lunes, 31 de marzo de 2014

Maldito viento



La semana pasada volví a padecer insomnio por culpa del viento y mi persiana rota. Como siempre que pasa eso, me dedico a ver la tele. Pude visionar, por ejemplo, un docu sobre Stephen Sondheim que era ligeramente interesante. Más atención demandó de mí una película que quería haber visto en su momento y que se me pasó. "No" la dirigió Pablo Larraín, la escribió Pedro Peirano y la protagonizó un estupefacto Gael García Bernal. Se estrenó en 2012 y relata las vicisitudes de la campaña del No en el plebiscito de 1988 en Chile.

No voy a entrar aquí a juzgar aquel hecho, ni sus consecuencias. Tampoco quiero comentar la película más que para señalar que se rodó en un desfasado U-Matic para recrear cómo eran las imágenes de la tele a finales de los 80. Entre el sueño que tenía y esas texturas propias de la época las cosas se pusieron un poco raras. Experimenté una extraña sensación porque me pareció que viajé en el tiempo y que aparecí en 1988.

Y entonces ocurrió.

Recordé perfectamente una escena vivida el 7 de octubre de 1988 en Madrid en un taxi, probablemente cerca de la medianoche. Iba yo con un alguien cualquiera. En la radio cantaron el resultado de ese plebiscito. 43,01% Sí, 54,71% No. Alguien debía estar hablando conmigo, el taxista o el alguien cualquiera, porque no pude seguir escuchando la noticia. En un alarde de pensamiento lateral me dí cuenta de que Pinochet había perdido.

Pinochet había perdido.

Esa fue una de las pocas veces en mi vida que he comprobado eso que te dicen cuando estás deprimido. Eso que siempre parece un consuelo inútil. Aquella vez ocurrió de verdad. Jamás imaginé que Pinochet iba a a ser derrotado por las urnas. "Alguna vez pasa lo imposible".




sábado, 22 de marzo de 2014

El matiz


Imaginé el título de esta entrada hace dos días. No sabía de qué iba a hablar. Ahora mismo acabo de decidir que me sirve de inspiración para empezar a escribir.

Se supone que este será un texto confesional. Debería empezar a poner por aquí frases del tipo "uno no se debería tomarse en serio a sí mismo" o "a veces me siento un pobre tonto". Es algo que he hecho muchas veces en esta humilde bitácora y debo decir que me ha venido muy bien la mayoría de las veces. Ha sido un remedio a mis diversos males anímicos y de los otros. No quiero hacer nada de eso. Cuando abrí la plantilla para empezar a escribir esa era mi intención. En este preciso instante acabo de decidir que voy a improvisar, que no sé qué voy a contar en el siguiente párrafo.

Como por ensalmo, décimas de segundo después de terminar la anterior frase se ha hecho la luz. Puede que sea una buena idea verter unas consideraciones generales acerca de los tejados de las casas de Madrid. Siempre feos, siempre imperfectos, siempre me dejan con la sensación de que no están acabados. Las viviendas en mi ciudad están muy cuidadas por dentro y son un desastre por fuera. Que estén cuidadas no quiere decir que sean aceptables desde un estricto punto de vista estético. Son poco funcionales, hay que llenar todos los rincones con chorradas. Habitaciones como el recibidor son absolutamente inútiles. Y es feo y, en ocasiones, algo sórdido. En los exteriores empeora mucho. Madrid es la dictadura del ladrillo visto y de los colores ocres. Por eso los días grises son más grises, especialmente en el Barrio de la Concepción donde viví un tiempo hace unos años.

Los madrileños se han recluido en sus casas. Han pretendido hacer de ellas un fuerte o un palacio. Reservan lo que ellos creen que es lo mejor para sí mismos.

Justo lo contrario que yo.

Al final si ha sido un texto confesional, aunque de manera indirecta.

Ese ha sido el matiz.


Justo cuando he terminado de
repasar esta entrada, he puesto
este single en el tocadiscos.
Por alguna extraña razón
me parece que va muy
bien con el tono de este texto.

domingo, 16 de marzo de 2014

Sesión de viernes


Llevo pinchando desde 1996, más o menos. No lo hago a menudo aunque sí de manera continuada. Todos los años me llaman dos ó tres veces de distintos sitios para que haga alguna sesión divertida. Este año eso ya ha ocurrido dos veces, la última el viernes por la noche. Siempre me lo he pasado bien y creo que siempre he cumplido, más o menos. Mi peor pinchada fue en el ya fenecido Midnight de la calle Amaniel, fueron 6 horas y no llevaba discos suficientes, por lo que tuve que repetir canciones y grupos. La más curiosa, y una de mis favoritas, fue en un restaurante donde pinché jazz suave y electrónica elegante. Lo pasé de miedo y parece que gustó la experiencia aunque ya no se repitió.

La del viernes fue una de las mejores.

Un tipo que se dedica a esto y que lo hace muy bien me propuso hace unos meses pinchar con él a medias en una de sus sesiones en uno de sus locales fetiche. Cuando surgió la idea yo no podía por mis circunstancias personales y le dije que sí, que me hacía ilusión, pero que iba a ser muy difícil. Entonces algo cambió para siempre y se me abrieron todo tipo de posibilidades, entre ellas esta.

Tenía que empezar a las 12. Quince minutos pasaban de la medianoche cuando pude llegar al emblemático garito. Mi colega, el residente, ya había empezado aunque casi no había gente. La razón de mi retraso era que había ido a ver "Ocho apellidos vascos". Tenía que hacer tiempo hasta la medianoche y por eso fui al cine. Me gustó, con reservas. ¿Por qué las comedias comerciales españolas parece que solo tienen que hacer reir?

Cuando llegué uno de mis mejores amigos ya estaba allí. Vino a verme por sorpresa, pensaba que ya no iba a aparecer ninguna cara conocida. Pinché unos 20 minutos para volver a sentir los vinilos dado que hace unos cuantos añitos que solo lo hago con CD's, siempre en contra de mi voluntad. La cosa fue más o menos bien porque el día anterior había practicado en casa.

Poco a poco empezó a aparecer gente. Sería la 1 y pico cuando empezamos a pinchar "por colleras". Es decir, el residente, el que me había propuesto la idea, pinchaba tres temas y luego yo otros tres. Así sucesivamente. Estuvimos a hasta las 3 y media de la mañana y el último tema que pusimos fue este.


France Gall 
Ella elle l'a

Habíamos pactado pinchar ochentadas divertidas y es lo que hicimos. Me dejé alguna bala en la recámara que no hizo falta porque gustamos mucho. La única pena que tengo es no haber podido satisfacer a esa chica que, en un evidente estado de cordialidad, me pidió una de Scorpions. (Afortunadamente, pareció conformarse con el "Now I'm here" de Queen).

Llegados a este punto tengo que proclamar que lo más parecido al paraíso es estar en un local con poca luz, música alta, voces agudas y yo a los platos.

Al echar el telón de la noche pasaron tres cosas excepcionales. Una, que el portero del local me felicitó por los "temazos" que había puesto. Otra fue que cuando me dirigí al coche para volver a casa presencié una pelea de tres chicos borrachos y guiris que no acertaban nunca a darse con los puños por mucho que lo intentaran. El último evento destacado fue que me paró la policía para hacerme un control de alcoholemia. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el agente se fió de mi palabra de que no había probado una gota. Me dejó marchar sin soplar. Supongo que estas cosas se notan porque no había bebido ni agua.

La sesión del viernes fue la enésima demostración de que nunca sabes qué va a pasar. Esa es mi principal conclusión. ¿Quién me iba a decir a mi que Paquito y su "Mack de knife" iban  a ser los grandes triunfadores de la noche? Cuando el vinilo empezó a dar vueltas la explosión de euforia fue espectacular. Una pareja, incluso, se puso a bailar agarrao. 


Frank Sinatra with The Quincy Jones Orchestra 
Mack the knife

viernes, 14 de marzo de 2014

Ella


Sí, ella, la de la guadaña. La más temida.

Los últimos años de mi vida están siendo excepcionales en muchos aspectos. Sobre todo en uno de ellos, la presencia casi constante de la muerte. Hasta hace menos de una década, ella estaba ahí, perturbadora e inquietante y yo hacía como que no la veía. No alcanzaba a relacionarme con eficacia con lo que intelectualmente ya había comprendido desde la adolescencia. Todo se acaba, incluso uno mismo. Una cosa es saberlo. Otra muy distinta es, a falta de otra palabra mejor, sentirlo.

Cuando a ella la detectas por medios sensoriales no te vale nada saberte la lección. Te derrumbas y quizá para siempre. Empiezas a tener miedo de tu sombra, calculas cuánto te queda en este mundo, sientes la necesidad de exprimir la existencia, haces balance de lo que has hecho hasta ahora y todo te parece banal. Esa es la muerte en la vida. Ella te ha ganado la partida antes de que empiecen las hostilidades. Te alcanzará antes de que llegue tu in-existencia si tratas de huir, si la ignoras.

Vivir con la muerte. Respetarla y no temerla.  

En esto pensaba ayer en un momento de silencio en el Cementerio de Torrelodones. Pensaba en ella.






miércoles, 12 de marzo de 2014

Ahora



Viví en un mundo donde compartían oxígeno conmigo Frank Sinatra, Paco de Lucía, Luis Aragonés, Billy Wilder, Jack Lemmon, Lou Reed, Antonio Vega, Enrique Morente o mis padres. De hecho, la gran mayoría de estas personas vivían cuando empecé esta humilde bitácora 10 años ha.

Ahora no queda nadie de ellos.

Nos han dejado solos.

Solos.

Solo.

Ya no hay excusas. Mi generación tiene que tomar el mando. Tenemos que producir a los nuevos Sinatras. Este mundo que camina con paso firme hacia su autodestrucción tiene que merecer ser habitado hasta el final. He pensado mucho sobre esto y creo que, como dice Borges, "un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar". No es voluntarismo. Y no es voluntarismo porque yo lo diga sino porque no he podido encontrar nada mejor que agarrarse al momento, ya sea feliz o ya sea desgraciado.

No tengo excusas ya. Mi vida empieza ahora. Todo lo que me ha ocurrido me sirve para el ahora, ese ahora que estoy ocupando en escribir este texto y que es lo único que tengo y casi lo único que me importa. No me puedo permitir el lujo de pensar en el ayer. Es un dulce veneno la nostalgia. No soy capaz de pensar en lo que vendrá porque, por primera vez, en mi vida, no soy capaz de vislumbrarlo. Mejor dicho, siempre he conjeturado con el futuro y casi nunca he acertado. Ahora ni siquiera me sale intentarlo.

Ahora. Ahora. Ahora.

The Plimsouls
"Now"

domingo, 9 de marzo de 2014

Lo más insignificante

Dos años hace que no le doy de comer a esta humilde bitácora. En ese tiempo he fundado y matado otro blog y todo. Hoy escribiré aquí porque no se me ocurre ninguna razón para no hacerlo.


Vivir solo te convierte en un maniático. Te gusta hacer las cosas a tu gusto y no concibes que se puedan hacer de otra manera. Nadie te sugiere que es mejor ducharse antes de hacerte la comida, nadie te impide poner a Brel en vinilo, que es lo que acabo de pinchar en mi tocadiscos hace unos minutos. Haces lo que quieres y punto.


Si viviera con alguien hace tiempo que hubiera arreglado las persianas. Y no hubiera pasado la semana de toboganes emocionales que he pasado. Todo por la puta persiana de mi habitación que arma un escándalo tremendo cuando hay viento y no me deja dormir. Esas horas de sueño hurtadas a mi descanso me han convertido, al principio de la semana, en un ser bipolar, a menudo huraño y deprimido y otras veces actuando con el falso optimismo del que cree que todo va a salir mal y que ya solo puede ponerle una sonrisa al desastre. Ese falso optimismo de la orquesta del Titanic que siguió tocando hasta el final. La noche del domingo al lunes me la pasé prácticamente en vela, la del lunes al martes me desperté unas diez veces a lo largo de toda la noche y dormí un total acumulado de, como mucho, 2 horas. La del martes al miércoles fue un poco mejor, ya solo me desperté unas cuatro veces y pude dormir casi cuatro horas. He visto más películas y series en la televisión en estas tres madruagadas que en los últimos tres meses.


Llegados a este punto quizá haya que advertir que soy especialmente sensible a la falta de sueño porque siempre estoy muy al límite en este tema. Por razones que no vienen a cuento logro con muchas dificultades dormir durante un periodo prolongado de tiempo las 7 horas diarias recomendables. En consecuencia, cuando me quedo quieto un rato, en casa o en cualquier otro sitio, me duermo casi sin previo aviso, síntoma claro de padecer un déficit de sueño agudo.


El miércoles debía asistir al teatro por la noche. Una amiga era la protagonista y esta vez tenía que ir por cojones porque había fallado los dos miércoles anteriores. La representación empezaba a las 10, lo cual era un poco tarde. Encima estaba claro que, al término de la función, nos íbamos a tonar algo con ella. Esa noche me acosté a las 4 de la mañana y me levanté a las 8. La de chorradas que dije espoleado por un consumo alegre de cerveza.


Cuando me subí al coche el jueves por la mañana para dirigirme a la radio comprobé que sí, que tenía resaca. No solo eso, estaba muy cansado. Encendí el motor, puse música y metí primera. El sol me deslumbró. No pasaba eso desde octubre.


Se acabó el invierno y con él, el tango. Chin-pón.