Lo más insignificante

Dos años hace que no le doy de comer a esta humilde bitácora. En ese tiempo he fundado y matado otro blog y todo. Hoy escribiré aquí porque no se me ocurre ninguna razón para no hacerlo.


Vivir solo te convierte en un maniático. Te gusta hacer las cosas a tu gusto y no concibes que se puedan hacer de otra manera. Nadie te sugiere que es mejor ducharse antes de hacerte la comida, nadie te impide poner a Brel en vinilo, que es lo que acabo de pinchar en mi tocadiscos hace unos minutos. Haces lo que quieres y punto.


Si viviera con alguien hace tiempo que hubiera arreglado las persianas. Y no hubiera pasado la semana de toboganes emocionales que he pasado. Todo por la puta persiana de mi habitación que arma un escándalo tremendo cuando hay viento y no me deja dormir. Esas horas de sueño hurtadas a mi descanso me han convertido, al principio de la semana, en un ser bipolar, a menudo huraño y deprimido y otras veces actuando con el falso optimismo del que cree que todo va a salir mal y que ya solo puede ponerle una sonrisa al desastre. Ese falso optimismo de la orquesta del Titanic que siguió tocando hasta el final. La noche del domingo al lunes me la pasé prácticamente en vela, la del lunes al martes me desperté unas diez veces a lo largo de toda la noche y dormí un total acumulado de, como mucho, 2 horas. La del martes al miércoles fue un poco mejor, ya solo me desperté unas cuatro veces y pude dormir casi cuatro horas. He visto más películas y series en la televisión en estas tres madruagadas que en los últimos tres meses.


Llegados a este punto quizá haya que advertir que soy especialmente sensible a la falta de sueño porque siempre estoy muy al límite en este tema. Por razones que no vienen a cuento logro con muchas dificultades dormir durante un periodo prolongado de tiempo las 7 horas diarias recomendables. En consecuencia, cuando me quedo quieto un rato, en casa o en cualquier otro sitio, me duermo casi sin previo aviso, síntoma claro de padecer un déficit de sueño agudo.


El miércoles debía asistir al teatro por la noche. Una amiga era la protagonista y esta vez tenía que ir por cojones porque había fallado los dos miércoles anteriores. La representación empezaba a las 10, lo cual era un poco tarde. Encima estaba claro que, al término de la función, nos íbamos a tonar algo con ella. Esa noche me acosté a las 4 de la mañana y me levanté a las 8. La de chorradas que dije espoleado por un consumo alegre de cerveza.


Cuando me subí al coche el jueves por la mañana para dirigirme a la radio comprobé que sí, que tenía resaca. No solo eso, estaba muy cansado. Encendí el motor, puse música y metí primera. El sol me deslumbró. No pasaba eso desde octubre.


Se acabó el invierno y con él, el tango. Chin-pón.








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