miércoles, 29 de octubre de 2014

Flaquita


Llevo unos días mirando a la luna. No lo hago en busca de respuestas ni de inspiración. No tengo ínfulas de poeta de bar. El sábado, ¿o fue el domingo?, vi que estaba tan consumida que casi parecía estar en luna nueva. Ha ido ganando grosor según avanzaba la semana, un poco como mi confianza en mí mismo.

Al final sí que voy a ser un aspirante a rapsoda de quinta categoría.

Vivimos en una sociedad cuyas puertas están cerradas para gente de mi edad y condición. Si no te has procurado un compartimento estanco con otros seres humanos estás condenado a vagar por las calles sin cruzar palabra con nadie. Yo lo veo desde fuera, no estoy seguro de si con envidia o con aprensión. Es posible que desde dentro sea como estar en la cárcel de mínima seguridad. Podría ser un buen sistema. O no.

No lo sé.

Solo sé que en mi compartimento estanco estamos esa luna flaquita que está allá arriba y yo. Por si acaso, creo que voy a dejar la puerta abierta. Durante un tiempo, al menos.

Veremos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Domingos


El fútbol se inventó para soportar el tedio de los domingos. Si no te gusta el fútbol, te buscas otra cosa para ahuyentar a tus demonios. ¿Y si te gustaba y ahora ha dejado de gustarte? Entonces tienes que reinventarte.

Eso es en lo que estoy ahora.

Hace una década que escribo en esta humilde bitácora. En 2012 y 2013 me tomé un descanso y desde 2007/2008 el ritmo bajó mucho. Llevo más tiempo tratando de revitalizar este engendro que el que trabajé en él a pleno rendimiento. Lo he dejado escrito muchas veces, estos textos servían a modo de imperfecto diario para tomar el pulso a mi propia vida. Siguen cumpliendo la misma misión, así que espero que en los próximos meses se refleje el cambio que se está operando en mi manera de negociar con la realidad.

En esta humilde bitácora deberá aparecer que he superado, como he podido, los obstáculos que se me empezaron a amontonar a partir del 27 de agosto de 2007.

Deberán aparecer las cuitas que yo tenía antes de esa fecha y otras nuevas. También las lecciones de estos 7 años de parón físico, emocional y afectivo.

Y también deberé aprender a pasar los domingos sin tristeza, sin angustia o sin aburrirme.

Tengo el taco en la mano. Es el momento de vaciar la mesa.








miércoles, 15 de octubre de 2014

Una extraña costumbre



El hombre del espejo, ese que se me parece, me ha contado una pequeña historia. Pequeña por intrascendente, pequeña porque no hay conflicto, ni tensión dramática. En realidad no es una historia, es algo más que un instante.

Una noche se sentía angustiado. No había pasado nada digno de mención. Se había encontrado con una variación en sus planes, nada más. Eso lo que provocó fue que todas sus frustraciones se habían sumado a la brutal frustración que había sufrido esa tarde. De eso se dio cuenta un tiempo después, cuando puede que fuera un poco tarde. Digo "un poco tarde" porque nunca es tarde. Es o no es. Punto.

Me estoy desviando del tema.

Afuera llovía. Tronaba, de hecho. Veía la tele, sin verla. Estaba solo. Y entonces decidió que nada importaba y que a nadie importaba. Según me ha confiado antes de sentarme a escribir, al principio se lo dijo a sí mismo con tristeza resignada. Sensación que dio paso a una lucidez también resignada. Así se quedó, hasta que al fondo de esa lucidez también resignada se encendió una bombillita... resignada. No quiso hacer caso, se propuso sobrevivir.

Fue a dormir. Eran las 2 de la mañana. Leyó durante una hora. Apagó la luz y siguió tumbado. No cerró los ojos. Miró por la ventana cómo la lluvia seguía cayendo en la oscuridad. Todo esto debía significar algo. Y se durmió.

A la mañana siguiente, se preguntó que desde cuándo había adoptado la extraña costumbre de no bajar las persianas por la noche.

domingo, 12 de octubre de 2014

Tengo que contarlo


Hay un par de cosas de las que quisiera escribir. Deberían servir para algún texto con aspiraciones de esos que casi nunca enseño y que, por supuesto, no cuelgo en esta humilde bitácora. No quiero que se pierdan, como tantas veces me ha ocurrido.

Hace unos meses tuve un sueño muy curioso. Como de humor negro. Tragicómico. Me desperté con una sensación rara, un poco angustiado, un poco liberado y un poco divertido. Mi padre había aparecido de la nada después de unos meses muerto. Hasta parecía estar en buena forma. A mí me resultaba fastidioso porque ya había cobrado su herencia y había dispuesto de todas las cosas que había dejado inconclusas. Le dije que me hacía una faena y él, entendiendo todo, me aseguró que nadie se iba a enterar de que seguía vivo. Creo que hice las paces con él cuando regresé del limbo. Una noche del último mes me quedé traspuesto en el sillón viendo la tele. Tuve la sensación vívida de que mi padre me despertaba para irme a la cama. Unos segundos después abrí los ojos de verdad. Ni rastro de él.

La otra cosa que quiero consignar acá es una revelación. El domingo pasado me dí cuenta de que no puedo llorar desde la muerte de mi padre. Lo intuía, aunque sin ser consciente del todo. He comprendido muy rápidamente el por qué. Decidí que no podía ser débil, Cuando llegara a puerto quizá pudiera dejarme ir. Ahora que diviso la tierra, ahora que estoy a unas pocas e indeterminadas horas de navegación, ahora, quizá, haya de dejarme ir. Quizá deba llorar para ser aún más fuerte.

Sabía que hacía muy bien al escribir sobre esto. Acabo de aprender que una etapa de mi vida está terminando.

No veo la hora re-iniciar.