viernes, 26 de diciembre de 2014

Será con luna llena


La noche que algunas de las preguntas volverán ser contestadas. Y esta vez serán respuestas de mi agrado.

Será con luna llena.

Cuando las cosas caigan por su propio peso, sin necesidad de empujarlas. Bastará un leve contacto para que el castillo de naipes se derrumbe.

Será con luna llena.

Alguna vez el premio será coherente con los merecimientos, pasados y presentes.

Y eso será con luna llena.

La luna llena será la señal de que todo va bien. El punto de apoyo que necesitamos para que los ciclos infinitos se detengan. Será lo que una lo de aquí adentro y lo de ahí afuera.

Con luna llena mis dioses interiores se unirán a los dioses ajenos. Todo tomará sentido, la armonía prevalecerá.

Algunas mentiras se revelarán como tales.

La verdad seguirá siendo una. Una no como ahora. Ahora es solo una. Será una con muchos tentáculos, cada uno contradictorio con el que tiene a su lado. Tan verdad, tan "una", los unos como los otros.

La luz se hará una noche de luna llena. Será la mejor imperfecta situación vital a la que aspirar.

O puede que no pase nunca nada de lo relatado aquí. Quizá, ocurra alguna cosa suelta, que habrá que celebrar, que posibilitará que la realidad se parezca a la felicidad en la expresión de la cara.

Menos el cielo absoluto y el infierno perfecto, casi todo puede ser.

Y cuando lo sea,
lo será con luna llena.


Me gustan Los Planetas

Me gustan Los Planetas. En realidad, siempre me han gustado. Hubo momentos, es cierto, en que decía que no me gustaban. O que decía que tenía una relación de amor/odio con ellos. Todo era una gran fabulación para intentar engañarme a mí mismo, un arte que se me da más o menos bien. Hace un segundo he necesitado escuchar música de manera imperiosa y he pinchado “Segundo premio”, con ese estupendo break de batería del principio de la canción. Comprendí que Los Planetas están debajo de mi piel cuando escuché ese break una tarde de domingo de 2009 en el FIB mientras me acercaba a la carpa donde tocaban los granadinos. La mascarada llegó a su fin mientras me decía a mí mismo y entre dientes, “joder, me gustan estos tíos…aunque me caigan mal”.

No sé si son ellos los que me caen mal. Creo que lo que no me gusta es lo que representan. Mi época será siempre el indie de los 90. Fue el despertar de muchas cosas y en ese periodo Los Planetas son una parte fundamental  de lo que ocurrió en España. También de lo que me ocurrió a mí. Debo concluir, por lo tanto, que lo que no me gusta de Los Planetas soy yo.


Ahora que confieso sin ambages que me gustan Los Planetas, ¿quiere decir que me gusto yo? En días pares como hoy, parece que sí.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Tengo sarampión


Definición de sarampión según la Wikipedia:

El sarampión es una enfermedad infecciosa exantemática como la rubéola y la varicela, bastante frecuente, especialmente en niños, causada por un virus, específicamente un paramixovirus del género Morbillivirus. Se caracteriza por típicas manchas en la piel de color rojo (eccemas) (exantema) así como fiebre y un estado general debilitado. También puede, en algunos casos de complicaciones, causar inflamación en los pulmones y el cerebro que amenazan la vida del paciente.

He empezado esta entrada copiando y pegando un texto de la wikipedia por dos razones. Una, para imitar a Michel Houllebecq. Y la otra para proclamar que, aunque no tengo manchas en la piel de color rojo ni fiebre ni un estado general debilitado, tengo sarampión.

Ni siquiera estoy enfermo. Tengo alguna cuita física, como unas agujetas en remisión tras el ejercicio físico tan exagerado como saludable al que me he sometido en los últimos días. 

No, no estoy enfermo. 

Tengo una enfermedad.

Una enfermedad a la que no sé cómo llamar y por eso la llamo como me sale de las narices. Tengo sarampión.

Parece una enfermedad crónica. La llevo padeciendo desde hace un año. Otras veces la he sufrido en mi vida aunque siempre de manera fastidiosamente distinta. Los síntomas parecen ser siempre los mismos, el diagnóstico es sencillo. El tratamiento ya es otra cosa. Lo que me servía hace 20 años no tiene ninguna utilidad en diciembre de 2014. El remedio infalible de hace 18 meses hoy me vale para bien poco. 

Hay algo que siempre me ha ayudado, más o menos, en este trance. Contarlo, escribir. Abrir las ventanas en la esperanza de que la enfermedad se diluya en el aire fresco de la mañana. Alivia aunque no cura. Puede ser contraproducente porque das la oportunidad a los demás de opinar porque creen que su sarampión es igual que el tuyo. Una estupidez, porque ni mi sarampión de ahora es igual a los de antes. Menos aún lo es el sarampión de otra persona. De hecho, es la primera vez que lo llamo sarampión. Exponiendo a la mirada ajena puede que haga caso a los demás, cosa a la que soy demasiado aficionado. Por eso, tengo una carrera vital plagada de decisiones erróneas. Me dejo influir por personas menos sagaces que yo mismo. No es más que cobardía.

Mi sarampión va en contra de todas las leyes, físicas, racionales o emocionales que hay, han habido y habrán. Su misma existencia debería ponerse en entredicho. Es una novela que ya ha llegado a la última página. ¿Por qué no veo, entonces, el final del túnel? ¿Será porque me quiero quedar aquí dentro, en este sarampión oscuro, hediondo, frío y húmedo que yo me empeño en ver coloreado como una aurora boreal? 

Mi sarampión parece no tener cura.

Dentro de un tiempo, cuando lea esta mierda, me voy a ¿descojonar?


Sí, es un enlace a una canción de
Mark Knopfler, "Going home", interpretada
por los Dire Straits.
Mi sarampión es 
más grave de lo que pensaba.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Elogio del desarraigo


Ese animal conocido como ser humano es como los demás animales. Busca la compañía de sus semejantes, forma tribus para sobrevivir. Antes esas tribus eran grandes, eran clanes. Ahora son pequeñas, las llamamos familias. Siempre ha habido tribus, siempre ha habido clanes y siempre ha habido familias. No tiene nada de malo, ha sido la clave para que ese animal conocido como ser humano se convirtiera en la especie dominante del planeta, teniéndolo casi todo en contra.

Hay dos manifestaciones culturales que resultaron clave para mi adolescencia. Una fue "El lobo estepario", de Hermann Hesse.

Esta era la portada
de la edición que yo leí.

No me gustó. Aunque durante mucho tiempo me obsesionó su contenido. Hoy sigo impresionado con el personaje protagonista, hasta me identifico con él. No sé qué opinaría si la leyera ahora, quizá tampoco me gustara. Me sigue sin convencer ese tono lastimero, esa aspiración a formar parte de la burguesía.

La otra obra clave para esos años de granos y sexo imaginario fue un disco, como no podía ser de otra manera. Un disco de Bruce Springsteen.

Antes de tenerlo en CD
lo tuve en cinta virgen grabada.

Siempre me gustó y creo que siempre me gustará. Durante mucho tiempo fue mi disco favorito y es posible que lo siga siendo. "Darkness on the edge of town" cuenta historias de gente aislada, en las afueras, en la oscuridad. Bruce lo escribió cuando aún no tenía casa, le habían prohibido grabar y estaba en juicios contra su antiguo manager, Mike Appel.

Tanto Springsteen como Hesse me contaron historias cuyos personajes estaban separados del grupo, del clan, de la tribu, de la familia. Humanos condenados a vivir en soledad física y metafísica. Ambos autores parecen encontrar belleza en esas situaciones. Una belleza de la que hay que escapar porque nos hace daño. Una terrible belleza.

Ahora que yo mismo estoy en el destierro ya no me atraen estas ficciones del desarraigo como algo exótico, como algo ajeno a mí. Yo soy el lobo estepario. Yo soy el furtivo corredor de coches de "Racing in the street". Esta es mi vida.

Bruce Springsteen - Racing in the street
Darkness on the edge of town (1978)


No es una vida fácil, ninguna lo es. Quizá sea más complicada que la de la mayoría. A mi lado no viaja nadie, tampoco nadie me marca el camino ni yo se lo marco a nadie. Hay inconvenientes, está claro. Una vez que lo asumes no es tan duro. Es una vida manejable cuando conoces, aceptas y entiendes las reglas.

Tiene algunas ventajas con respecto a las otras vidas. Me imagino que se resumen en poder gozar de una libertad mayor que la de mis congéneres. Puedo ir a donde quiera, puedo hacer lo que quiera. 

El aspecto positivo más importante del desarraigo es que te quita excusas. Si no has usado tu libertad será por tu culpa. No tienes nada ni a nadie al que responsabilizar de tus renuncias.

Ahora pienso que el único momento de nuestras vidas en el que debemos ejercer la libertad de manera plena es cuando nos parecemos al protagonista de esta canción.

Frank Sinatra - A man alone



jueves, 11 de diciembre de 2014

Los colores del otoño



Siempre he sido un nostálgico. Cuando era un niño o un adolescente esta era una de las características que hacían de mí un bicho raro. El resto de la clase y del barrio no me maltrataban, ni física ni verbalmente. Era más sencillo que eso, simplemente me dejaban claro que no era como ellos. En aquella época, creedme, no era una buena idea ser distinto. Lo digo porque seguro que alguno o alguna al leer esto pretenderá convencerme de lo contrario. No podías acceder a los privilegios de los listos del barrio y de la clase. Como dicen en las pelis americanas, no eras popular. A diferencia de lo que ocurre en ellas, en la vida real el marginado no se queda con la chica guapa. Generalmente, no se queda ni con una chica.

Me estoy desviando del tema.

El hecho de ser nostálgico, aunque ya no me permito serlo, hace que, de natural, el otoño sea mi estación favorita del año. Puede que sea porque el otoño siempre es el comienzo del curso, de niño, de adolescente y de adulto. Es una oportunidad para pagar deudas contraídas contigo mismo. Todos los septiembres de nuestra vida son momentos de cambio.

Sí, podría ser eso.

Ya he anticipado que soy nostálgico, lo que a efectos de esta entrada quiere decir que soy cursi. Bueno, dejémoslo en que soy "sensible". O mejor, para redondear la ignominia, yo soy "especial". Por lo tanto, no es por una cuestión racional por la que place el otoño.

Me gusta el otoño por razones exclusivamente estéticas.

(Por cierto quisiera reivindicar el papel de la estética en la política. Lo haré, espero, en una próxima entrada en esta humilde bitácora.)

Me gusta el otoño porque me gusta pisar las hojas caídas. Me gusta el ruido que hacen mis pies cuando eso ocurre.

Me gusta el otoño porque no hace mucho frío y no suele llover. Porque la ropa que más me gusta ponerme es la de entretiempo.

Me gusta el otoño porque me gustan sus colores. Sobre todo al amanecer.
El otro día bajaba a Madrid en dirección a mi puesto de trabajo. Eran las 8 de la mañana y el cielo era un sinfonía de rojos que fueron virando a amarillos en cuestión de 10 minutos. Fue impresionante.

Me encanta el otoño, aunque nunca me trae nada bueno.



Sol templado de otoño

lunes, 8 de diciembre de 2014

La mentira


Iba a escribir de los colores del otoño. Llevo unos días sintiéndome cursi, escondido tras los mitines que les doy a mis amigos acerca de mi desencanto vital. Pretendía volcar ese lado sensiblero en esta humilde bitácora para ver si era capaz de seguir siendo un hortera de bolera, que es lo que siempre he aspirado a ser. Que es lo que soy.

Supuestamente, también tengo otra entrada pendiente de escribir, sobre "los de arriba y los de abajo". Puede que la redacte y publique esta semana. O puede que no.

Hoy voy a escribir del gran drama de la historia de la humanidad. Un acontecimiento histórico que marcó un antes y un después aunque no en el sentido que la historiografía oficial viene mostrando desde hace unos 2000 años.

La Batalla de Maratón, en el año 490 AC.

Si el Imperio Persa hubiera derrotado a Atenas y sus aliados, después hubiera caído Esparta. No hubiera habido Batalla de las Termópilas ni de Salamina. Nuestras raíces culturales serían muy distintas. Seríamos "bárbaros", según la consideración que tenían los griegos de los persas.

Occidente habría perdido ante Oriente.

En el último mes he sido objeto de una odiosa costumbre. Me han obsequiado con mentiras de todos los colores. mentiras para sacarme ventaja, mentiras por el mero placer de ser pronunciadas, mentiras para defenderse de la realidad.

La mentira forma parte de nuestro ADN social. ¿Forma parte de nuestra condición humana?

"Las virtudes de un buen persa eran disparar flechas certeras y decir siempre la verdad"
Así habló Zaratustra
Friederich Niezstche


Puede que los griegos nos legaran la costumbre de mentir, junto al amor a la belleza, al saber científico o la democracia.

A lo mejor hubiera sido más conveniente que Darío hubiera derrotado a los griegos y que su modelo socio cultural, basado en decir siempre la verdad, se hubiera impuesto.

Pensadlo por un momento. El mundo sería un lugar muy diferente.

Puede que fuera un mundo más justo aunque no fuera un mundo mejor.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Áspero



Con esta entrada abandono el tono áspero con el que me venía expresando en los últimos tiempos en esta humilde bitácora. A nadie, y a mí menos que a nadie, le gusta que haya un Pepito Grillo diciéndole qué es lo que tiene que hacer.

Curiosamente, eso es lo que pretendía criticar con esos textos.

Hoy prefiero ser comprensivo con mis antagonistas. Y hasta con mis enemigos. No es que me haya dado un ataque de amor al prójimo. Es que estoy cansado de tomarme las cosas en serio.Tampoco tienen tanta importancia.

Debo reconocer que lo áspero tiene un extraño atractivo. Por lo menos lo tiene para un servidor de voacés. Cuando relaciono aspereza con estoicismo entro en un territorio agradable para mí. Me veo a mí mismo como una especie de salvador de la patria, como el guardián de las esencias.

Lo cual es un puto coñazo.

Coñazo para los demás. Coñazo que termina siéndolo también para mi persona.

Nadie tiene el derecho de cargar el mundo sobre sus hombros. Nadie tiene la obligación de cargar el mundo sobre sus hombros.

Hoy quiero comprender a mis antagonistas y a mis enemigos. Hoy quiero ponerme en su lugar porque es saludable. Conviene cuestionar tus propias creencias cada dos por tres.

Un momento.

Sí, espera un momento.

No sé por qué he escrito esta sarta de idioteces. No me las creo. Ni siquiera estoy haciendo el esfuerzo de creérmelas.

A tomar por culo. A estas alturas no me creo nada.

Y al que menos me creo es al pobre tonto que está escribiendo este texto ahora mismo. Es, ha sido y será siempre un farsante.

Menos mal que soy guapo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La cultura de la gratuidad


Yo estudié en un colegio de curas. Gracias a esta circunstancia he desarrollado una aversión visceral a los que tratan de imponer su forma de ver las cosas en nombre de un único dios verdadero. Un dios verdadero que ellos definen como les da la gana.

No me estoy refiriendo solo a los curas. Es verdad, son los que más acabado tienen el modelo. Al fin y al cabo lo están llevando a efecto desde el comienzo de nuestra era.

A nadie debería sorprender si ahora escribo aquí que no son los únicos.

Otra especie que también funciona de esta manera son los economistas y los analistas financieros. Las premisas de la Nueva Escuela de Chicago se han tomado como dogma de fe.

Ya conocemos el resultado de creernos que el dios verdadero es Milton Friedman.

Pero tampoco podemos afirmar que los curas, los economistas, los analistas financieros, los políticos de derechas, los grandes empresarios están en una concurrida soledad en este asunto. Hay más gente. Me temo que es una característica transversal esto de ser moralistas interesados.

Porque también practican este innoble arte otras gentes muy distintas. (Había escrito aquí "gentes de izquierdas" pero parece que ya no nos dividimos entre izquierdas y derechas sino entre "los de arriba" y "los de abajo").

Entre esas "gentes muy distintas" están los de "la cultura gratis", que, la verdad, me niego a considerarlos de izquierdas.

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que lleve a muchos trabajadores de la industria de la cultura al paro porque ha habido un cambio de paradigma. (Y así de paso aligerar la masa salarial de las empresas, que nunca pierden).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que le demos un valor igual a cero a la cultura, que le otorguemos menos valor que, por ejemplo, a una caña mal tirada por un camarero cabreado que probablemente esté trabajando en ese bar porque le han echado de, pongamos por caso, la Sony. (La caña es un euro, una canción gratis es cero euros).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que los autores se mueran de hambre. Total, siempre ha sido así. Estaría bien que cambiara pero siempre ha sido así.

No, lo peor de la cultura de la gratuidad no es todo esto.

Lo peor de la cultura de la gratuidad es que estamos consiguiendo que solo se dediquen al cine, a la música, a la literatura, a la pintura o a la escultura los que se lo pueden permitir. Los que no viven de esto porque de esto ya no se puede vivir.

En definitiva, los nuevos artistas son los "niños de papá" que imponen su modelo cultural, amable y vocacional.

Y, mientras, expulsamos a las clases trabajadoras de la industria cultural porque tienen que ganarse la vida de alguna manera. No tienen un papá que los rescate.


"No sabía por
dónde empezar"