Tengo que contarlo


Hay un par de cosas de las que quisiera escribir. Deberían servir para algún texto con aspiraciones de esos que casi nunca enseño y que, por supuesto, no cuelgo en esta humilde bitácora. No quiero que se pierdan, como tantas veces me ha ocurrido.

Hace unos meses tuve un sueño muy curioso. Como de humor negro. Tragicómico. Me desperté con una sensación rara, un poco angustiado, un poco liberado y un poco divertido. Mi padre había aparecido de la nada después de unos meses muerto. Hasta parecía estar en buena forma. A mí me resultaba fastidioso porque ya había cobrado su herencia y había dispuesto de todas las cosas que había dejado inconclusas. Le dije que me hacía una faena y él, entendiendo todo, me aseguró que nadie se iba a enterar de que seguía vivo. Creo que hice las paces con él cuando regresé del limbo. Una noche del último mes me quedé traspuesto en el sillón viendo la tele. Tuve la sensación vívida de que mi padre me despertaba para irme a la cama. Unos segundos después abrí los ojos de verdad. Ni rastro de él.

La otra cosa que quiero consignar acá es una revelación. El domingo pasado me dí cuenta de que no puedo llorar desde la muerte de mi padre. Lo intuía, aunque sin ser consciente del todo. He comprendido muy rápidamente el por qué. Decidí que no podía ser débil, Cuando llegara a puerto quizá pudiera dejarme ir. Ahora que diviso la tierra, ahora que estoy a unas pocas e indeterminadas horas de navegación, ahora, quizá, haya de dejarme ir. Quizá deba llorar para ser aún más fuerte.

Sabía que hacía muy bien al escribir sobre esto. Acabo de aprender que una etapa de mi vida está terminando.

No veo la hora re-iniciar.


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