Tempus fugit



Por tercera vez escribo una entrada con el nombre de "Tempus fugit". Ésta fue la primera y ésta, la segunda. Está claro que el paso del tiempo es un tema que me preocupa y ello está perfectamente reflejado en estos 10 años de textos en esta humilde bitácora. Para ser más exactos, lo que me obsesiona(ba) es la decrepitud y el cambio, conceptos que casi siempre están unidos. "Si va a haber cambios, serán a peor" es una de las frases que más he escrito y más he pronunciado en mi vida.

Ahora sé que eso no es del todo verdad. Cambio no es igual a decadencia. A veces es crecimiento, a veces es evolución, a veces es mutación y a veces es un final. Un final hermoso o un final digno o un final cruel o un final feo o un final heroico o un final en falso. Sí, el cambio es éso y más.

Únicamente registro como cambio algo que signifique un mayor grado de decrepitud.

Hace 10 años la decrepitud era algo matemático, mensurable. Hace 5 años era algo amargo. Hoy no es del todo mensurable ni del todo amargo. Ahora es un cambio de escenario porque he pasado de una secuencia a otra, de una escena a otra, de un acto a otro.

A veces mola, otras no. La mayoría de las veces me importa una mierda.

Pero yo no quería hablar del paso del tiempo en un sentido macro, de década a década, de año a año, incluso de mes a mes. No quería hablar del paso del tiempo que comprobamos comparando fotos de distinta datación.

No.

Yo quería hablar del paso del tiempo en un sentido micro. ¿Qué es lo que pasa de segundo a segundo, de décima a décima? El presente es la suma del segundo anterior y el siguiente.
Y ese sí que se nos va, ese sí que se nos escapa.

El tiempo (el presente) no se detiene.

Por eso no puedo hacer todas las cosas que quiero hacer. No es que me falten horas o días, es que me sobra el presente. No soy capaz de maximizarlo, de aprovecharlo. Sería de gran ayuda que, por ejemplo, pudiera haber escrito esta entrada sin tener que quedarme aquí la media hora que he empleado en escribirla. El hecho de haber "perdido" estos treinta minutos supondrá que el baño se queda sin limpiar o que, un día más, no podré ocuparme de mis asuntos en ultramar (no es una metáfora, de verdad tengo asuntos en ultramar, en Argentina, para ser precisos).

Mi día a día es una colección de cosas que se han quedado por hacer y misiones más o menos urgentes que he podido completar.

Mi yo de hace 10 años era aún peor que mi yo de 2014. La única ventaja es que me no me daba cuenta de que esa animada charla con café de máquina era un presente que no podría canjear por una cerveza en una taberna.

Los presentes se nos acumulan y tenemos que elegir de entre ellos cuál es el mejor o el que más nos conviene. Hace escasos segundos acabo de descubrir que, de todos mis defectos, el no saber elegir entre mis posibles presentes es el más acusado. Entiendo que iré mejorando, de hecho eso es lo que ha venido ocurriendo, aunque sea de manera inconsciente, desde hace unos pocos años.

Pero siempre se me dará mal.

¿No future?

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