La cultura de la gratuidad


Yo estudié en un colegio de curas. Gracias a esta circunstancia he desarrollado una aversión visceral a los que tratan de imponer su forma de ver las cosas en nombre de un único dios verdadero. Un dios verdadero que ellos definen como les da la gana.

No me estoy refiriendo solo a los curas. Es verdad, son los que más acabado tienen el modelo. Al fin y al cabo lo están llevando a efecto desde el comienzo de nuestra era.

A nadie debería sorprender si ahora escribo aquí que no son los únicos.

Otra especie que también funciona de esta manera son los economistas y los analistas financieros. Las premisas de la Nueva Escuela de Chicago se han tomado como dogma de fe.

Ya conocemos el resultado de creernos que el dios verdadero es Milton Friedman.

Pero tampoco podemos afirmar que los curas, los economistas, los analistas financieros, los políticos de derechas, los grandes empresarios están en una concurrida soledad en este asunto. Hay más gente. Me temo que es una característica transversal esto de ser moralistas interesados.

Porque también practican este innoble arte otras gentes muy distintas. (Había escrito aquí "gentes de izquierdas" pero parece que ya no nos dividimos entre izquierdas y derechas sino entre "los de arriba" y "los de abajo").

Entre esas "gentes muy distintas" están los de "la cultura gratis", que, la verdad, me niego a considerarlos de izquierdas.

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que lleve a muchos trabajadores de la industria de la cultura al paro porque ha habido un cambio de paradigma. (Y así de paso aligerar la masa salarial de las empresas, que nunca pierden).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que le demos un valor igual a cero a la cultura, que le otorguemos menos valor que, por ejemplo, a una caña mal tirada por un camarero cabreado que probablemente esté trabajando en ese bar porque le han echado de, pongamos por caso, la Sony. (La caña es un euro, una canción gratis es cero euros).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que los autores se mueran de hambre. Total, siempre ha sido así. Estaría bien que cambiara pero siempre ha sido así.

No, lo peor de la cultura de la gratuidad no es todo esto.

Lo peor de la cultura de la gratuidad es que estamos consiguiendo que solo se dediquen al cine, a la música, a la literatura, a la pintura o a la escultura los que se lo pueden permitir. Los que no viven de esto porque de esto ya no se puede vivir.

En definitiva, los nuevos artistas son los "niños de papá" que imponen su modelo cultural, amable y vocacional.

Y, mientras, expulsamos a las clases trabajadoras de la industria cultural porque tienen que ganarse la vida de alguna manera. No tienen un papá que los rescate.


"No sabía por
dónde empezar"

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