Ella


Sí, ella, la de la guadaña. La más temida.

Los últimos años de mi vida están siendo excepcionales en muchos aspectos. Sobre todo en uno de ellos, la presencia casi constante de la muerte. Hasta hace menos de una década, ella estaba ahí, perturbadora e inquietante y yo hacía como que no la veía. No alcanzaba a relacionarme con eficacia con lo que intelectualmente ya había comprendido desde la adolescencia. Todo se acaba, incluso uno mismo. Una cosa es saberlo. Otra muy distinta es, a falta de otra palabra mejor, sentirlo.

Cuando a ella la detectas por medios sensoriales no te vale nada saberte la lección. Te derrumbas y quizá para siempre. Empiezas a tener miedo de tu sombra, calculas cuánto te queda en este mundo, sientes la necesidad de exprimir la existencia, haces balance de lo que has hecho hasta ahora y todo te parece banal. Esa es la muerte en la vida. Ella te ha ganado la partida antes de que empiecen las hostilidades. Te alcanzará antes de que llegue tu in-existencia si tratas de huir, si la ignoras.

Vivir con la muerte. Respetarla y no temerla.  

En esto pensaba ayer en un momento de silencio en el Cementerio de Torrelodones. Pensaba en ella.






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