya había empezado. A partir de aquí, cierta división de opiniones. Unos decían que ya era imparable, algunos defendían que estábamos a tiempo de reaccionar y otro, incluso, se aventuraba a hacerse eco de esa folklórica teoría de que nada de esto está provocado por el hombre.

Sin embargo, la evidencia más clara de que el cambio climático ha llegado para quedarse ha sido mi duelo a muerte con una mosca.

Sí, una mosca.

En diciembre.

No hace falta añadir nada más, ¿no? Una mosca en diciembre en Alpedrete, sierra de Madrid, España, Europa, Hemisferio Norte, en otoño/invierno.

Durante varios días la mosca estuvo dando vueltas por mi casa. Esa semana no abrí las ventanas porque, por la noche, en mi pueblo, sí que hacía fresquito. Y la mosca estaba en un hábitat protegido. Buena temperatura, imagino que alimento suficiente y solo la presencia molesta de un humano que, la mayoría de las veces, la dejaba vivir.

Un día me cansé de su monótono zumbido y fui a por ella.

La perseguí por el salón pero era muy rápida para mí. Se acercaba y se iba antes de que pudiera atacarla. Ese asalto fue para la mosca.

Un par de días después turbó mi sueño con su aleteo imbécil. Me desperté y volví a luchar contra ella. Esta  vez con mucho ahínco. Un par de veces estuve a punto de acabar con ella pero pudo esquivar en ambas ocasiones mi manotazo.

Segundo asalto para la puta mosca.

El tercero fue el último. Sufrió un severo KO por mi parte. Segura de su superioridad se le ocurrió molestarme cuando veía la tele. Se quedó quieta en uno de los brazos del sillón. Yo tenía una revista en la mano.

En una décima de segundo todo había terminado. El cadáver de la mosca yacía en el suelo. Había sido capaz de reaccionar a mi movimiento y levantó el vuelo antes de que revista llegara a impactar de forma directa contra ella. No fue suficiente. La rocé con la revista en el inicio de su maniobra de escape y con eso la desequilibré. Cayó, seguramente desorientada.

Y en el suelo, la rematé.

Experimenté una sensación de triunfo empañada por la asunción de que había asesinado al único ser vivo con el que he convivido en los últimos meses.







lunes, 16 de noviembre de 2015

Los malditos no lloran


DOBLE AVISO: Esta entrada va a ser larga. Es recomendable leerla mientras se escucha esta canción de Visage.



"The damned don't cry"


Los romanos dividían los días en fastos y nefastos. En los primeros se permitían todo tipo de actividades públicas y en los segundos solo de carácter religioso, lo que convertía estas jornadas en algo malo porque no se podía hacer otra cosa y tampoco se podía abandonar uno al ocio y a la molicie. Al final, lo nefasto ha quedado en nuestra sociedad como sinónimo de particularmente desgraciado.

La semana que terminó ayer fue para mí nefasta en un sentido extraño. Fue mala, de eso no cabe ninguna duda. Estuvo plagada de acontecimientos que no termino de entender muy bien. Y, sin embargo, no me ha causado un dolor profundo ni una ilusión desmesurada ni una lucidez extrema. Lo he vivido todo con calma. Una auténtica novedad en mí. No creo que sea la edad, me pasa algo que escapa a mi comprensión. No estoy seguro de que me guste ni tampoco de que me disguste.

LUNES 9 DE NOVIEMBRE DE 2015

Fue un día festivo, nefasto según la nomenclatura romana. Poca gente en la redacción y agradable tranquilidad. Esperé una llamada que no se produjo y que sabía que no se iba a producir aunque me hacía ilusiones. 

Un amigo con el que había quedado me anuló una quedada vespertina. No me importó, no tenía muchas ganas. En su lugar estuve preparando la sesión para el Prado. Me pedían hora y media y pude completar 60 minutos. Escuché una muestra en el coche, al regresar a mi hogar. Me quedé razonablemente satisfecho aunque pensé en hacer algunos cambios. Maté el tiempo con "Spectre" en los Kinépolis.

Cené, como siempre, viendo la tele. Me quedé adormilado. Al despertar, se me hizo la boca agua. Salivaba de una manera excesiva sin llegar a babear. Es una sensación desagradable. Podía tragar, eso sí. Esta circunstancia impidió que me metiera en la cama. Vi una película y un programa deportivo sin prestar atención. No me pude dormir hasta las 2 y pico de la mañana. Pensé que recuperaría el sueño al día siguiente. Estaba equivocado.

MARTES 10 DE NOVIEMBRE DE 2015  

Dormí poco y mal y me levanté con mi salivación excesiva desatada. Antes de irme consulté en internet qué podía significar. Sabía que era un error porque la respuesta sería que es cáncer, que es lo siempre ocurre cuando te metes en la red para enterarte de un problema de salud. Por lo menos supe de que lo que tenía era sialorrea. En el trabajo empezó a remitir, aunque de manera leve.

Recibí un mensaje que pensaba que podía recibir y me alegré con sordina. 

Mi rendimiento profesional fue bajo, como viene siendo habitual en los últimos tiempos. Por la tarde estuve ensayando para la función del día siguiente. Después trabajé de nuevo en la sesión del Prado.

Me acosté tarde y dormí mal. Seguía teniendo sialorrea.

MIÉRCOLES 11 DE NOVIEMBRE DE 2015

La mañana no tuvo nada de particular. La sialorrea parecía bajo control pero no desaparecía. Por la tarde, antes del ensayo general, por sorpresa, establecí comunicación con Inés, mi prima argentina. Fue ella la que tomó la iniciativa de volver a hablar. No lo hacíamos desde que me rompí las costillas, allá por primavera.

Esperé una llamada que no se produjo y que sabía que no se iba a producir aunque me hacía ilusiones. 

La función fue bien. Quería creer que una persona iba a aparecer y, como suponía (pero no aceptaba), no dio señales de vida.

Dos amigas con las que había quedado vinieron a verme después de la obra. Se tomaron algo con nosotros. Estuvo bien. Una de ellas, la que menos conozco, estuvo toda la noche hablando conmigo. Al día siguiente me harían comentarios maliciosos al respecto.

JUEVES 12 DE NOVIEMBRE DE 2015

La sialorrea no remitía lo suficiente. Dormí algo mejor y estaba de buen humor. Había elegido este día para afrontar lo que llevaba tiempo deseando afrontar. No lo había hecho antes por las especiales circunstancias del caso. Y, sin embargo, me sentía desganado. No, no tenía miedo. Era una cierta holgazanería, producto de una confiada seguridad en mí mismo. Es más que posible que no hubiera hecho ningún movimiento de no haberse producido el penúltimo giro de esta historia. Una historia que no contaré porque terminó mucho antes de haber empezado. Una historia, como todas las mías, que ha durado demasiado.

Entonces hice una llamada en vez de esperar una que no se producía y que sabía que no se iba a producir aunque me hacía ilusiones. Puse una fecha provisional para terminar con todo, sería al día siguiente, el viernes 13 de noviembre de 2015. No iba a ser luna llena. Decidí ignorar el augurio. Pensaba que las soluciones llegarían una noche en que la luna refulgiera plena en el cielo y esa no iba a ser la elegida finalmente.

Estaba optimista.

Terminé la sesión del Prado. Quedé satisfecho. Me reencontré con una bitácora que me encantaba. El Manual Inservible de Mila cerró sus puertas en 2008 y siempre lo eché de menos. Me hubiera encantado leer entradas nuevas. Me tuve que conformar con disfrutar de las ya conocidas. Fue tan bueno como tomarte una caña con un viejo amigo al que no veías hacía tiempo. (En este caso 7 años).

Fui al cine para entretenerme y me aburrí. Seguía teniendo sialorrea.

VIERNES 13 DE NOVIEMBRE DE 2015

Gran parte de la mañana me la pasé tratando de lidiar con la fase 2 del protocolo de actuación por alta contaminación. Tomé una sabia decisión. Aparqué en Carabanchel y caminé hacia el centro. A ver si se animan a cerrar el centro de Madrid de una vez. Y a ver si yo puedo volver a vivir en la capital y no en la Sierra.

Por la noche se produjo la tragedia. Bombas y tiros en París. Todo el mundo recordará la noche del viernes 13 de noviembre como la del 11-S parisino o la del 11-M parisino. Dolor, miedo, ansias de venganza, esos son los sentimientos que la gente compartió durante todo el fin de semana. Sin duda, una jornada histórica, de esas que son simplificadas en los libros de textos y tergiversadas en las películas.

Para mí, son solo hechos. No consigo que me conmuevan como a los demás.

Yo viví un pequeño drama personal la noche en la que París ardió. En realidad no fue más que un trámite. Todo estaba ventilado desde mucho antes. Yo no lo sabía con seguridad aunque me lo temiera. Certezas era, sobre todo, lo que busqué el viernes. Certezas. Y la constatación de que no hay nada más hermoso que la verdad.

Me quedo con su sonrisa al verme, el caramelo que me regaló, su mano en mi pecho, me quedo también con su mirada huidiza diciéndome un enfadado "lo siento", mi sialorrea desatada durante La Conversación, su ausencia de empatía y mi sensación de que ella prefería lo que yo no podía aguantar más.

Volví a casa resignado. Había alivio en mi paseo hacia el coche. Creo que eso fue lo que percibió el amigo con el que hablé por teléfono en el trayecto a casa. 

Me acosté hacia las 4 y pico de la mañana. Estaba desvelado. Tampoco es que le diera muchas vueltas a lo ocurrido. Triste tampoco estaba. Quizá lo que no me dejaba dormir era una especie de materia oscura. Un algo que está en alguna parte, que creo percibir sin tener una evidencia empírica de su existencia.

 A lo mejor esa materia oscura es que ya no quiero tener esperanzas.

SÁBADO 14 DE NOVIEMBRE DE 2015

La sialorrea no había terminado de desaparecer. Después de comer llegó a niveles más o menos aceptables. Entonces empecé a creerme que podría remitir de manera espontánea. Al parecer, esto es lo más normal.

Consulté el precio de un billete de avión e hice unas cuentas. Me fui al cine para pasar el rato. La edulcorada "Straight outta Compton" fue mi elección. Decliné una invitación para ir a un concierto. Nadie habló conmigo, ni en persona, ni por teléfono, ni por whattsap, ni siquiera por correo electrónico. Me dediqué a vaguear por casa, sin recoger las cosas que se caían al suelo, sin lavar los platos y sin destender la ropa.

De vez en cuando, sentí puntadas. algunas de tristeza, otras de vergüenza.

DOMINGO 15 DE NOVIEMBRE DE 2015

Por primera vez en más de una semana, dormí 8 horas de un tirón. La sialorrea estaba casi dominada. Seguí preso de una inconsciente abulia. Después de hacer unas cuentas decidí enviar un correo electrónico a Buenos Aires. En lugar de eso, empecé a escribir esta entrada. A la altura de esta frase guardé todo, cerré el ordenador, me duché y me fui a trabajar un par de horas a la redacción. Sonaba "Last dance" de Donna Summer.

Cunplí mis obligaciones a tiempo. Pude ver la carrera del GP de Brasil sin problemas. Me di cuenta de que la iluminación de mi bicicleta es pésima porque me di una vuelta cuando la noche ya había caído. Hice una gestión.

Cené de manera frugal, me tomé una infusión relajante y me fui a la cama. Estaba tranquilo.

LUNES 16 DE NOVIEMBRE DE 2015

Sin novedad en la redacción.
Hace unos minutos he comprado un billete para ir a Buenos Aires. Salgo este viernes.
Mi sialorrea casi ha desaparecido por completo.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Hace un millón de años


Tampoco parece que haya pasado tanto tiempo. No llega a medio centenar de meses. Debió ser en un punto indeterminado de finales de 2012.  Fue un momento en el que empecé a perder amigos, un fenómeno que no había experimentado en mi vida. Sí, tuve amigos que habían dejado de serlo por circunstancias objetivas, en su mayoría cambios de residencia. Esto era diferente. Yo estaba tomando decisiones perfectamente conscientes para dejar de tener amigos. Desde entonces hasta ahora he perdido la amistad de 3 personas para siempre, la última de ellas hace un año. En el último mes hay otros dos que probablemente eleven la cuenta de ex amigos a 5. Incluso, hay una sexta persona que también podría añadir a esa lista.

Me he dado cuenta de que en cuanto he dejado de hacer esfuerzos para mantenerlas esas amistades han empezado a diluirse. Y después han desaparecido. Y no me arrepiento.

Lo extraño, lo que no termino de entender muy bien, es que no me arrepiento.

Se puede argumentar que estoy contento porque me he quitado lastres de encima. Hay una mínima parte de mí que está de acuerdo con esa afirmación. Hay otra parte que vive todo esto como una derrota. Yo creo en la amistad por encima de cualquier otra cosa. Me duele muchísimo añadir más fracasos a mi vida. Mi diseño vital está basado casi en exclusiva en la amistad. O cambio de estrategia o asumo que no está saliendo muy bien.

Y, sin embargo, insisto, no me arrepiento. No se por qué.

La teoría más plausible es que estoy ilusionado. Mi vida está mutando. Jamás he estado más preparado para los cambios como en noviembre de 2015.

Ahora sí que mando yo.

jueves, 5 de noviembre de 2015

2 años



En esta humilde bitácora está documentado de manera obsesiva que me encuentro en un periodo de transición. Y también se aprecia que eso me hace moverme por toboganes emocionales. Un día me encuentro optimista, con ganas de comerme el mundo. Unas horas después, sin un motivo aparente, unas ominosas nubes grisáceas empiezan a poblar mi horizonte.

No me preocupa, sé por lo que es. No hay estabilidad en casi ningún aspecto de mi vida. Solo en la cuestión laboral todo está claro. De momento. Ya sé que dentro de un año también habrá incertidumbre en este campo.

Llevo tanto tiempo en esta incómoda situación que estoy cansado de describirla. A mis amigos, en esta bitácora, a mí mismo. Estoy hastiado de negociar con la sensación de estar de paso comunicándolo al exterior. Funciona. A veces. Cuando el hecho de decirlo en voz alta, o de escribirlo, le resta importancia, lo exorciza.

Por supuesto que he vivido estas situaciones antes. Nunca por tanto tiempo (creo) y nunca me ha servido, como ahora, para aprender, para prepararme de cara al futuro.

He de confesar que no estoy tan seguro de querer que esta etapa se complete. En algunos momentos, en situaciones rutinarias, se apodera de mí un vértigo extraño. Es un miedo anónimo. Durante unos segundos me paraliza la idea de que esta etapa se termine. Es curioso, es muy posible que la esté disfrutando aunque no quiera reconocérmelo a mí mismo.

2 años exactos hace que empezó esta transición. 2 años exactos hace que se murió mi padre, el último familiar directo que me quedaba.






martes, 3 de noviembre de 2015

Aburrido de esperar


Marc Parrot
Aburrido de esperar




Estoy exactamente en la misma situación que el protagonista de la canción con la que comienza esta entrada. No puedo decir que no me lo haya buscado. Cuando uno espera quiere decir que ha perdido el control de los acontecimientos. En mi caso podemos afirmar que he renunciado, lo que pasa es que no sé cuándo lo hice, la verdad. 

Esperar es, siempre, un error, un tremendo error. En mi caso, es trágico. 

Es cierto que es una ilusión eso de tener una influencia decisiva sobre tus avatares. Y es cierto que yo me he pasado con eso de dejarme llevar.

Y como "soy el que caza moscas aburrido de esperar" tengo que dejar de escribir ahora mismo.

Tengo que actuar.

Ya.

domingo, 25 de octubre de 2015

¿Te imaginas?


Yo diría que estoy loco. Estoy seguro de que hay varias personas que estarían de acuerdo con esta afirmación. Incluso alguno o alguna tratarían de darle un contenido positivo. Yo no. Si eres genial, puedes estar loco. Si eres Beethoven, puedes ser un hijo de puta (como creo que era). Yo no soy alguien que se eleva por encima de la media. Simplemente estoy loco.

Tampoco estoy de acuerdo con que en la palabra "loco" tenga que haber un matiz peyorativo. No hay nada malo en estar como una puta cabra siempre y cuando no seas peligroso para los demás y/o para ti mismo.

Para demostrar mi teoría tengo varias pruebas documentales que puedo ofrecer al juez. En un día bueno las podemos llamar excentricidades. De todas ellas me quiero quedar con una, la que me interesa poner por escrito en esta humilde bitácora.

Hablo solo.

Hablo solo desde que tengo memoria. Quizá por ser hijo único, quizá por estar tan acostumbrado a la soledad, llevo manteniendo una interminable conversación con el hombre del espejo toda mi vida. Y a veces me canso de ella.

En momentos de crisis suelo salir de mi casa y echarme a andar. Generalmente lo hago por la noche, cuando, como dice el tango, "el músculo duerme, la ambición descansa". Esas sesiones de auto terapia no tienen efectos prácticos. No recuerdo ni una sola vez en la que haya puesto en marcha alguno de esos planes trazados con más o menos método paseando a solas conmigo mismo. No todo es inútil. Siempre alcanzo cierta paz mental al retomar el camino de vuelta al hogar. Por eso lo sigo haciendo.

Hay otro tipo de auto charla que también me funciona en el aspecto anímico. Tengo charlas motivacionales para obligarme a pasar a la acción. Generalmente empiezan con una frase, casi siempre en la ducha. "¿Te imaginas?", me pregunto a mí mismo. Y en escasas y gloriosas ocasiones, lo que me imagino es menos hermoso que lo que termina pasando. Por eso lo sigo haciendo.

Y por eso termino esta entrada con su título.

¿Te imaginas?

martes, 20 de octubre de 2015

Mi disco favorito de Bruce



Llevo más de dos décadas diciéndole a quien me quiera escuchar que mi disco favorito de Springsteen es "Tunnel of love". Es un álbum raro en la carrera de Bruce. Supuestamente es un disco sin la E Street Band, de la misma familia que "Nebraska", "The ghost of Tom Joad" o "Devils & dust". De todos ellos es el que menos prestigio tiene. Y además toca casi toda la E Street Band.

A mí me gusta desde que traduje la letra de "Walk like a man". Para mí fue la escuela donde aprendí qué es ser un hombre. Con apenas 17 años supe que consistía en tener la fortaleza suficiente para ser vulnerable. Siempre le estaré agradecido a esas canciones.

Sin embargo, "Tunnel of love" no es un disco springstiniano puro. Es demasiado ochentero, demasiado poco roquero. Llevo casi toda mi vida afirmando que el disco donde el Evangelio de Springsteen se expresa con mayor fidelidad es "Darkness on the edge of town". Lo entendí cuando Bruce y la E Street band tocaron "Badlands" en la Peineta de Madrid el último año del siglo XX. Y cuando esa misma noche atacaron sin piedad "Candy's room".

Nada de esto ha cambiado hoy.

De lo que hoy me he dado cuenta es que mi disco favorito de Bruce es, en realidad, "The wild, the innocent & the E Street Shuffle". No sé la razón y no me importa. Lo único que puedo deciros es que quería escuchar algo que me hiciera perder el aliento y me dí cuenta que hay una canción que lo logra como ninguna. Está en ese disco y también la tocó en Madrid en el 99. "Sandy" cuenta una historia de amor de la única manera posible. Con inocencia.

Y "The wild..." suena a los años 70. No tanto a Springsteen, ni siquiera a la E Street Band. Parece la banda sonora de una de esas películas americanas de los 70 con esos enormes coches, con esos enormes cuellos, con esos peinados imposibles y con esas maravillosas chupas de cuero.

Llevo más de 30 años siendo fan de Bruce. ¿Por qué precisamente hoy me he dado cuenta de cuál es el disco de él que me llevaría a una isla desierta?




"Sandy, la aurora se levanta detrás de nosotros.
La luz de los muelles ilumina por siempre 
nuestra vida de carnaval.
Quiéreme esta noche porque 
puede que no te vuelva
a ver "


domingo, 18 de octubre de 2015

Cortina de baño (morada)


En los últimos años de la vida de mi viejo la casa donde ahora vivo conoció una imparable decadencia. Nadie limpiaba nada, nadie arreglaba lo que se rompía, nadie ordenaba nada. Juro que había una habitación que estaba tan llena de cosas que no se podía ni entrar. Hace poco más de un año me gasté un dinero indecente en que una empresa limpiara y tirara todo lo que me sobraba. Mi casa es ahora una leonera, vivo como un salvaje, pero puedo entrar en todas las habitaciones y no está del todo sucia. Sigue siendo demasiado grande para mí, me sobra espacio por todos los lados. Cada esquina me grita ausencias, cada puerta me dice que no hay nadie detrás, cada ventana me ofrece la posibilidad de soñar con un futuro en que esta casa, o cualquier otra donde viva, sea demasiado pequeña.

La mayor frustración que arrastré durante mucho tiempo con respecto a esta casa donde yo vivo ahora era tan banal como suelen ser las cosas verdaderamente importantes.

Era la cortina del baño.

Llevaba décadas puesta. Estaba hecha polvo, olía mal, apenas servía a su propósito. Mi padre no quería que la cambiara, decía que un día lo haría él. No ocurrió nunca, él murió antes de ocuparse de un asunto tan trivial.

Un par de días después de su fallecimiento, después de terminar con toda la epopeya de tanatorios, cementerios, papeleos y pésames me quedé solo por primera vez. Recuerdo que tenía mucho miedo de no estar acompañado en esta casa cuando anocheciera. Estuve unos meses evitando esa situación. Se trata de uno de los pequeños lutos que uno tiene que sobrellevar para superar una pérdida. Por ejemplo, nunca volví a aparcar en el mismo sitio en que lo hice el día que se murió mi madre. Me sigue doliendo pasar muchas horas en esta casa, donde ahora vivo, que era de mi padre y que ahora es mía.

Por lo menos, hay algo que ha mejorado muchísimo.

Es la cortina del baño.

Pocos días después de que mi viejo se fuera para siempre me compré una cortina de baño verde. Me imagino que la elegí de ese color porque quería ser optimista. Hace un mes esa cortina se rompió. Todos los demás asuntos de mi vida, alguno de ellos muy importante, pasaron a un segundo plano. Esta casa puede estar en ruinas pero la cortina de baño tiene que estar en perfecto estado de revista.

Cuando tuve que elegir el color me dí cuenta de que el verde ya no me valía. Decidí que solo quería un color alegre, me daba lo mismo cuál fuera. Entonces vi una cortina morada. No es un color que simbolice ninguna idea relacionada con el optimismo, la alegría de vivir ni nada por el estilo. Y sin embargo esa es la cortina que compré. La morada.

El morado me hace pensar en una persona. Quizá por eso elegí ésa.

Quizá es que quiero buscar metáforas cuyo significado último escupa al mundo que estoy en los primeros días de una nueva etapa.

¿Cuál es la verdadera importancia de mi cortina de baño (morada)?
He aquí una pregunta que no necesita ser respondida. Que no debe ser respondida. Que es muy fácil de responder.

Esta es la canción 
que he estado escuchando
mientras
escribía esta
entrada

domingo, 11 de octubre de 2015

1001



El Proceso 1001 fue uno de los grandes acontecimientos políticos, judiciales y periodísticos del tardofranquismo. Una serie de sindicalistas, entre ellos Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius, fueron condenados a unas penas de cárcel muy exageradas por el mero hecho de pertenecer a CCOO.

Esta es mi Entrada 1001. La anterior, por tanto, fue la 1000. Recuerdo que cuando empecé esta humilde bitácora el objetivo era llegar a 100 entradas y luego cerrarla. Al final, estos textos se han convertido en una clave demasiado buena para entender mi vida y mi persona, como ya he dejado dicho en alguna ocasión.

No hay misterios. Esto es lo que hay.

He llegado a pensar que no quería escribir más aquí, que quería cerrar esta bitácora para siempre cuando llegara a 1000 entradas.

Es posible que el dígito 1001 tenga algo indefinible que lo emparenta con valores relacionados con la resistencia, con la fortaleza. Esos condenados por el Proceso 1001 tenían la convicción de que saldrían victoriosos.

Al final, en noviembre de 1975, les concedieron el indulto. Ganaron.

Yo también estoy buscando un indulto. Por eso lo expreso en mi Entrada 1001.

Más bien ansío la redención.

No, coño, estoy esperando un puto final feliz. Y pasar a la siguiente pantalla.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Mi viejo


*Con esta entrada cierro la trilogía sobre mi familia. Las otras dos son las dedicadas a mi madre y a mi abuela


Llevo pensando en esta entrada desde hace casi dos años. Suponía que la iba a escribir con tiempo, midiendo cada frase, cada palabra. Sería el mejor texto de esta humilde bitácora. Además, esta es la entrada número 1000. Debería de ser algo grande.

Sin embargo, estoy escribiéndola en pijama, tumbado en el sofá y con la tele puesta. No tengo nada pensado sobre qué es lo que quiero transmitir y cómo. Dispongo de muy poco tiempo para terminarla, unos 20 minutos como mucho.

Quizá sea la mejor manera de encarar este trabajo. Bajo presión y sin las ideas claras en un contexto poco favorable.

Él, mi viejo, también era hijo único. El tiempo me ha demostrado que en la casa donde vivíamos mis padres, mi abuela paterna y yo, mi viejo era el verdadero niño mimado. Quizá fue porque yo no quise serlo, porque me daba vergüenza que el mundo lo creyera. Mi madre y mi abuela orbitaban alrededor de mi viejo. Yo estaba en un segundo plano, ligeramente fuera de foco.

Hizo muchas cosas bien. Me inculcó el amor por la música y por la aproximación racional. Me enseñó el valor del vil metal. Tenía dos frases sobre este asunto, "¿Tú te crees que el dinero lo cagan los perros?" y "El dinero, de algún culo saldrá". No fue excesivamente afectuoso conmigo, ese papel estaba reservado a mi madre. La única manifestación física de su cariño hacia mí que recuerdo tuvo lugar 3 días antes de que muriera, cuando me eché a llorar en la UCI y él, con una dulzura de la que no sabía que era capaz, me acarició la cabeza.

Como decía mi madre, terminé pareciéndome mucho a él. Mi padre era un mar de dudas constante. Algo que me irritaba muchísimo y que imito, muy a mi pesar. A él no le dolía su indecisión. A mí, me hace mucho daño cuando me debato entre preguntas que no puedo responder.

No tengo intención de ajustarle las cuentas. Solo cuento las cosas como yo creo que fueron. En el fondo, acabo de descubrir que estas apresuradas líneas sirven para dos propósitos. Lamento que mi padre se fuera antes de que pudiera hablar con él de igual a igual, no como padre sabio a hijo desafiante. Ahora sé que los dos teníamos tantas preguntas como respuestas. Yo estaba a punto de arribar a ese punto, quizá él, mi viejo, ya hubiera llegado. A esto debo añadir que mi madre, mi mamá, también partió mucho antes de lo debido. La vida me debe tiempo con mis seres queridos. Estoy decidido a reclamar una compensación.

La otra intención que abriga esta entrada, la número 1000 de esta humilde bitácora, es mi firme intención de cerrar una etapa de mi vida y abrir otra. Se acabó Alpedrete, se acabó ser hijo y nieto, se acabó el Vencido que fui, un Vencido del que, al final, me siento orgulloso, debo confesar. Pero ahora el hombre del espejo no soy yo, es el que seré. Estoy ultimando los últimos detalles, no sé cuánto me queda para completar el cambio. De algo estoy seguro, queda poco, muy poco.

La cuenta atrás ha empezado ya...

martes, 22 de septiembre de 2015

Transición


Creo recordar que fue el ciclista colombiano Fabio Parra quien dijo una vez algo parecido a que la última etapa de La Vuelta era una de "transición" (sic). Venía a caer en el error de identificar "transición" con "no pasará nada". Supongo que él oía que se las llamaba así a esas etapas en las que no había diferencias entre los favoritos y tampoco había ataques. Esa confusión le llevó a pensar que "transición" era un sinónimo de "intrascendente".

Una transición es de todo menos intrascendente. Lo sé bien porque llevo en una desde hace casi dos años, unos 22 meses y medio. En una transición están todas las claves del futuro inmediato. Y muchas de las pautas del futuro a medio y largo plazo.

Tengo una lista mental de asuntos que están a la espera de resolución. Ninguna de las paredes maestras de mi existencia pasa de ser provisional. Estoy pendiente de que se resuelvan tantas cosas desde hace tanto tiempo que tengo la incómoda sensación de que voy a estar en esta indefinición para toda la vida. Es una falacia, no va a ocurrir. No Algo va a clarificarse, algo va a tener lugar, algo va a explotar.

La otra vez que me pasó fue en 1997, en el verano de 1997. Fueron tan solo unos meses. Tres grandes asuntos se pusieron en juego y en los tres terminé fracasando. Ese apocalipsis ha marcado mi vida. Aprendí algo pero a un precio muy alto. Perdí mucho y, en algún caso, para siempre.

Me gustaría pensar que ahora va a ser al revés, que voy a triunfar en todo lo que está sujeto a una todavía no publicada sentencia definitiva. Durante estos 22 meses y medio he estado trabajando muy duro para que todo salga como quiero que salga. ¡Qué coño!, como merezco que salga. En esta transición se encuentran todas las decisiones con las que puedo influir en el resultado. Algún error he cometido, algún error estoy a punto de cometer. Espero que no influyan tanto como mis aciertos. Esos aciertos que en el 97 fueron estériles.

Ahora mismo lo que más me inquieta es que la transición no termina de terminar. Muchas veces pensé que estaba a punto de avistar la tierra prometida y ya no me creo nada. No soy capaz de visualizar la siguiente etapa de mi vida. Mi imaginación no llega a más allá del día de hoy. Vivo el momento porque no puedo hacer otra cosa. El carpe diem es para mí una imposición. Una metáfora de mi debilidad.

Eso es lo que más daño me está haciendo ahora mismo.

Puedo pelear, y vencer, contra el rechazo, la derrota, la frustración, el fracaso, la tristeza, el amor no correspondido, la soledad, mi propia locura, el hartazgo, la miseria moral ajena, la miseria moral propia,...

Lo que no puedo es soportar esta transición. Todavía deberé hacerlo un tiempo.

Mientras, escucho la sabia voz de Charles Aznavour y logro domar este volcán interno del que estas palabras son un fiel reflejo. Un día más, opongo la resistencia necesaria para lograr que, esta vez, no como en el 97, gane de una puta vez la puta guerra.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Caridad


Mi sincera intención es que esta entrada no resulte desabrida. Soy muy consciente de que si me dejo llevar sonará condescendiente y moralizante. Por eso quiero y debo tener mucho cuidado.

El concepto de caridad es positivo. Es una redundancia afirmarlo. Nadie en su sano juicio puede pensar que sentir compasión hacia otro ser humano sea malo. Se trata de una idea que nos viene del mundo ideológico judeocristiano en el que nos hemos criado. En el que nos venimos criando en Europa desde hace siglos. Las monjitas con las huchas del Domund, la calderilla que le tiramos a los pobres, las ONG's, ese tipo de cosas. Creo que se me entiende. No tengo nada en contra, antes al contrario, lo aplaudo fervorosamente. Necesito dejar esto claro porque no quiero que se desvirtúen mis palabras.

La crisis de los refugiados está agitando las conciencias. Una masa de europeos decentes ha sido capaz de obligar a sus gobiernos a acoger a esos desheredados de la fortuna que han debido escapar de Siria. Eso ha sido caridad. Y es bueno. Incluso justifica que exista un ente político llamado Europa.

Aquí viene lo difícil. Es bueno, sí. También es insuficiente. Ayuda mucho a aliviar la crisis actual. Negar eso es de miserables. Negar eso es ignorar que un puñado de seres humanos han tratado de ayudar a otro puñado de seres humanos. Sin embargo, no resuelve el problema de fondo. ¿Por qué han debido huir los sirios de su país?

Siento no ser muy original con el diagnóstico. Tampoco lo soy con el tratamiento. Debemos tratar de entender el problema y contribuir a solucionarlo. Ya estoy oyendo toques de corneta acompañando mis palabras. No estoy sugiriendo una solución militar, ni mucho menos. El ISIS lo creó una guerra, puede que una guerra también lo destruya pero lo sustituirá otra organización más dañina. El ISIS es mucho peor que Al Qaeda. La historia nos ha enseñado que la violencia solo llama a la violencia. Es necesario saber qué es lo que pasa allí y luego actuar en consecuencia. Debo confesar que no conozco el asunto lo suficiente como para proponer alguna línea de actuación. Igual que la mayoría de nosotros, igual que la mayoría de nuestros gobernantes. Debemos interesarnos por lo que pasa más allá de nuestras narices.

Una cosa sí que sé. La caridad es un concepto positivo. Sirve para acallar nuestra conciencia y para hacer del mundo un lugar mejor. Solo tiene un inconveniente. La caridad no cuestiona el status quo, no se pregunta por las causas de la enfermedad, actúa sobre los síntomas. Por eso, únicamente con caridad no se soluciona nada. Los pobres siguen siendo pobres, los refugiados siguen siendo refugiados, las élites políticas y económicas siguen siendo las mismas. Por muchas catástrofes humanitarias que se produzcan, nunca hay nada nuevo bajo el sol.

domingo, 6 de septiembre de 2015

17 años


Está siendo un comienzo de mes de septiembre fresquito. Yo no recuerdo que esto nunca haya sido así. Las temperaturas están por encima de los 20 grados por muy poco. Por las noches hace frío. Frío sin paliativos. Llevamos unos días con el cielo encapotado, gris, "culo de burro".

Ayer por la tarde me sorprendí a mí mismo con un pensamiento extraño. Resulta que ahora me gustan los cielos encapotados.

Es cierto que siempre he sentido fascinación por los días que son de esta manera. Solo en pequeñas dosis porque me canso muy fácilmente. No solo eso, me deprimo. Ya llevamos unos cuantos días pre otoñales y me sigue pareciendo bien. Esto es lo extraño.

Supongo que me recuerdan a los días de los 80, días que en mi recuerdo son, en su mayoría, grises y fríos. Y felices. Era una época en la que todo era posible. Un tiempo en el que Springsteen sacaba grandes discos, Depeche Mode obras maestras y era aceptable ser fan de los Dire Straits.

Estos cuatro párrafos significan una sola cosa.

Están pasándome cosas excepcionales. No espectaculares. Simplemente excepcionales. Los eventos anormales que estoy experimentando no sirven para armar un guión de una película. Y sin embargo, no han pasado nunca.

El viernes, sobre las 8 y media de la noche tuve un encuentro inesperado. Fue con una persona a la que no veía desde el siglo pasado, desde mayo (creo) de 1998. Hemos vivido en la misma ciudad todo este tiempo. Durante seis meses compartimos un lugar de trabajo. Teníamos amigos comunes. Vecinos suyos a los que veía todos los días. A pesar de esto, nunca nos habíamos cruzado. Hasta hace 10 días, cuando me pareció verla y no me animé a saludarla. El viernes sí lo hice y tuvimos una agradable conversación. No creo que esto vaya mucho más allá. Bastante sería que nos tomáramos un café. No es importante lo que ocurra a partir de ahora porque nada va a pasar.

El azar es muy caprichoso, lo sé. No es serio buscar sentidos ocultos las cosas que nos pasan. Es una cuestión de probabilidades y no otra cosa.

¿Podría ser que no me encontré con esta persona porque no quería verla? ¿Podría ser que inconscientemente me cerré en banda? ¿Que cuando había una mínima posibilidad de que ocurriera yo tomaba decisiones aparentemente triviales para que no fuera así?

Son preguntas que no suenan mal. Si una persona huye de otra no hay manera de coincidir en ninguna situación.

Estos diez párrafos en realidad solo quieren decir una cosa.

Es posible que esté tomando una decisión inconsciente (y desgarradora) en otro asunto. Un asunto muy importante y del que llevo escribiendo de manera críptica desde que volví a abrir esta humilde bitácora.

Como siempre, el tiempo me dará la solución a mis dudas.


domingo, 23 de agosto de 2015

Corrección política


Me gusta ser irreverente. Siempre me ha gustado. El aroma de lo políticamente incorrecto me suele resultar muy agradable. Siento una enorme simpatía por la persona que va contra corriente, por el que tiene una mirada única. Me parece que, como cantó Antonio Vega, "poco o nada cuesta ser uno más". El que se atreve a romper el molde cuenta con mi apoyo, por lo menos de inicio.

La derecha cultural y política ha sido capaz de apropiarse de palabras y expresiones que no les correspondían. Con su alianza con el liberalismo ha logrado hacer suyo uno de los tres conceptos base de la Revolución Francesa. La "libertad" se ha convertido en un patrimonio de los sectores más conservadores de la sociedad. Del "sistema". Y han modificado su sentido. Para ellos, la "libertad" es sacralizar la idea del "mercado libre". Te mueres de hambre, sí, pero tienes "libertad" para "emprender", para "hacer tu destino". Eso lo dicen millonarios que han tenido facilidades para salir adelante. Sujetos que creen que tener mucho dinero es sinónimo de realización personal y, al mismo tiempo, dicen que son "sencillos" y que "no gastan mucho". Esa gente.

Otro término cuyo significado han sido capaces de modelar a su antojo es el de "diálogo". En el contexto del conflicto vasco "diálogo" era "pusilanimidad", "buenismo" o, incluso, "rendición". Una palabra con un matiz positivo se convirtió en algo peyorativo. He aquí la gran victoria cultural y política de la derecha. No solo han impuesto el debate sino que han sido capaces de alterar las palabras clave a su conveniencia.

Ha sucedido con la expresión "políticamente incorrecto". En mi absoluta inocencia pensaba que para ser políticamente incorrecto había que pensar por uno mismo. La realidad se ha encargado de hacerme caer del caballo. Muy a menudo me he encontrado con idiotas que justificaban las idioteces que decían con la cantinela de que "eran políticamente incorrectos".

Ya me harté.

Ser misógino no es ser políticamente incorrecto. Es ser un miserable.
Aprobar la violencia no es ser políticamente incorrecto. Es ser intolerante.
Decir que los "sin papeles" solo pueden ser atendidos en Urgencias no es ser políticamente incorrecto. Es ser insensible

O a lo mejor, "ser políticamente incorrecto" sí es ser un miserable, sí es ser intolerante, sí es ser insensible.

A lo mejor, "ser políticamente incorrecto" es "estar equivocado". Que justifiquen sus tesis diciendo que son políticamente incorrectos no les hace tener razón.

Mi sugerencia es que cada vez que oigáis a alguien decir de sí mismo que es "políticamente incorrecto" deis por terminado el debate. Casi con toda seguridad va a decir, o ya ha dicho, una tontería. Y de las tonterías no hay nada que se pueda aprender.



sábado, 8 de agosto de 2015

El del espejo


Suelo caerme bien a mí mismo. No tengo otro remedio, si no me aguantara habría de tomar alguna medida extrema, como el suicidio o ir a terapia. Para lo primero no tengo ánimo y para lo segundo no tengo dinero. Afortunadamente suelo vivir en armonía con el tipo cuya imagen me muestra el espejo cuando me lavo los dientes. Sé que tiene cosas que mejorar, sé que debería haber aprendido algo más de la vida. También sé que le podemos dar un aprobado. Sobre todo si lo ponemos en relación con determinados elementos con los que me cruzo todos los días.

Sin embargo, esta semana me he caído mal. He llegado a casa por las noches con una ganas enormes de echarme a dormir para no tener que soportarme más. ¿Por qué me he odiado a mí mismo precisamente esta semana? No porque haya pasado o vaya a pasar algo. No. No creo.

Es plausible que sea un aviso de mi subconsciente de que tengo que cambiar algo en mi manera de ser.  No sería de extrañar que ese odio que he sentido por mí mismo sea el reflejo del disgusto que provocan algunos rasgos de mi encantadora personalidad en los demás.

Si fuera lo suficientemente adulto trataría de adoptar una aproximación racional. Investigar que me hace irritante para mí y molesto para los demás. (Ahora que lo pienso, puede que sea al revés). Intuyo que mi sentido del humor no debe de estar muy ajustado en los últimos tiempos. Tengo un buen punto de partida. Quizá debiera partir de este concepto, desarrollarlo y llegar a una conclusión más o menos definitiva.

Lástima que ya no lo vaya a hacer. Esta mañana me he levantado, he leído un poco y he cogido la bici. Después de consumar esta agradable actividad le he echado un vistazo al hombre del espejo. Resulta que me vuelve a caer bien.

A lo mejor solo me hacía falta dormir un poco.

martes, 28 de julio de 2015

Una sustitución


Esta no es la entrada que iba a escribir. Esta no es la entrada que necesito escribir. Porque no puedo. Todavía.

Esta es la entrada 994 y cuando llegue a la 1000 no sé qué pasará con esta humilde bitácora. Quizá la abandone. Quizá la destruya. Quizá siga escribiendo en ella. Antes de alcanzar esa cifra, por las dudas, deberé escribir una entrada sobre mi padre y así completar la trilogía sobre mi familia, cuyas anteriores entregas fueron sobre mi mamá y mi abuela.

Eso será otro día. Pronto. Seguro.

Hoy amontonaré palabras con cierta intención mientras escucho canciones de ABBA.

 ¿Cuál es mi intención?
Ni yo mismo lo sé muy bien.

Lo principal es escribir un poco porque hoy tampoco voy a ponerme con la novela. No me da tiempo a hacerlo. Y, además, tengo el archivo bueno en el portátil de casa, a la que no llegaré hasta tarde.

También hay cosas que quiero expresar, al margen de lo mi padre. Pero este no es canal adecuado.

En nuestras vidas hacemos demasiadas cosas en sustitución de otras que sí queremos o necesitamos hacer. Normalmente por cobardía. Todas las cosas que hacemos mal son por cobardía. Incluso algunas que hacemos bien. Podemos cometer actos de cobardía, no somos héroes. No debemos ser cobardes SIEMPRE.

Me temo que yo he sido un cobarde demasiadas veces.

Muchas de las cosas que hacemos bien las hacemos porque hemos sido valientes. Y también algunas que hacemos mal. Podemos ser valientes de vez en cuando. No debemos ser valientes SIEMPRE. Eso solo nos lleva al cementerio a una velocidad vertiginosa.

Me temo que yo he sido un valiente demasiadas veces.

Pocas veces he estado orgulloso de ser un cobarde, aunque sí me ha pasado en uno o dos eventos especialmente trascendentes. Ser cobarde está muy cerca de ser inteligente.

Siempre he estado orgulloso de actuar con valentía. Aunque debo reconocer que más veces de las que me confieso a mí mismo me he arrepentido de echarle valor a la vida. Sin embargo, estoy convencido de que para determinadas situaciones lo más inteligente es ser valiente.

Mi propósito para el porvenir inmediato es ser más cobarde y ser más valiente.






jueves, 23 de julio de 2015

Números que no aportan gran cosa


¿Cuántos pensamientos procesa al día nuestro cerebro?

No me refiero a acciones como las órdenes dadas a mis dedos para teclear este texto. Ni las complicadas cavilaciones que le damos a los asuntos que nos preocupan.

Estoy hablando de pensamientos sueltos, sin relación alguna con nuestras vicisitudes ni con lo que estemos viviendo en el momento.

Quizá se entienda mejor si hablo de imágenes.

Muchas veces no les damos importancia. Aparecen, si más. Otras identificas claramente de dónde vienen y qué significan. Pasan por delante de tu consciencia y no suelen dejar rastro. A no ser que vuelvan. Que se vuelvan redundantes.

¿Cuántas veces tienen que aparecer para que se conviertan en una obsesión? ¿Y cuántas más tienen que presentarse para que esa obsesión sea dañina para tu salud mental?

Desde hace algo más de un mes hay una imagen, un pensamiento, que regresa con insistencia. Seguro que ya es una obsesión. Aún no me duele (creo).

Se trata de un lunar que quizá no existe. Uno que puede que me haya inventado.

¿Cuántos días pasarán hasta que me olvide de ese lunar?

Quizá no quiera hacerlo.


lunes, 20 de julio de 2015

Mi abuela


Hoy me he acordado de mi abuela. Nació en enero de 1911 y murió unos días antes de que cayeran las Torres Gemelas de Nueva York. Su vida fue perra hasta que llegó a la madurez, con un hijo, 40 primaveras cumplidas y un empleo estable y bien remunerado en el Buenos Aires de los años 50. Mi abuela Romana era una niña bien de un pueblo de Valladolid que entonces era próspero, La Mota del Marqués. Enfrentándose a su familia casó con un farmacéutico zaragozano que vivía en Barcelona. No os tengo que decir cómo era la vida en la España de los años 20 y 30, el momento de la infancia, adolescencia y primera juventud de mi abuela.

Y luego estalló la Guerra Civil. Mi abuela tenía 25 años.

Mi padre nació en febrero del 38. Mi abuela tenía 27 años.

Mi padre no conoció al suyo. Mi abuelo murió en la guerra. Le mandaron al frente porque no se presentó voluntario, a pesar de que tenía una carrera. No lo hizo porque era un socialista en la zona rebelde. Su cuerpo nunca fue encontrado. Nunca se supo qué pasó con él. Iba con un compañero cuando intercambiaron disparos con las tropas leales a la República. El padre de mi padre recibió un disparo. El compañero huyó porque, según él, mi abuelo le dijo que estaba bien. El compañero vio cómo llegaban los soldados enemigos al lugar donde estaba mi abuelo. Nadie supo más de él.

La guerra terminó en el 39. Mi abuela se comió la posguerra en Barcelona con un niño pequeño, sin recursos económicos suficientes para sobrellevar la situación. Aún así, mi padre no recordaba penurias de aquel periodo de su vida. No me cabe la menor duda de que mi abuela le evitó todo eso matándose a trabajar.

En España no había futuro. Y decidió emigrar a Argentina. Eso fue en el 48.

Mi abuela tenía 37 años.

Todavía le costó un tiempo estabilizar su vida en Argentina. Lo logró en los 50, cuando entró a trabajar de ama de llaves de una casa de un terrateniente de origen irlandés.

A partir de ese momento su vida no fue un camino de rosas, es cierto. Tampoco fue el infierno que había sido hasta entonces.

Me duele mucho pensar que los mejores años de su vida los había malgastado en la caótica primera mitad del siglo XX. No tuvo tiempo para el amor ni el desamor. Ni para trazar ambiciosos planes vitales. Careció de sueños por cumplir. Cuando tuvo tiempo para todo eso ya no poseía el empuje necesario.

Su objetivo era otro:

Sobrevivir. Sacar adelante a mi padre.

Sin ella yo no estaría aquí. Por eso, por ella, estoy obligado a amar, a soñar, a fracasar y a volver a empezar de nuevo.

Se lo debo. Ella no pudo hacerlo.

jueves, 2 de julio de 2015

El mundo físico


Un ordenador puede derrotar a un ser humano al ajedrez con facilidad.

Pero no puede mover las fichas como lo hace un bebé.

La inteligencia artificial ha avanzado mucho en los últimos años. Comprendemos muchos procesos de nuestro cerebro.

Pero no podemos replicar perfectamente la manera en la que el cerebro controla mis dedos cuando tecleo entradas como ésta en esta humilde bitácora.

El cuerpo es nuestro bien más preciado.

Por eso necesitamos tocarlo, sentirlo. Nuestros cuerpos y, sobre todo, los ajenos. Eso es lo que nos hace humanos. Podemos, y debemos, honrar nuestros cuerpos con el manoseo. No un manoseo vicioso, que también. Un manoseo de delectación. De celebrar que nuestros cuerpos y los ajenos están vivos.

Juntarnos, pegarnos, abrazarnos no solo sirve para que no nos caigamos. Sirve para seguir adelante. Sirve para que esa maquinaria que no conocemos demasiado bien, nuestro organismo, siga engrasada y a nuestro servicio un día más.

Tocar es también ser tocado. Cerciorarse de que existimos para alguien y de que alguien existe para nosotros.

Un abrazo a tiempo vale más que toda la obra poética de Machado.
Y pocas cosas valen más que "Campos de Castilla".




viernes, 19 de junio de 2015

Inmersión en mi carpeta spam


El correo electrónico es el signo de nuestro tiempo. Comparte esa condición con el teléfono móvil. No me refiero al avance tecnológico que ambos suponen. Eso es claro y es evidente su influjo en nuestro mundo. Es obvio que innovaciones como éstas cambian, o por lo menos modifican, nuestros usos y costumbres. No va a ir por ahí este humilde texto.

Tanto el mail como el móvil son, sobre todo, personales. Una dirección postal y un número de teléfono no están adscritos a personas sino a lugares. Hasta los años 80 del siglo pasado no conocimos otra cosa. Hoy tenemos un correo y un teléfono que son solo nuestros. No están adscritos a ningún lugar, nos acompañan allá donde vayamos.

Por lo tanto, la lista de llamadas realizadas y recibidas, las perdidas y rechazadas, dicen mucho sobre nosotros. Y también las bandejas del correo electrónico.

La bandeja de entrada termina siendo una visión de cómo queremos relacionarnos con el mundo exterior. Conservas los correos que te importan. Si hay muchos relacionados con tu trabajo es que es una parte importante de tu vida. Si hay muchos de bromas o vídeos de gatitos es que tienes mucho tiempo libre. Y así sucesivamente. Dice cosas, sí, aunque no es una foto muy completa porque muchas veces ni nosotros somos capaces de saber cómo queremos establecer conexiones con los demás.

La carpeta spam, en cambio, sí es una foto clara. Es lo que quieres esconderle al mundo exterior. Lo que te gustaría que no existiera.

Por eso, en el spam encuentro anuncios de casas de contactos, propuestas engañosas para ganar algún dinerillo extra y oportunidades de alargamiento de pene, entre otras cosas. Imagino que habrá cosas peores. Y que todo el mundo tendrá en su spam cosas distintas. Lo que me sale a mí me sale porque yo estoy soltero (casas de contactos), tengo un trabajo bien pagado sin excesos (dinerillo extra) y soy un hombre de mediana edad (alargamiento de pene).

Otra cosa que también se cuela en el spam son los correos corruptos con virus incorporado. La última vez que miré el remitente de uno de estos mails era una persona con la que no tengo contacto desde hace casi cuatro años. Una persona que fue muy importante en mi vida aunque no ha dejado un poso muy grande. Una ex novia a la que he olvidado casi por completo. El otro día me la nombraron y tuve que preguntar por su identidad porque no sabía de quién me estaban hablando. Uno o dos días después apareció el correo con un virus supuestamente mandado por ella. (Ya sé que estas cosas no se hacen a propósito, seguramente la pobre debió sufrir el virus primario).

No sé, puede que signifique que el pasado es un virus, un correo que no hay que abrir, un camino que no hay que tomar. Puede que signifique que hay que dar muerte a la nostalgia.

O puede que no signifique una mierda. Puede que signifique que me obsesionan los símbolos, una muestra más de lo frívolo de mi aspiraciones existenciales.

jueves, 4 de junio de 2015

Tristeza frente a lucidez


He estado leyendo algunas de las entradas antiguas de esta humilde bitácora. Si tengo que ser honesto, muchas de ellas me han producido cierta vergüenza. Creo que he mejorado mi manera de escribir. No es una evolución bestial. Se trata más bien del desarrollo sostenido de un discurso estético que, poco a poco, ha ido encontrando algo de coherencia. Suponía que un repaso a lo que escribía en este sitio hace una década también iba a revelar otra agradable verdad. Así fue. Sé más que entonces y (espero) saber menos que dentro de otra década. En todo esto he encontrado un leve regocijo.

Al releerme me he llevado otra sorpresa. Una que no ha sido agradable en absoluto.

Sigo instalado en un vicioso optimismo voluntarista. Entonces podía tener justificación. Sabía menos. He comprobado, con alarma, que sigo igual. Igual. Exactamente igual. Incluso las entradas depresivas siempre buscan un rayo de sol. Siempre encuentran algo de luz al final del túnel. Es un trampa que me tiendo a mí mismo. Me digo que la realidad es fea y que me basta con saberlo para que deje de serlo. Se supone que ser consciente de lo que pasa es la mejor solución para superarlo. Y no. La mejor solución es hacer algo. Lo que sea. Algo.

Sigo cayendo en lo mismo, sigo pensando que la lucidez es el remedio contra la tristeza. No es así. Es la ropa bonita que le pongo a mi yo depresivo.

Tener información y no pasar de las palabras a los hechos es estéril. Puede ser bello y estar revestido de cierto interés artístico. Quizá sea eso lo que me hace tan proclive a estos ejercicios de escapismo emocional.

Estoy escribiendo esta entrada porque estoy sintiendo una especie de lucidez indiferente auqnue todavía queden rastros de tristeza potencialmente peligrosos. Se trata de un cambio respecto al pasado, entiendo que un cambio para bien. Sigo, de todas maneras, instalado en la inacción. No sé si es porque, por primera vez en mi vida, no hacer nada me ha ido bien o porque, como siempre, tengo miedo.

En el momento en el que escribo estas líneas tengo la sensación de que jamás resolveré el enigma. Si me pasa esa cosa buena que tiene que pasarme será porque, por una vez, la bolita de la ruleta se ha detenido en el número y color que he elegido. No porque haya resuelto el antagonismo entre acción e inacción, mi demonio personal más poderoso.

lunes, 1 de junio de 2015

Mosaico de reflexiones (Escritura automática remezclada)


Conocí a un cubano muy simpático en Manchester.
Es profesor de salsa en el Instituto Cervantes.
Parece la tapadera de un gigolò.
En realidad, es médico.
Lleva 18 años en Inglaterra.
Este es el mayor drama del que he tenido noticia en los últimos tiempos.

Creo que he perdido el miedo a volar (en avión).

Me he comprado un polo Fred Perry en homenaje a mi viejo.
Es "small fit".
Nunca he estado tan delgado.

Me hice un chequeo y estoy sano como una manzana.

Tengo que seguir apostando por mi novela.
Me faltan unas 10.000 palabras.

Tengo que poner una lavadora esta tarde.
Antes de que termine la semana tengo que limpiar el baño.

¿Es posible que haya hecho las paces con mi pasado?

Ella está de pie delante de mí ahora mismo.
Tiene los pies colocados en el suelo como las 10 y 10.

Creo que he perdido el miedo a volar.

Ella.
República Argentina.
Yo.





miércoles, 27 de mayo de 2015

La enésima entrada en la que muestro mi desconcierto vital


Si lo pienso con algo de detenimiento todo lo que he escrito en esta humilde bitácora está relacionado de una manera u otra con una verdad incontrovertible. No sé casi nada. No termino de entender la mayoría de las situaciones en las que me veo metido.

¿Por qué estoy seguro de lo que no tengo claro?

¿Por qué tengo claro de lo que no estoy seguro?

Hubo un tiempo en el que creía tenerlo todo bajo control. Mis objetivos irían llegando de forma natural. En realidad, eso lo sé ahora, me engañaba vilmente. Esa aparente calma vital era un disfraz para no salir al exterior. Una excusa para dejar de hacer esas cosas desagradables que deben hacerse. Cosas desagradables como perder la cabeza por tu amor o pelear contra molinos de viento.

Así me lució el pelo.

Después, hubo un tiempo en el que decidí que no tenía nada bajo control y que eso no era bueno. O, por lo menos, inevitable. También era una burda patraña. Era una excusa y un disfraz, igual que antes.

Y peté.
Me derrumbé.
Me tiré 7 años cayendo.

Al principio, mis cimientos explotaron. No quedó nada de ellos. Mis principios, mi escala de valores, todo, entró en crisis. Me quedé sin centro de gravedad de permanente, sin una referencia sobre la que construir mi vida. Fue una época en la que lloré, reí, gocé y me frustré ligero de equipaje. Supongo que me reinventé, con mucho sudor de mi frente.

Hace poco me decía a mí mismo que tenía bajo control todo lo que podía tener bajo control. Era mentira porque nunca tendré nada realmente bajo control. No me engañaba del todo porque había alcanzado un nivel de control sobre mi vida inimaginable para mis estándares.

Ahora sé que lo he descrito en los párrafos precedentes no es muy importante. ¿Para qué quieres libertad en  una sociedad injusta? ¿Para qué quieres control cuando no puedes entender nada?

Sigo desconcertado. Porque no quiero encontrar la salida. Si quisiera, tendría todas las respuestas. Intuyo que algunas de ellas no me van a gustar. Por eso, vuelvo a usar mis emociones como un disfraz y como una excusa.

Pensaba que iba a ser esta la enésima entrada en la que mostraría mi desconcierto vital. Con esa intención empecé a escribirla. Al final, resulta que he hecho un descubrimiento. Más que perder el control, más que ser maestro en el arte de la incomprensión, estoy versado en el arte de la fuga.

No creo que cambie nada. Me conformo, por lo menos, con saber. Saber siempre siempre siempre es mejor que no saber. Sé que es mejor saber que no saber aunque tenga tanto miedo como antes a obtener determinadas soluciones a determinados enigmas que no lo son tanto.




sábado, 9 de mayo de 2015

Los huevos repletos



El periodismo musical indie de los 90 marcó una serie de pautas que todavía hoy estamos arrastrando. Aquellos jóvenes airados estaban muy influidos por la prensa inglesa más banal, nada del culteranismo de Simon Reynolds ni las maravillosas cafradas de Mr. Agreeable. Siempre atentos al next big thing hispano, que casi nunca fue "next", por supuesto que no llegó a "big"  y tampoco fue algo parecido a un "thing". Hicieron escena sin tener ni puta idea de lo que era una escena. Eso hay que reconocérselo. En la parte negativa, instituyeron el postureo inane. Bastaba con citar grupos ignotos para hacer ver que sabían más que tú. Crearon un canon muy estrecho que se vieron obligados a ampliar con el tiempo. Mi balance es agridulce. Pudo ser peor. Al menos, las paredes maestras de ese minúsculo universo eran sólidas. La España pop de la última década del siglo XX empezó muy mal y la escena del indie la reanimó mostrando que había vida fuera de los despojos de las movidas de los ochenta.

Fueron muy pesados, eso sí. Ellos marcaban territorio. Eran los árbitros del buen gusto. Apostaron por el pop lánguido, las guitarras ruidosas y la electrónica inofensiva. No podías salirte de sus coordenadas estéticas, un tanto miopes y escapistas, surgidas en un periodo de expansión económica. Se veían como la élite intelectual de la industria de la música.

Y ahora, dos décadas después, vuelven a intentarlo. Y con una pobre coartada socio política, además. Ellos, que hasta 2011 fueron incapaces de hacer una lectura seria de lo que hay alrededor de una manifestación cultural. Ahora están aprendiendo. Como tienen un juguete nuevo quieren establecer un nuevo canon.

Si no les hice caso hace 20 años, menos se lo voy a hacer ahora porque me tienen los huevos total, absoluta y completamente repletos desde entonces.

jueves, 7 de mayo de 2015

Completista


Me gusta cerrar el círculo. Me siento cómodo cuando todo tiene un principio y un final. Por eso mi momento favorito de un viaje es cuando llego, ya sea de ida o de vuelta.

Cuando tiro la maleta al suelo, cuando arribo a puerto, algo muere y algo nace. Y eso siempre me gusta.

Porque, entonces, todo puede pasar. De hecho, pueden pasar tantas cosas que, casi siempre, nunca pasa nada.

No es eso lo que me seduce del final del trayecto.

Nunca me atrajeron las matemáticas, jamás se me dieron bien. Yo era, y soy, un chico de letras. No fui digno hijo de mi padre, un prodigio en ese campo, especialmente en cálculo. Era una calculadora humana. Creo recordar que fui un alumno brillante cuando llegamos a la trigonometría, allá por 3º de BUP. No he vuelto a acercarme a menos de 100 metros de esa materia, así que bien puede eso ser una ensoñación romántica. "La trigonometría tiene algo de filosofía, por eso era bueno".

Sin embargo, algo me queda. Una especie de rigor formalista de raíz matemática que se siente en paz cuando cierro una fórmula, cuando despejo una incógnita.

Necesito terminar lo que empiezo.

domingo, 29 de marzo de 2015

La máquina perfecta


Hoy hace 15 días me di un bofetón tremendo con la bici. Acababa de coronar un puerto e inicié el descenso con cierta cautela. Unos metros después la rueda delantera se bloqueó, probablemente porque frené con demasiada fuerza sobre una rodera del camino. Salí "de orejas", como dicen los moteros, y aterricé de lado. El resultado, tres costillas rotas y una luxación de clavícula grado II. Este balance me hizo pasar una noche en Urgencias, en observación por si las fracturas interesaban al pulmón, lo que hubiera sido muy grave.

Desde entonces, todo ha ido colocándose solo. Lo único que he tenido que hacer estos días ha sido gestionar el dolor, que no es poco. El cuerpo humano es un artefacto de alta precisión, capaz de hacer cosas increíbles, guiados por el mejor ordenador que existe, el cerebro que corona nuestras cabezas.

Hay un pasaje que me resulta emocionante de "Memorias de Adriano" de Marguerite Yourcenar. Si la memoria no me falla, es al principio, cuando Madame Yourcenar hace decir a Adriano que solo al final de su vida es cuando le ha empezado a fallar el cuerpo, que era lo único que no le había decepcionado. Es interesante porque uno de los niveles de lectura del libro explica que esa época, el siglo II d.c., es un momento único de la historia de Occidente, en el que los viejos dioses paganos ya no tienen importancia y el nuevo dios cristiano aún no ha llegado.

El único dios de Adriano era su cuerpo.
Ni un ser superior ni la naturaleza, el mecanismo más perfecto que existe es ese entramado de terminaciones nerviosas, músculos, tendones y materia gris con el que hemos logrado ser la especie dominante del planeta.

domingo, 1 de marzo de 2015

El primer día de la primavera


Hoy hemos estrenado marzo disfrutando del primer día de la primavera climatológica de 2015. Y yo me he acordado del último día de mi década de los 80.

Fue el 18 de julio de 1989. Esa noche, en el desaparecido rockódromo de Madrid, tocaron Joe Cocker, The Waterboys y Fischer Z. Si mi memoria no me falla mis amigos del San Agustín y yo conocimos que habíamos aprobado la selectividad y un poco para celebrarlo fuimos al concierto. Ese fue mi último verano de estudiante. Empezó una etapa en la que acumulé unas cuantas decisiones equivocadas, que todavía estoy pagando de alguna manera.

El concierto de Fischer Z me produjo cierta indiferencia. No los conocía, más allá de lo que yo creo que es su canción más famosa, "Berlin", que fue la única de su set que disfruté. Ahora creo que es un bolo que me podría haber entretenido más. De todas maneras, jamás me interesé demasiado en ellos. Ya había pasado su momento, su momento de gloria fue alrededor de 1981. A lo mejor un día de estos me compro algún single de 7" en La Metralleta. 





"Berlin" es una canción 
que me sigue molando. 



En esa época no me mataban los Waterboys. Me gustaba "The whole of the moon" y poco más. De los tres componentes del cartel, el grupo de Mike Scott era el que en mejor forma estaba. Acababan de sacar uno de sus discos más aclamados, "Fisherman's blues", editado en 1988. A mí me hacen más gracia los dos anteriores, "A pagan place" (1984) y "This is the sea" (1985). Debieron dar un recital bastante bueno. Yo me aburrí un poco. Tenía 19 años y era un zángano influido por un amigo que se metía todo el rato con la técnica guitarrística de Mike.



Yo creo que esto
es un temarraco.


El cabeza de cartel era Joe Cocker, muy conocido sobre todo por el "You can leave your hat on" de la BSO de "Nueve semanas y media". También le había funcionado muy bien el dúo con Jennifer Warnes para "Oficial y caballero" y el disco "Unchain my heart" (1987). Los "finos" podían defenderle recordando su actuación en Woodstock y su versión del "With a little help from my friends". No me volvió loco aunque me lo pasé bien. Joe Cocker estaba iniciando su cuesta abajo a la intrascendencia. Me acuerdo, sobre todo, del patético saltito que daba para acompañar el último golpe de batería de casi todas las canciones.



Seguro que tocó esta versión de Lennon
en aquel concierto.
Y con esta misma banda


No fue el concierto de mi vida. Ahora que lo pienso puedo considerar esa noche como mi primer festival. Fueron tres bandas, una no me interesó lo suficiente, Fischer Z, otra me debió interesar más, The Waterboys, y con la última, Joe Cocker Band, creo que atiné en mi juicio. 

He buscado alguna crónica de ese evento y he encontrado la que creo que debí leer en su momento. Es la demostración del desastre sin paliativos que era, que es, la página de cultura de El País en lo referente, sobre todo, a la música.

Esa noche murió mi década de los 80. Fue el final y el principio de algo. En un guiño simbólico aquella tarde, antes de entrar en el concierto, viví una situación que resume muy bien esa etapa que se terminaba. Era un día de verano espectacular. Yo iba con un niki morado. Nos metimos en un bar de la casa de campo, nos pedimos una copa y, de pronto, empezó a sonar esta canción.




La "dolce vita" de los 80
según Ryan Paris.

viernes, 20 de febrero de 2015

La silla



Delante de mí hay una silla.

Si las sillas pudieran mirar, esta me miraría. Está ligeramente ladeada hacia mí. Cuando he empezado a escribir he levantado la cabeza en busca de inspiración y la he visto. Entonces he escrito el título de este texto que es como la vida, no se a dónde va. Esa silla me mira y me dice cosas que no termino de captar. No son palabras, son conceptos, son ¿sensaciones?

Bien sé que adjudicar cualidades humanas a un objeto in-aminado es un recurso tan manido que no merece el calificativo de "literario". No hay en estas letras la menor aspiración estética.

Hay cierta frustración.

Hay cierta confianza conviviendo con esa frustración, que es un tapón que no ha cerrado del todo la botella.

Hay algo de luz y de tinieblas.

Hay ilusión lúcida y hay conformismo lúcido.

Hay una silla. Y me está mirando.

lunes, 9 de febrero de 2015

Mi gran enemiga


Soy una persona muy arrogante. Es un defecto que te sale cuando eres inseguro e inteligente. Cuanto más crezco más arrogante me vuelvo. Puede que eso quiera decir que cada vez soy más inseguro y más inteligente. Lo primero no es cierto. Mi confianza ha subido muchos enteros en los últimos años. En los últimos meses. En los últimos días. En las últimas horas. En los últimos segundos. El nivel que he alcanzado aún está lejos de las cifras óptimas. Espero que nunca llegue a ese estadio.

Tampoco estoy seguro de que sea más inteligente que, por ejemplo, cuando empecé a escribir en esta humilde bitácora. Me tomo a mí mismo mucho menos en serio, aunque no se note demasiado. Me resulta más complicado engañarme y desengañarme. Por otro lado, es obvio que mis capacidades cognitivas se han visto mermadas en algún grado. Y, quizá, soy más lento, aunque más seguro. Unas cosas compensan a las otras, así que en el aspecto global todo sigue más o menos como ha estado desde que dejé la post-adolescencia.

¿Por qué soy más arrogante? Más por una cuestión de forma que de fondo. Ahora se me nota más porque soporto menos la ignorancia ajena. Ahora que no me tortura la propia, la de los demás me agrede de maneras violentas e incontrolables. Es posible que no sea el ideal de los arreglos. De momento, me vale. Soy consciente de que debo de guardar un mejor equilibrio. Trabajaré en ello, sin prisas ni urgencias.

La ignorancia ajena me producía hilaridad. Era mi oportunidad para destacar sobre la masa. Más tarde me provocaba cierta tristeza teñida de impotencia. Ahora, cuando se alía con el atrevimiento me hace perder los papeles. Tengo que contenerme para no resultar demasiado arrogante y justificar, por vía indirecta, la ignorancia del otro. Con frecuencia no lo logro.

Mi gran enemiga no es la arrogancia. Después de todo, no es más que una armadura que pesa tanto que solo me perjudica a mí.

Mi gran enemiga es la ignorancia. La ajena, la propia y, por encima de todas, la que se ufana de ser lo que es, la que no quiere dejar de serlo, la que está orgullosa de estar equivocada.




jueves, 5 de febrero de 2015

La proverbial y esquiva musa



¿Hay más de una cosa que me inspira? ¿Más de una persona?

La respuesta a estas últimas preguntas es la misma.

Sí y no.

Sí, porque somos animales complejos con distintas motivaciones tan incompatibles como extrañamente complementarias.

No, porque soy un tipo simple.

¿Qué me motiva para escribir?

La página en blanco y mi vanidad.

La página en blanco es un desafío que siempre he superado. Me sube la moral hacerlo.

Mi vanidad es el instrumento para derrotar a mis múltiples y variadas inseguridades.

¿Quién me motiva para escribir?

Todos, nadie y ella.

Todos porque es mi manera de justificar mi presencia en el mundo.

Nadie porque nadie lo lee y a nadie le importa.

Y ella porque, a riesgo de que ésto parezca una canción de Alejandro Sanz, siempre hay una ella. Aunque ni ella ni yo sepamos quién y por qué es ella.

Ella es la proverbial y esquiva musa. Es la voz aguda que te anima a tomarte una copa más cuando hace tiempo que deberías estar durmiendo. Es por la que no quieres renunciar a convertir al hombre del espejo en el hombre que está en tu cabeza. Unas veces es una, otras es otra. Hay ocasiones en que no deja de ser ella y hay ocasiones en la que ya no lo es.

Ella son todas y todas son ella.


lunes, 2 de febrero de 2015

Presagios


Hace mucho tiempo que decidí que mi lado supersticioso no influyera en mi vida más allá de lo anecdótico. No siempre lo logro, mi mentalidad cientificista es impura y una traición al chavalillo soñador que fui y que, de alguna manera, sigo siendo.

Por lo general, suelo hacer caso de eventos aleatorios con el objetivo de decidir si me sonreirá la suerte o no en un momento determinado. Cuando el resultado no es el deseado, hago trampas. Si una moneda cae del lado correcto tiendo a no creérmelo. No creo ser muy distinto al resto de la humanidad en esto (ni en tantas otras cosas, la verdad sea dicha).

En resumen, hago caso a los malos presagios.

Parto siempre de la base de que soy el ser más desafortunado de todo el universo conocido y del universo por conocer. (De nuevo, como casi todo el mundo). Soy un calimero, siempre quejándome de que la bola cae en el número al que yo no he apostado. Casi estoy por afirmar que estoy cómodo en ese papel, en el del "hermoso perdedor", que diría Bob Seger. Es una manera de lo más eficaz de sentirse un orgulloso cobarde. Nunca tengo la culpa de nada, es de mi desventura congénita y crónica.

Sin embargo...

¿Es posible que esté teniendo un buen presagio?

(Ruido inaudible que hace el cerebro al pensar)

(Decisión del cerebro de dejar de pensar y aplicar la política de no hacer caso de los buenos presagios para no sufrir una decepción si no se llevan a efecto)

(Nueva decisión del cerebro de dejarse llevar por ese buen presagio, por muy irracional que sea. Basado en la demostración empírica de que hasta yo me doy cuenta de que mi truco nunca ha dado resultados positivos)

(Más ruido inaudible del cerebro al pensar)

Pues sí. He tenido un buen presagio. Lo he pasado por el tamiz de la lógica y he decidido que no es más que una ilusión vana. Es como pensar que el Atleti va a ganar la Liga.

Un momento, el Atleti es el actual Campeón de Liga.

Sí, pero el presagio es más bien parecido a que el Rayo gane la Liga.

(Más ruido inaudible testigo de una actividad cerebral más frenética que antes. Ya es casi audible)

(El cerebro saca bandera blanca. Está desconcertado. Me abandona.)

Supongo que debería relajarme y pensar que he tenido un buen presagio, que todo va a salir bien. El Rayo no ganará la Liga (ni el Atleti) pero por una vez voy a dejar que me pasen cosas.

Incluso las buenas.




domingo, 25 de enero de 2015

La segunda fila


Creo que Camilo José Cela dijo aquello de "En España, el que resiste gana" cuando le dieron el Nobel. (¿O fue cuando le dieron el Cervantes?). Yo era un post adolescente de pelo largo y delirios de grandeza y no lo entendí del todo. Supuse que era una oda al esfuerzo y al trabajo diario y a todas esas cosas pequeñoburguesas que sirven para que no hagamos la revolución.

Años después ese post adolescente ya era un joven con un problema de alopecia y con muchos más delirios de grandeza. El Rechazo, en todas sus formas, pasó a formar parte de mi vida. Cometí muchos errores. Tuve mala suerte. Entendía que no había obtenido (aún) lo que merecía. Me acordaba de la frase de Cela para animarme. En esa época era para mí una oda a la capacidad de resistencia, a la fe inquebrantable en tus locos sueños y a todas esas cosas pequeñoburguesas que sirven para que no hagamos la revolución.

Esta mañana, en medio de la lectura de "El cura y los mandarines" de Gregorio Morán, por fin he entendido de verdad lo que quiso decir Cela aunque seguramente él no lo supiera. Morán explica que las figuras intelectuales de la Transición no representaban lo nuevo. Él dice que los cuatro columnistas más destacados del primer año de andadura de El País, Aranguren, Julián Marías, Gil-Robles y Ricardo de la Cierva, venían del franquismo o de la oposición interior más o menos tolerada. Los que vienen después, Haro Tecglen, Umbral, venían del mismo campo de juego cultural e ideológico. Sí, hubo una sustitución en la jerarquía de la frágil intelectualidad española. Fue la segunda fila la que fue aupada al centro del escenario. Los primeros espadas se desvanecieron. Es decir, todo siguió igual, cambiaron los nombres.

La segunda fila fue promocionada.

Lo he visto tantas veces. En tantos campos. El más tonto se queda con el pastel porque ha aguantado más que el más listo. Porque ha molestado menos

En la transición fue porque no podían estar las mismas caras en el franquismo y en la democracia. Tuvieron que dejar paso a las medianías por motivos puramente formales. En otros momentos, en otras situaciones, es por otros motivos más o menos análogos. Una cosa siempre es común. Se lleva los laureles el que pasaba por allí.

"En España, el que resiste gana" es una oda a la mediocridad aduladora del que un día heredará. Me equivocaba, no es un concepto pequeñoburgués. Es aristocrático, puritito Antiguo Régimen.

lunes, 19 de enero de 2015

Bendito vinilo



VENCIDO:  No, hay un problema, me encantaría pinchar en X pero yo solo lo hago con vinilos.
SUJETO A: ¿No te puedes adaptar?
VENCIDO:  No.
SUJETO B: ¡¡¡Adáptate!!!


Esta conversación tuvo lugar hace un par de días. Desde que decidí que yo solo pinchaba vinilos he tenido varias de éstas. Tengo claro que si usara CD's y emepetreses o vuavs me saldrían más bolos y metería menos gambas en mis sesiones. Ganaría algo más de dinero. Mi vida de "pincha yuxtaponedor" aficionado sería mejor. Y más sencilla.

Reconozco que mi defensa del vinilo va más allá de lo racional. Pero tiene elementos objetivos e innegables. Este formato maravilloso ha vuelto, como ya dejé escrito en esta misma bitácora hace un poco más de 7 años. Hace unos días se anunciaba que en Estados Unidos ha subido el consumo de streaming y la venta de vinilos, al mismo tiempo que bajaban los CD's y las descargas. 

Sí, sí, las descargas.

Las cifras del vinilo son las mejores desde 1991. Estamos hablando de unos 9 millones de vinilos facturados en Estados Unidos. No es una cifra muy grande y probablemente el crecimiento constante que está experimentándose desde hace unos cuantos años empezará a pararse en un futuro inmediato. Nadie piensa que vaya a volver a dominar el mercado. Como ya suponíamos, es el formato de prestigio. Para hacer regalos, como una lujosa edición de una obra maestra de la literatura. Yo pensaba que iba a ser el formato del melónamo y me equivoqué. Es, ha sido y seguirá siendo del melónamo, aunque no en exclusiva. También aparecen como compradores de vinilos los snobs, esos que adquieren uno en un concierto y no tienen plato en casa.

El futuro no ha sido exactamente lo que yo pensaba. Han terminado por producirse fenómenos que no había anticipado. Mi visión era demasiado angelical. Escuchar vinilos en casa te convierte en un moderno de mierda para el resto de la Humanidad.

Me jode.

Es cierto.

Pero me jode.

A riesgo de ser un considerado un idiota
hago la siguiente declaración:

"Siempre escucharé vinilos. Siempre pincharé vinilos".









lunes, 12 de enero de 2015

Soy un pedante


Es una acusación que me hacen con cierta frecuencia. La última vez fue hace una semana. Aunque en esa ocasión no estaba justificada por mis hechos de aquel día, lo cierto y verdad es que es cierta.

Soy, he sido y seré un pedante.

Hasta hace no demasiado tiempo defendía que no lo era. Admitía ser pretencioso, que para mí era una buena cualidad. Si todos intentáramos, "pretendiéramos", ser mejores, argumentaba apasionadamente, el mundo sería un lugar más agradable.

En secreto pensaba que mi pedantería se disolvería poco a poco. Con el tiempo iría alcanzado más y mejores conocimientos de todo tipo. Mis peroratas estarían basadas en bases sólidas, no en argumentaciones que me sonaran bien. Cuando dejara de ser un ignorante, nadie podría acusarme de ser un pedante. Ni siquiera de ser pretencioso.

Tengo 44 años. Con tristeza resignada declaro que el 80% de lo que aprenderé en toda mi vida ya lo sé. Advierto que estoy siendo optimista, un 20% de materia por conocer me parece una cifra exagerada. Los mejores momentos de mi capacidad cognitiva se quedaron en el siglo XX.

Ya no voy a ir a más. Nunca dejaré de ser un ignorante. Con toda seguridad no entenderé nunca del todo qué es la Teoría de la Relatividad, ni me convertiré en un experto en Shakespeare. No podré situar Liberia en un mapa mudo de África, ni aprenderé a diferenciar un buitre de un águila. Seguiré desconociendo la mayoría de las cosas.

No me queda más remedio que ser un pedante. No me queda más remedio que estar orgulloso de serlo. La alternativa me disgusta mucho más. Tengo que elegir entre ser un pedante o un tipo banal. Puede que la humanidad prefiera que sea lo segundo. Me da lo mismo, para eso soy un pedante, para satisfacer mi propia vanidad.

viernes, 9 de enero de 2015

Negaciones


Hace unos días me enteré de la existencia de una revista de política y filosofía que se publicó durante la Transición y se llamó "Negaciones". Un nombre curioso. A mí parece bonito e inusual. No creo que hoy en día se pudiera llamar así a ninguna cabecera, ya sea en prensa escrita o en prensa virtual.

Algún día me gustaría poder echarle un ojo a alguno de los números de "Negaciones". Me atrae ese espíritu de inocencia y desparpajo que intuyo que debe de tener.

Hoy de lo único que quiero escribir es del nombre.

Siempre me he considerado un tipo positivo y optimista. Hay algo de eso en mi manera de ser, no cabe duda. Sin embargo, mi vida está definida por el "No", por las "negaciones". La palabra que más escribo es "No", el tipo de construcción que más empleo suele ser una negación, aunque sea para hacer una afirmación. Escribir "no me gustan las religiones" cuando quiero transmitir "soy ateo".

¿Será que soy un cenizo? ¿Una persona que se concentra en los aspectos negativos de la realidad?

Creo que yo he sido ese tipo de persona.

Mi objetivo es no serlo de ahora en adelante. Me gustaría pensar que lo estoy consiguiendo porque, en realidad, la actitud positiva está más cerca de mi temperamento que la negativa.

Sin embargo, también creo, y no es incompatible, que nuestra libertad reside en el hecho de poder decir que "No". Cuanta más capacidad tenemos para ser capaces de negar, más libres somos.

El "No" nos hará libres. Utilizadlo con inteligencia y sin complejos. Siempre es buen momento para decir "No", siempre estamos a tiempo.

martes, 6 de enero de 2015

Vida de pueblo


¿Cuántos de vuestros conocidos han dicho alguna vez: "me gusta el campo, yo no quiero vivir en la ciudad"? Seguro que muchos de vosotros también formáis parte de ese club.

Es lógico. En una gran ciudad, como Madrid, todo es una agresión. Es difícil aparcar y cuesta dinero. A veces, mucho dinero. Todo está lejos. Incluso lo que está cerca está lejos. Cuando vienen amigos de fuera les llaman mucho la atención las grandes distancias. Cuando los madrileños decimos que "Lavapiés está cerca de la Gran Vía" se creen que les estamos vacilando. Los trabajadores de la hostelería de Madrid suelen estar de mal humor. No les culpo, son perseguidos con saña por las autoridades municipales. Si programan música en directo su indefensión es aún más grave por aquello de respetar el descanso de los vecinos. Un dueño de un bar me ha dicho hace poco que le pusieron una multa una noche con el cierre echado mientras él barría en soledad. Su pecado, tener la luz encendida y la música puesta a un nivel bajito en un sitio insonorizado. Los precios están por las nubes. Comer es caro, beber es caro, comprar un cochecito para bebés es caro. No se circula mal, si te conoces un poco la ciudad, aunque ni eso te libra de atascos a la 1 de la mañana gracias al camión de la basura que se para en cada manzana en una calle estrecha de un solo carril.

Vivir en la ciudad, en Madrid, es un infierno lo mires por donde lo mires.

Por eso, muchos creen que la salida es huir al campo, irse a vivir a un pueblo en busca de lo que los cursis llaman "calidad de vida".

Yo vivo en un pueblo de la serranía matritense.

Prefiero mil veces la pesadilla de Madrid al sueño angelical de un pueblito de 5.000 habitantes.

En primer lugar, en un pueblo estás expuesto a la naturaleza. Una naturaleza que dice el tópico que es sabia, frase a la que jamás le he visto el sentido. No puede ser sabia cuando no tiene manera de almacenar conocimientos, no tiene un cerebro de ningún tipo. Puestos a adjudicarle características humanas la naturaleza es justa, porque a una proposición A siempre responde con una proposición B. Es previsible. Y es cruel porque A lleva a B perjudique a quien perjudique. En un pueblo hace mucho frío. El viento deja sentir sus efectos de manera más eficiente. Cuando nieva, a lo mejor te quedas incomunicado unas horas o, a lo peor, un par de días.

La gente de los pueblos te fiscaliza, te mide. Saben quién eres y tú no sabes quiénes son ellos porque no estás acostumbrado, ni lo estarás nunca, a ese tipo de vida. Entras en un bar y te sientes observado. En una tienda y lo mismo. Paseas por la Plaza del Ayuntamiento y te para un señor que no has visto nunca y te pregunta por tu padre. No termina de ser una sensación agradable. En un pueblo no respetan la necesidad del anonimato. Si las conversaciones fueran un poco más estimulantes, podría ser soportable.

Ya sé que no estoy convenciendo a nadie. A algunos les pareceré un llorón que no valora lo que tiene. Los mas comprensivos dirán que yo soy un urbanita atrapado en un pueblo, lo cual es rigurosamente cierto.

Todos seguiréis diciendo que en cuanto podáis os queréis ir a vivir a un pueblo. Yo soy una anomalía. Un degenerado que prefiere respirar polución en lugar de aire puro.

Alguno logrará su sueño y se mudará a un pueblo. Entonces se dará cuenta de que la vida de pueblo es un coñazo.

Vivir en una ciudad te deja sin aliento las 24 horas al día. En un pueblo te aburres infinito. Un atardecer de un mes de enero, deprimente.

Yo prefiero sentirme vivo. Por eso prefiero la ciudad.