Una extraña costumbre



El hombre del espejo, ese que se me parece, me ha contado una pequeña historia. Pequeña por intrascendente, pequeña porque no hay conflicto, ni tensión dramática. En realidad no es una historia, es algo más que un instante.

Una noche se sentía angustiado. No había pasado nada digno de mención. Se había encontrado con una variación en sus planes, nada más. Eso lo que provocó fue que todas sus frustraciones se habían sumado a la brutal frustración que había sufrido esa tarde. De eso se dio cuenta un tiempo después, cuando puede que fuera un poco tarde. Digo "un poco tarde" porque nunca es tarde. Es o no es. Punto.

Me estoy desviando del tema.

Afuera llovía. Tronaba, de hecho. Veía la tele, sin verla. Estaba solo. Y entonces decidió que nada importaba y que a nadie importaba. Según me ha confiado antes de sentarme a escribir, al principio se lo dijo a sí mismo con tristeza resignada. Sensación que dio paso a una lucidez también resignada. Así se quedó, hasta que al fondo de esa lucidez también resignada se encendió una bombillita... resignada. No quiso hacer caso, se propuso sobrevivir.

Fue a dormir. Eran las 2 de la mañana. Leyó durante una hora. Apagó la luz y siguió tumbado. No cerró los ojos. Miró por la ventana cómo la lluvia seguía cayendo en la oscuridad. Todo esto debía significar algo. Y se durmió.

A la mañana siguiente, se preguntó que desde cuándo había adoptado la extraña costumbre de no bajar las persianas por la noche.

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