viernes, 26 de diciembre de 2014

Será con luna llena


La noche que algunas de las preguntas volverán ser contestadas. Y esta vez serán respuestas de mi agrado.

Será con luna llena.

Cuando las cosas caigan por su propio peso, sin necesidad de empujarlas. Bastará un leve contacto para que el castillo de naipes se derrumbe.

Será con luna llena.

Alguna vez el premio será coherente con los merecimientos, pasados y presentes.

Y eso será con luna llena.

La luna llena será la señal de que todo va bien. El punto de apoyo que necesitamos para que los ciclos infinitos se detengan. Será lo que una lo de aquí adentro y lo de ahí afuera.

Con luna llena mis dioses interiores se unirán a los dioses ajenos. Todo tomará sentido, la armonía prevalecerá.

Algunas mentiras se revelarán como tales.

La verdad seguirá siendo una. Una no como ahora. Ahora es solo una. Será una con muchos tentáculos, cada uno contradictorio con el que tiene a su lado. Tan verdad, tan "una", los unos como los otros.

La luz se hará una noche de luna llena. Será la mejor imperfecta situación vital a la que aspirar.

O puede que no pase nunca nada de lo relatado aquí. Quizá, ocurra alguna cosa suelta, que habrá que celebrar, que posibilitará que la realidad se parezca a la felicidad en la expresión de la cara.

Menos el cielo absoluto y el infierno perfecto, casi todo puede ser.

Y cuando lo sea,
lo será con luna llena.


Me gustan Los Planetas

Me gustan Los Planetas. En realidad, siempre me han gustado. Hubo momentos, es cierto, en que decía que no me gustaban. O que decía que tenía una relación de amor/odio con ellos. Todo era una gran fabulación para intentar engañarme a mí mismo, un arte que se me da más o menos bien. Hace un segundo he necesitado escuchar música de manera imperiosa y he pinchado “Segundo premio”, con ese estupendo break de batería del principio de la canción. Comprendí que Los Planetas están debajo de mi piel cuando escuché ese break una tarde de domingo de 2009 en el FIB mientras me acercaba a la carpa donde tocaban los granadinos. La mascarada llegó a su fin mientras me decía a mí mismo y entre dientes, “joder, me gustan estos tíos…aunque me caigan mal”.

No sé si son ellos los que me caen mal. Creo que lo que no me gusta es lo que representan. Mi época será siempre el indie de los 90. Fue el despertar de muchas cosas y en ese periodo Los Planetas son una parte fundamental  de lo que ocurrió en España. También de lo que me ocurrió a mí. Debo concluir, por lo tanto, que lo que no me gusta de Los Planetas soy yo.


Ahora que confieso sin ambages que me gustan Los Planetas, ¿quiere decir que me gusto yo? En días pares como hoy, parece que sí.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Tengo sarampión


Definición de sarampión según la Wikipedia:

El sarampión es una enfermedad infecciosa exantemática como la rubéola y la varicela, bastante frecuente, especialmente en niños, causada por un virus, específicamente un paramixovirus del género Morbillivirus. Se caracteriza por típicas manchas en la piel de color rojo (eccemas) (exantema) así como fiebre y un estado general debilitado. También puede, en algunos casos de complicaciones, causar inflamación en los pulmones y el cerebro que amenazan la vida del paciente.

He empezado esta entrada copiando y pegando un texto de la wikipedia por dos razones. Una, para imitar a Michel Houllebecq. Y la otra para proclamar que, aunque no tengo manchas en la piel de color rojo ni fiebre ni un estado general debilitado, tengo sarampión.

Ni siquiera estoy enfermo. Tengo alguna cuita física, como unas agujetas en remisión tras el ejercicio físico tan exagerado como saludable al que me he sometido en los últimos días. 

No, no estoy enfermo. 

Tengo una enfermedad.

Una enfermedad a la que no sé cómo llamar y por eso la llamo como me sale de las narices. Tengo sarampión.

Parece una enfermedad crónica. La llevo padeciendo desde hace un año. Otras veces la he sufrido en mi vida aunque siempre de manera fastidiosamente distinta. Los síntomas parecen ser siempre los mismos, el diagnóstico es sencillo. El tratamiento ya es otra cosa. Lo que me servía hace 20 años no tiene ninguna utilidad en diciembre de 2014. El remedio infalible de hace 18 meses hoy me vale para bien poco. 

Hay algo que siempre me ha ayudado, más o menos, en este trance. Contarlo, escribir. Abrir las ventanas en la esperanza de que la enfermedad se diluya en el aire fresco de la mañana. Alivia aunque no cura. Puede ser contraproducente porque das la oportunidad a los demás de opinar porque creen que su sarampión es igual que el tuyo. Una estupidez, porque ni mi sarampión de ahora es igual a los de antes. Menos aún lo es el sarampión de otra persona. De hecho, es la primera vez que lo llamo sarampión. Exponiendo a la mirada ajena puede que haga caso a los demás, cosa a la que soy demasiado aficionado. Por eso, tengo una carrera vital plagada de decisiones erróneas. Me dejo influir por personas menos sagaces que yo mismo. No es más que cobardía.

Mi sarampión va en contra de todas las leyes, físicas, racionales o emocionales que hay, han habido y habrán. Su misma existencia debería ponerse en entredicho. Es una novela que ya ha llegado a la última página. ¿Por qué no veo, entonces, el final del túnel? ¿Será porque me quiero quedar aquí dentro, en este sarampión oscuro, hediondo, frío y húmedo que yo me empeño en ver coloreado como una aurora boreal? 

Mi sarampión parece no tener cura.

Dentro de un tiempo, cuando lea esta mierda, me voy a ¿descojonar?


Sí, es un enlace a una canción de
Mark Knopfler, "Going home", interpretada
por los Dire Straits.
Mi sarampión es 
más grave de lo que pensaba.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Elogio del desarraigo


Ese animal conocido como ser humano es como los demás animales. Busca la compañía de sus semejantes, forma tribus para sobrevivir. Antes esas tribus eran grandes, eran clanes. Ahora son pequeñas, las llamamos familias. Siempre ha habido tribus, siempre ha habido clanes y siempre ha habido familias. No tiene nada de malo, ha sido la clave para que ese animal conocido como ser humano se convirtiera en la especie dominante del planeta, teniéndolo casi todo en contra.

Hay dos manifestaciones culturales que resultaron clave para mi adolescencia. Una fue "El lobo estepario", de Hermann Hesse.

Esta era la portada
de la edición que yo leí.

No me gustó. Aunque durante mucho tiempo me obsesionó su contenido. Hoy sigo impresionado con el personaje protagonista, hasta me identifico con él. No sé qué opinaría si la leyera ahora, quizá tampoco me gustara. Me sigue sin convencer ese tono lastimero, esa aspiración a formar parte de la burguesía.

La otra obra clave para esos años de granos y sexo imaginario fue un disco, como no podía ser de otra manera. Un disco de Bruce Springsteen.

Antes de tenerlo en CD
lo tuve en cinta virgen grabada.

Siempre me gustó y creo que siempre me gustará. Durante mucho tiempo fue mi disco favorito y es posible que lo siga siendo. "Darkness on the edge of town" cuenta historias de gente aislada, en las afueras, en la oscuridad. Bruce lo escribió cuando aún no tenía casa, le habían prohibido grabar y estaba en juicios contra su antiguo manager, Mike Appel.

Tanto Springsteen como Hesse me contaron historias cuyos personajes estaban separados del grupo, del clan, de la tribu, de la familia. Humanos condenados a vivir en soledad física y metafísica. Ambos autores parecen encontrar belleza en esas situaciones. Una belleza de la que hay que escapar porque nos hace daño. Una terrible belleza.

Ahora que yo mismo estoy en el destierro ya no me atraen estas ficciones del desarraigo como algo exótico, como algo ajeno a mí. Yo soy el lobo estepario. Yo soy el furtivo corredor de coches de "Racing in the street". Esta es mi vida.

Bruce Springsteen - Racing in the street
Darkness on the edge of town (1978)


No es una vida fácil, ninguna lo es. Quizá sea más complicada que la de la mayoría. A mi lado no viaja nadie, tampoco nadie me marca el camino ni yo se lo marco a nadie. Hay inconvenientes, está claro. Una vez que lo asumes no es tan duro. Es una vida manejable cuando conoces, aceptas y entiendes las reglas.

Tiene algunas ventajas con respecto a las otras vidas. Me imagino que se resumen en poder gozar de una libertad mayor que la de mis congéneres. Puedo ir a donde quiera, puedo hacer lo que quiera. 

El aspecto positivo más importante del desarraigo es que te quita excusas. Si no has usado tu libertad será por tu culpa. No tienes nada ni a nadie al que responsabilizar de tus renuncias.

Ahora pienso que el único momento de nuestras vidas en el que debemos ejercer la libertad de manera plena es cuando nos parecemos al protagonista de esta canción.

Frank Sinatra - A man alone



jueves, 11 de diciembre de 2014

Los colores del otoño



Siempre he sido un nostálgico. Cuando era un niño o un adolescente esta era una de las características que hacían de mí un bicho raro. El resto de la clase y del barrio no me maltrataban, ni física ni verbalmente. Era más sencillo que eso, simplemente me dejaban claro que no era como ellos. En aquella época, creedme, no era una buena idea ser distinto. Lo digo porque seguro que alguno o alguna al leer esto pretenderá convencerme de lo contrario. No podías acceder a los privilegios de los listos del barrio y de la clase. Como dicen en las pelis americanas, no eras popular. A diferencia de lo que ocurre en ellas, en la vida real el marginado no se queda con la chica guapa. Generalmente, no se queda ni con una chica.

Me estoy desviando del tema.

El hecho de ser nostálgico, aunque ya no me permito serlo, hace que, de natural, el otoño sea mi estación favorita del año. Puede que sea porque el otoño siempre es el comienzo del curso, de niño, de adolescente y de adulto. Es una oportunidad para pagar deudas contraídas contigo mismo. Todos los septiembres de nuestra vida son momentos de cambio.

Sí, podría ser eso.

Ya he anticipado que soy nostálgico, lo que a efectos de esta entrada quiere decir que soy cursi. Bueno, dejémoslo en que soy "sensible". O mejor, para redondear la ignominia, yo soy "especial". Por lo tanto, no es por una cuestión racional por la que place el otoño.

Me gusta el otoño por razones exclusivamente estéticas.

(Por cierto quisiera reivindicar el papel de la estética en la política. Lo haré, espero, en una próxima entrada en esta humilde bitácora.)

Me gusta el otoño porque me gusta pisar las hojas caídas. Me gusta el ruido que hacen mis pies cuando eso ocurre.

Me gusta el otoño porque no hace mucho frío y no suele llover. Porque la ropa que más me gusta ponerme es la de entretiempo.

Me gusta el otoño porque me gustan sus colores. Sobre todo al amanecer.
El otro día bajaba a Madrid en dirección a mi puesto de trabajo. Eran las 8 de la mañana y el cielo era un sinfonía de rojos que fueron virando a amarillos en cuestión de 10 minutos. Fue impresionante.

Me encanta el otoño, aunque nunca me trae nada bueno.



Sol templado de otoño

lunes, 8 de diciembre de 2014

La mentira


Iba a escribir de los colores del otoño. Llevo unos días sintiéndome cursi, escondido tras los mitines que les doy a mis amigos acerca de mi desencanto vital. Pretendía volcar ese lado sensiblero en esta humilde bitácora para ver si era capaz de seguir siendo un hortera de bolera, que es lo que siempre he aspirado a ser. Que es lo que soy.

Supuestamente, también tengo otra entrada pendiente de escribir, sobre "los de arriba y los de abajo". Puede que la redacte y publique esta semana. O puede que no.

Hoy voy a escribir del gran drama de la historia de la humanidad. Un acontecimiento histórico que marcó un antes y un después aunque no en el sentido que la historiografía oficial viene mostrando desde hace unos 2000 años.

La Batalla de Maratón, en el año 490 AC.

Si el Imperio Persa hubiera derrotado a Atenas y sus aliados, después hubiera caído Esparta. No hubiera habido Batalla de las Termópilas ni de Salamina. Nuestras raíces culturales serían muy distintas. Seríamos "bárbaros", según la consideración que tenían los griegos de los persas.

Occidente habría perdido ante Oriente.

En el último mes he sido objeto de una odiosa costumbre. Me han obsequiado con mentiras de todos los colores. mentiras para sacarme ventaja, mentiras por el mero placer de ser pronunciadas, mentiras para defenderse de la realidad.

La mentira forma parte de nuestro ADN social. ¿Forma parte de nuestra condición humana?

"Las virtudes de un buen persa eran disparar flechas certeras y decir siempre la verdad"
Así habló Zaratustra
Friederich Niezstche


Puede que los griegos nos legaran la costumbre de mentir, junto al amor a la belleza, al saber científico o la democracia.

A lo mejor hubiera sido más conveniente que Darío hubiera derrotado a los griegos y que su modelo socio cultural, basado en decir siempre la verdad, se hubiera impuesto.

Pensadlo por un momento. El mundo sería un lugar muy diferente.

Puede que fuera un mundo más justo aunque no fuera un mundo mejor.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Áspero



Con esta entrada abandono el tono áspero con el que me venía expresando en los últimos tiempos en esta humilde bitácora. A nadie, y a mí menos que a nadie, le gusta que haya un Pepito Grillo diciéndole qué es lo que tiene que hacer.

Curiosamente, eso es lo que pretendía criticar con esos textos.

Hoy prefiero ser comprensivo con mis antagonistas. Y hasta con mis enemigos. No es que me haya dado un ataque de amor al prójimo. Es que estoy cansado de tomarme las cosas en serio.Tampoco tienen tanta importancia.

Debo reconocer que lo áspero tiene un extraño atractivo. Por lo menos lo tiene para un servidor de voacés. Cuando relaciono aspereza con estoicismo entro en un territorio agradable para mí. Me veo a mí mismo como una especie de salvador de la patria, como el guardián de las esencias.

Lo cual es un puto coñazo.

Coñazo para los demás. Coñazo que termina siéndolo también para mi persona.

Nadie tiene el derecho de cargar el mundo sobre sus hombros. Nadie tiene la obligación de cargar el mundo sobre sus hombros.

Hoy quiero comprender a mis antagonistas y a mis enemigos. Hoy quiero ponerme en su lugar porque es saludable. Conviene cuestionar tus propias creencias cada dos por tres.

Un momento.

Sí, espera un momento.

No sé por qué he escrito esta sarta de idioteces. No me las creo. Ni siquiera estoy haciendo el esfuerzo de creérmelas.

A tomar por culo. A estas alturas no me creo nada.

Y al que menos me creo es al pobre tonto que está escribiendo este texto ahora mismo. Es, ha sido y será siempre un farsante.

Menos mal que soy guapo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La cultura de la gratuidad


Yo estudié en un colegio de curas. Gracias a esta circunstancia he desarrollado una aversión visceral a los que tratan de imponer su forma de ver las cosas en nombre de un único dios verdadero. Un dios verdadero que ellos definen como les da la gana.

No me estoy refiriendo solo a los curas. Es verdad, son los que más acabado tienen el modelo. Al fin y al cabo lo están llevando a efecto desde el comienzo de nuestra era.

A nadie debería sorprender si ahora escribo aquí que no son los únicos.

Otra especie que también funciona de esta manera son los economistas y los analistas financieros. Las premisas de la Nueva Escuela de Chicago se han tomado como dogma de fe.

Ya conocemos el resultado de creernos que el dios verdadero es Milton Friedman.

Pero tampoco podemos afirmar que los curas, los economistas, los analistas financieros, los políticos de derechas, los grandes empresarios están en una concurrida soledad en este asunto. Hay más gente. Me temo que es una característica transversal esto de ser moralistas interesados.

Porque también practican este innoble arte otras gentes muy distintas. (Había escrito aquí "gentes de izquierdas" pero parece que ya no nos dividimos entre izquierdas y derechas sino entre "los de arriba" y "los de abajo").

Entre esas "gentes muy distintas" están los de "la cultura gratis", que, la verdad, me niego a considerarlos de izquierdas.

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que lleve a muchos trabajadores de la industria de la cultura al paro porque ha habido un cambio de paradigma. (Y así de paso aligerar la masa salarial de las empresas, que nunca pierden).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que le demos un valor igual a cero a la cultura, que le otorguemos menos valor que, por ejemplo, a una caña mal tirada por un camarero cabreado que probablemente esté trabajando en ese bar porque le han echado de, pongamos por caso, la Sony. (La caña es un euro, una canción gratis es cero euros).

Lo peor de la cultura de la gratuidad no es que los autores se mueran de hambre. Total, siempre ha sido así. Estaría bien que cambiara pero siempre ha sido así.

No, lo peor de la cultura de la gratuidad no es todo esto.

Lo peor de la cultura de la gratuidad es que estamos consiguiendo que solo se dediquen al cine, a la música, a la literatura, a la pintura o a la escultura los que se lo pueden permitir. Los que no viven de esto porque de esto ya no se puede vivir.

En definitiva, los nuevos artistas son los "niños de papá" que imponen su modelo cultural, amable y vocacional.

Y, mientras, expulsamos a las clases trabajadoras de la industria cultural porque tienen que ganarse la vida de alguna manera. No tienen un papá que los rescate.


"No sabía por
dónde empezar"

viernes, 28 de noviembre de 2014

Compromiso


Tampoco me agrada la palabra "compromiso".

En cambio, sí estoy a favor de comprometerse. Siempre y cuando se pueda revisar ese compromiso si se dan las circunstancias adecuadas.

A mí me parece que el compromiso se puede ofrecer. Es más, es muy bueno que se ofrezca. Casi podríamos decir que es necesario que se haga. Es el pegamento para las relaciones sociales.

¿Reclamar el compromiso de otra persona? Ya no estoy tan seguro de que esté bien.

Existen varias posibilidades.

Puede ocurrir que quien te reclame compromiso no te dé nada a la misma altura a cambio. Es obvio que esto es un desequilibrio y que no es sano.

Más higiénico sería que  que quien te reclame compromiso sea capaz de estar a la altura. Un intercambio justo, lo llamaríamos. Tampoco así se justifica que te pidan que te comprometas. Estamos en el supuesto de que no le hayamos pedido nada a la otra persona. Como no lo hemos hecho, no estamos obligados a nada. Es igual que reclamar amor a quien amas solo porque tu le amas. No es suficiente. Es una imposición con apariencia de equidad.

El compromiso se regala sin esperar nada a cambio. Y se hace por convicciones íntimas profundas. Tan profundas que cambian nada o casi nada a lo largo de la vida.

Pero pueden cambiar.

Con la palabra "compromiso" pretendemos obligarnos a hacer las cosas siempre la de misma manera. Es una manera esclavizarnos. Una manera de hacer algo que no deseamos o que, incluso, es malo para ti y para la otra persona.

Me gusta el caos. No me gustan las palabras que imponen comportamientos.




jueves, 27 de noviembre de 2014

Auténtico


No me agrada lo auténtico.

Esta palabra tiene demasiado a menudo un componente positivo. No logro entender el por qué.

Nada es mejor si es auténtico.

Hace muchos años me dí cuenta del gran problema la "ética" y el de su severa madrastra, la "moral". Son conceptos tan falibles como el ser humano. Ese es el problema de la ciencia, que lo resuelve cuestionándose a sí misma. Las llamadas humanidades no cuentan con ese factor de auto corrección. Es el reino del relativismo. Matar a un asesino de masas puede ser un acto ético. Dejar vivo a tu enemigo puede ser un acto ético. Y ambos casos pueden ser, también, éticamente reprobables. Depende del punto de vista y de la persona que juzgue los hechos. Nadie  piensa de sí mismo que es un miserable. Hitler creía que actuaba en nombre de la ética. Una ética propia que yo no comparto, aunque había un número significativo de personas que la compartían. Que la comparten.

Hitler era un tipo auténtico. Fiel a sus ideas. Sin dudas ni cuestionamientos de ningún tipo.

Es obvio que yo prefiero al que se desafía a sí mismo. Al que está dispuesto a traicionarse por una buena razón. El que no es ni pretende ser auténtico.

Las cosas son parecidas, no iguales, en el campo de la estética, la vecina guapa de la ética. Una obra humana es bella por una serie de razones, casi ninguna de ellas objetivable. De nuevo hay que buscar explicaciones plausibles atendiendo al contexto y a la persona que juzga/analiza. La Italiana de Mendelssohn es un emocionado canto a la vida. La Italiana de Mendelssohn es cursi hasta la náusea. Yo mismo soy capaz de defender ambas posturas.

Sin embargo, busco y rebusco y no encuentro ningún argumento relacionado con la autenticidad que me permita escribir lo que sea, bueno o malo, lo de arriba u otra cosa, de la Italiana de Mendelssohn.

La autenticidad es prepotente y condescendiente. Muchas veces es paternalista.

Me agrada la duda, lo impuro, lo falso, la imitación.... Y la italiana de Mendelssohn.


La Vida

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La banda sonora de la crisis


Hacia 2008, un compañero de profesión, más veterano que yo y algo más lúcido, me dijo que esta crisis nos iba a traer muy buena música. Su argumento era que los malos tiempos crean un contexto favorable al talento. Seis años después, la crisis sigue. La única cosa que ha cambiado es que en España los músicos se han "politizado".  ¿Hacen mejores canciones ahora que hace seis años? Es un pregunta muy complicada de responder. Yo carezco del coraje necesario para contestarla.

Los movimientos sociales surgidos a consecuencia de los problemas socio económicos de nuestra sociedad no han sido acompañados por canciones. Ni el 15-M, ni la Marea Verde, ni el fenómeno de Podemos tienen su lado musical. Hay quien defiende que se usan melodías y letras antiguas, heredadas de otras revoluciones. Tengo la sensación de que no se ha impuesto nada, ni lo antiguo, ni lo contemporáneo.

Los músicos de hoy sí que lo han intentado. Una señalada minoría ha empezado a escribir canciones con intención política. Como siempre, el balance es desigual, algunos lo han hecho con acierto, otros con buenas intenciones, otros por interés. Deberemos convenir que, al menos, se ha roto con una tradición nihilista y viciosamente apolítica. Ha sucedido de repente, en un par de años, casi de manera vergonzante, como asumiendo que vivían en una burbuja. Me parece una buena noticia. Sin paliativos. Ahora lo que hace falta es que se convierta en algo más o menos permanente. Me gustaría no dudar de que estamos ante una moda pasajera. (He usado el término "moda" de manera muy consciente).

En definitiva, la banda sonora de la crisis no existe. Hay con qué llenarla pero esta vacía.

Es la demostración de que La Música ha perdido mucho peso en la sociedad. A la gente no le importa tanto como antes, tiene un papel cada vez más reducido.

Es una victoria del Poder, una derrota de la Estética, un fracaso en lo político para las clases trabajadoras.


martes, 18 de noviembre de 2014

Amor


Jeff Buckley - Hallelujah

Una de las características más irritantes de la humanidad es que se empeña en hacer cosas que ya están hechas. Cosas que no vas a mejorar. Justo lo que me dispongo a hacer ahora mismo.

Nadie ha definido el amor como Leonard Cohen en "Hallelujah". Gracias a Jeff Buckley lo comprendí perfectamente.

Love is not a victory march
It's a cold and it's a broken Hallelujah




Y por si quedaban dudas, acabaron con ellas Morente y Alberto Manzano, el adaptador de la letra de Cohen.



Enrique Morente & Lagartija Nick - Aleluya



El amor no es una marcha triunfal
sino un frío y solitario aleluya.


Aquí estoy yo, tratando de enmendar la plana a don Enrique y al maestro Leonardo, a Jeff y a Alberto. No sé si merece la pena intentarlo. Seguro que no me acerco a su perspicacia. A su brillantez. A su talento.

¿Qué es el amor?

No es la ausencia de odio. Muchas veces tratamos de explicarnos qué es algo diciendo qué no es ese algo. Está claro que el amor no es el odio pero tampoco es su negativo. Por aquí vamos mal.

No es el método para ser nuestra mejor versión. Eso queremos creer. La realidad nos dice muchas veces que el amor saca nuestro yo más oscuro.

No es algo excepcional que pasa solo una vez en la vida. Los Románticos del siglo XIX no estaban en lo cierto. No se lo creían ni ellos. El amor pasa muchas veces. Vuelve muchas veces. Es caprichoso y no es exclusivo.

La metáfora que he elegido para mostrar qué es el amor es sencilla. Es cuando dos personas están dispuestas a ir a tierra de nadie en la esperanza de encontrar al otro. Es olvidar que existe un camino sencillo y adentrarse en lo desconocido. 

Por eso cuando te quedas solo en tierra de nadie es trágico. Estás perdido y a menudo no sabes cómo volver a casa. Cuando te encuentras con alguien en tierra de nadie no es mucho mejor. Una vez consumada la reunión tienes que ir a alguna parte y la otra persona puede que no quiera acompañarte. Os habéis encontrado en tierra de nadie y ahí se acaba el viaje. Ocurre muchas veces.

Tierra de nadie funciona, a veces, como una especie de garantía. Cuando hay crisis no hay más que citarse allí. A menudo, alguien no acude. 

El amor es tan frágil que un golpe de viento lo puede tumbar. Tierra de nadie puede mutar hasta hacerse irreconocible para los amantes. Casi siempre pasa. 

No, pasa siempre.

Como somos el homínido más listo, más cruel y más justo seguimos intentando hacer algo que ya han hecho otros, en lo que otros han fracasado. No vamos a mejorarlo. Igual que yo con esta entrada. Igual que yo (y todos los demás) cuando hacemos eso tan vulgar que es enamorarse.







lunes, 17 de noviembre de 2014

Tempus fugit



Por tercera vez escribo una entrada con el nombre de "Tempus fugit". Ésta fue la primera y ésta, la segunda. Está claro que el paso del tiempo es un tema que me preocupa y ello está perfectamente reflejado en estos 10 años de textos en esta humilde bitácora. Para ser más exactos, lo que me obsesiona(ba) es la decrepitud y el cambio, conceptos que casi siempre están unidos. "Si va a haber cambios, serán a peor" es una de las frases que más he escrito y más he pronunciado en mi vida.

Ahora sé que eso no es del todo verdad. Cambio no es igual a decadencia. A veces es crecimiento, a veces es evolución, a veces es mutación y a veces es un final. Un final hermoso o un final digno o un final cruel o un final feo o un final heroico o un final en falso. Sí, el cambio es éso y más.

Únicamente registro como cambio algo que signifique un mayor grado de decrepitud.

Hace 10 años la decrepitud era algo matemático, mensurable. Hace 5 años era algo amargo. Hoy no es del todo mensurable ni del todo amargo. Ahora es un cambio de escenario porque he pasado de una secuencia a otra, de una escena a otra, de un acto a otro.

A veces mola, otras no. La mayoría de las veces me importa una mierda.

Pero yo no quería hablar del paso del tiempo en un sentido macro, de década a década, de año a año, incluso de mes a mes. No quería hablar del paso del tiempo que comprobamos comparando fotos de distinta datación.

No.

Yo quería hablar del paso del tiempo en un sentido micro. ¿Qué es lo que pasa de segundo a segundo, de décima a décima? El presente es la suma del segundo anterior y el siguiente.
Y ese sí que se nos va, ese sí que se nos escapa.

El tiempo (el presente) no se detiene.

Por eso no puedo hacer todas las cosas que quiero hacer. No es que me falten horas o días, es que me sobra el presente. No soy capaz de maximizarlo, de aprovecharlo. Sería de gran ayuda que, por ejemplo, pudiera haber escrito esta entrada sin tener que quedarme aquí la media hora que he empleado en escribirla. El hecho de haber "perdido" estos treinta minutos supondrá que el baño se queda sin limpiar o que, un día más, no podré ocuparme de mis asuntos en ultramar (no es una metáfora, de verdad tengo asuntos en ultramar, en Argentina, para ser precisos).

Mi día a día es una colección de cosas que se han quedado por hacer y misiones más o menos urgentes que he podido completar.

Mi yo de hace 10 años era aún peor que mi yo de 2014. La única ventaja es que me no me daba cuenta de que esa animada charla con café de máquina era un presente que no podría canjear por una cerveza en una taberna.

Los presentes se nos acumulan y tenemos que elegir de entre ellos cuál es el mejor o el que más nos conviene. Hace escasos segundos acabo de descubrir que, de todos mis defectos, el no saber elegir entre mis posibles presentes es el más acusado. Entiendo que iré mejorando, de hecho eso es lo que ha venido ocurriendo, aunque sea de manera inconsciente, desde hace unos pocos años.

Pero siempre se me dará mal.

¿No future?

martes, 4 de noviembre de 2014

Hace 1 año



Exactamente hace un año, el 4 de noviembre de 2013, hacía sol. A esta hora de aquel día, yo estaba en la UCI de un hospital, acompañando a un enfermo desahuciado en sus últimas horas de vida.

Muchas cosas me han ocurrido en estos 12 meses.

Hoy, 4 de noviembre de 2014, ha llovido en Alpedrete, no ha hecho ni bueno ni malo. En estos momentos estoy tecleando este texto, a punto de ver un partido de fútbol por la tele.

En 2013 estaba resignado. Entendía lo que pasaba y lo que iba a pasar. No estaba triste ni asustado. Estaba confiado, a pesar de que no sabía lo que se me venía encima.

En 2014 estoy resignado. No entiendo lo que pasa ni lo que va a pasar. Estoy enfadado y, al mismo tiempo, viciosamente optimista. Tampoco sé lo que se me viene encima.

Supongo que esta entrada va de eso del paso del tiempo. Hay cambios, hay modificaciones y también hay certezas, falsas y de las otras. Una cosa es segura, siempre entro tarde en el compás de la/mi vida.

O sea, que no me entero de casi nada.




miércoles, 29 de octubre de 2014

Flaquita


Llevo unos días mirando a la luna. No lo hago en busca de respuestas ni de inspiración. No tengo ínfulas de poeta de bar. El sábado, ¿o fue el domingo?, vi que estaba tan consumida que casi parecía estar en luna nueva. Ha ido ganando grosor según avanzaba la semana, un poco como mi confianza en mí mismo.

Al final sí que voy a ser un aspirante a rapsoda de quinta categoría.

Vivimos en una sociedad cuyas puertas están cerradas para gente de mi edad y condición. Si no te has procurado un compartimento estanco con otros seres humanos estás condenado a vagar por las calles sin cruzar palabra con nadie. Yo lo veo desde fuera, no estoy seguro de si con envidia o con aprensión. Es posible que desde dentro sea como estar en la cárcel de mínima seguridad. Podría ser un buen sistema. O no.

No lo sé.

Solo sé que en mi compartimento estanco estamos esa luna flaquita que está allá arriba y yo. Por si acaso, creo que voy a dejar la puerta abierta. Durante un tiempo, al menos.

Veremos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Domingos


El fútbol se inventó para soportar el tedio de los domingos. Si no te gusta el fútbol, te buscas otra cosa para ahuyentar a tus demonios. ¿Y si te gustaba y ahora ha dejado de gustarte? Entonces tienes que reinventarte.

Eso es en lo que estoy ahora.

Hace una década que escribo en esta humilde bitácora. En 2012 y 2013 me tomé un descanso y desde 2007/2008 el ritmo bajó mucho. Llevo más tiempo tratando de revitalizar este engendro que el que trabajé en él a pleno rendimiento. Lo he dejado escrito muchas veces, estos textos servían a modo de imperfecto diario para tomar el pulso a mi propia vida. Siguen cumpliendo la misma misión, así que espero que en los próximos meses se refleje el cambio que se está operando en mi manera de negociar con la realidad.

En esta humilde bitácora deberá aparecer que he superado, como he podido, los obstáculos que se me empezaron a amontonar a partir del 27 de agosto de 2007.

Deberán aparecer las cuitas que yo tenía antes de esa fecha y otras nuevas. También las lecciones de estos 7 años de parón físico, emocional y afectivo.

Y también deberé aprender a pasar los domingos sin tristeza, sin angustia o sin aburrirme.

Tengo el taco en la mano. Es el momento de vaciar la mesa.








miércoles, 15 de octubre de 2014

Una extraña costumbre



El hombre del espejo, ese que se me parece, me ha contado una pequeña historia. Pequeña por intrascendente, pequeña porque no hay conflicto, ni tensión dramática. En realidad no es una historia, es algo más que un instante.

Una noche se sentía angustiado. No había pasado nada digno de mención. Se había encontrado con una variación en sus planes, nada más. Eso lo que provocó fue que todas sus frustraciones se habían sumado a la brutal frustración que había sufrido esa tarde. De eso se dio cuenta un tiempo después, cuando puede que fuera un poco tarde. Digo "un poco tarde" porque nunca es tarde. Es o no es. Punto.

Me estoy desviando del tema.

Afuera llovía. Tronaba, de hecho. Veía la tele, sin verla. Estaba solo. Y entonces decidió que nada importaba y que a nadie importaba. Según me ha confiado antes de sentarme a escribir, al principio se lo dijo a sí mismo con tristeza resignada. Sensación que dio paso a una lucidez también resignada. Así se quedó, hasta que al fondo de esa lucidez también resignada se encendió una bombillita... resignada. No quiso hacer caso, se propuso sobrevivir.

Fue a dormir. Eran las 2 de la mañana. Leyó durante una hora. Apagó la luz y siguió tumbado. No cerró los ojos. Miró por la ventana cómo la lluvia seguía cayendo en la oscuridad. Todo esto debía significar algo. Y se durmió.

A la mañana siguiente, se preguntó que desde cuándo había adoptado la extraña costumbre de no bajar las persianas por la noche.

domingo, 12 de octubre de 2014

Tengo que contarlo


Hay un par de cosas de las que quisiera escribir. Deberían servir para algún texto con aspiraciones de esos que casi nunca enseño y que, por supuesto, no cuelgo en esta humilde bitácora. No quiero que se pierdan, como tantas veces me ha ocurrido.

Hace unos meses tuve un sueño muy curioso. Como de humor negro. Tragicómico. Me desperté con una sensación rara, un poco angustiado, un poco liberado y un poco divertido. Mi padre había aparecido de la nada después de unos meses muerto. Hasta parecía estar en buena forma. A mí me resultaba fastidioso porque ya había cobrado su herencia y había dispuesto de todas las cosas que había dejado inconclusas. Le dije que me hacía una faena y él, entendiendo todo, me aseguró que nadie se iba a enterar de que seguía vivo. Creo que hice las paces con él cuando regresé del limbo. Una noche del último mes me quedé traspuesto en el sillón viendo la tele. Tuve la sensación vívida de que mi padre me despertaba para irme a la cama. Unos segundos después abrí los ojos de verdad. Ni rastro de él.

La otra cosa que quiero consignar acá es una revelación. El domingo pasado me dí cuenta de que no puedo llorar desde la muerte de mi padre. Lo intuía, aunque sin ser consciente del todo. He comprendido muy rápidamente el por qué. Decidí que no podía ser débil, Cuando llegara a puerto quizá pudiera dejarme ir. Ahora que diviso la tierra, ahora que estoy a unas pocas e indeterminadas horas de navegación, ahora, quizá, haya de dejarme ir. Quizá deba llorar para ser aún más fuerte.

Sabía que hacía muy bien al escribir sobre esto. Acabo de aprender que una etapa de mi vida está terminando.

No veo la hora re-iniciar.


domingo, 20 de abril de 2014

En la muerte de García Márquez


Iba a titular esta entrada "En la muerte de Gabo" pero me parece un atrevimiento, que muchos han cometido en los últimos días. Es curiosa la familiaridad con la que tratamos a los famosos, más si son famosos con prestigio, como el caso del Nobel colombiano.

Puede que "100 años de soledad" fuera mi novela fundamental de la adolescencia, igual que Silvio Rodríguez fue la banda sonora de mi post adolescencia, aunque solo en un lapso de tiempo más bien breve e intenso. Con García Márquez me pasó lo mismo. Recuerdo que me iba de pellas al Parque de Berlín, sito en Madrid, para leerme "100 años de soledad" durante la soleada y calurosa primavera de 1987. Me causó una impresión hondísima. A continuación leí "El coronel no tiene quien le escribe", sin que mi opinión sobre el autor de Aracataca variara ni un milímetro.

Y luego la nada.

Y después de la nada, una cierta indiferencia hacia el "realismo mágico".

Y después de esa indiferencia me encuentro con que la muerte de García Márquez no me ha causado impacto alguno.

Se supone que estoy traicionando a ese chico de 17 años que se saltaba las clases para sumergirse en las aventuras de Remedios La Bella o Aureliano Buendía. O quizá es que hay cosas que no nos acompañan siempre. Cosas que nos son útiles, incluso fundamentales, en determinados momentos y que luego no nos afectan lo más mínimo.

Quizá valga la pena advertir que la última frase del anterior párrafo no se refiere únicamente a las novelas de Gabriel García Márquez, que nos ha dejado el pasado 17 de abril de 2014, a los 87 años de edad.


domingo, 6 de abril de 2014

Algunas cosas que no me gustan


No me gusta la ironía. Tiene demasiada buena prensa. Es cobarde porque es una excusa para no actuar.

No me gusta la indiferencia. Sirve para que nos hagan daño impunemente. Para que nos lo vuelvan a hacer.

No me gusta el lloriqueo. Me resta energía. No aprendo nada de él. Me causa dolor físico.

No me gusta la vanidad ajena. Es insultante e innecesaria.

No me gusta mi vanidad. Es el recordatorio de mi propia imperfección.

No me gusta pelearme. Lo hago muchas veces, demasiadas en los últimos tiempos. Aunque no me gusten las peleas, debo reconocer que son necesarias, incluso deseables, en determinadas ocasiones.

No me gustan las banderas.

lunes, 31 de marzo de 2014

Maldito viento



La semana pasada volví a padecer insomnio por culpa del viento y mi persiana rota. Como siempre que pasa eso, me dedico a ver la tele. Pude visionar, por ejemplo, un docu sobre Stephen Sondheim que era ligeramente interesante. Más atención demandó de mí una película que quería haber visto en su momento y que se me pasó. "No" la dirigió Pablo Larraín, la escribió Pedro Peirano y la protagonizó un estupefacto Gael García Bernal. Se estrenó en 2012 y relata las vicisitudes de la campaña del No en el plebiscito de 1988 en Chile.

No voy a entrar aquí a juzgar aquel hecho, ni sus consecuencias. Tampoco quiero comentar la película más que para señalar que se rodó en un desfasado U-Matic para recrear cómo eran las imágenes de la tele a finales de los 80. Entre el sueño que tenía y esas texturas propias de la época las cosas se pusieron un poco raras. Experimenté una extraña sensación porque me pareció que viajé en el tiempo y que aparecí en 1988.

Y entonces ocurrió.

Recordé perfectamente una escena vivida el 7 de octubre de 1988 en Madrid en un taxi, probablemente cerca de la medianoche. Iba yo con un alguien cualquiera. En la radio cantaron el resultado de ese plebiscito. 43,01% Sí, 54,71% No. Alguien debía estar hablando conmigo, el taxista o el alguien cualquiera, porque no pude seguir escuchando la noticia. En un alarde de pensamiento lateral me dí cuenta de que Pinochet había perdido.

Pinochet había perdido.

Esa fue una de las pocas veces en mi vida que he comprobado eso que te dicen cuando estás deprimido. Eso que siempre parece un consuelo inútil. Aquella vez ocurrió de verdad. Jamás imaginé que Pinochet iba a a ser derrotado por las urnas. "Alguna vez pasa lo imposible".




sábado, 22 de marzo de 2014

El matiz


Imaginé el título de esta entrada hace dos días. No sabía de qué iba a hablar. Ahora mismo acabo de decidir que me sirve de inspiración para empezar a escribir.

Se supone que este será un texto confesional. Debería empezar a poner por aquí frases del tipo "uno no se debería tomarse en serio a sí mismo" o "a veces me siento un pobre tonto". Es algo que he hecho muchas veces en esta humilde bitácora y debo decir que me ha venido muy bien la mayoría de las veces. Ha sido un remedio a mis diversos males anímicos y de los otros. No quiero hacer nada de eso. Cuando abrí la plantilla para empezar a escribir esa era mi intención. En este preciso instante acabo de decidir que voy a improvisar, que no sé qué voy a contar en el siguiente párrafo.

Como por ensalmo, décimas de segundo después de terminar la anterior frase se ha hecho la luz. Puede que sea una buena idea verter unas consideraciones generales acerca de los tejados de las casas de Madrid. Siempre feos, siempre imperfectos, siempre me dejan con la sensación de que no están acabados. Las viviendas en mi ciudad están muy cuidadas por dentro y son un desastre por fuera. Que estén cuidadas no quiere decir que sean aceptables desde un estricto punto de vista estético. Son poco funcionales, hay que llenar todos los rincones con chorradas. Habitaciones como el recibidor son absolutamente inútiles. Y es feo y, en ocasiones, algo sórdido. En los exteriores empeora mucho. Madrid es la dictadura del ladrillo visto y de los colores ocres. Por eso los días grises son más grises, especialmente en el Barrio de la Concepción donde viví un tiempo hace unos años.

Los madrileños se han recluido en sus casas. Han pretendido hacer de ellas un fuerte o un palacio. Reservan lo que ellos creen que es lo mejor para sí mismos.

Justo lo contrario que yo.

Al final si ha sido un texto confesional, aunque de manera indirecta.

Ese ha sido el matiz.


Justo cuando he terminado de
repasar esta entrada, he puesto
este single en el tocadiscos.
Por alguna extraña razón
me parece que va muy
bien con el tono de este texto.

domingo, 16 de marzo de 2014

Sesión de viernes


Llevo pinchando desde 1996, más o menos. No lo hago a menudo aunque sí de manera continuada. Todos los años me llaman dos ó tres veces de distintos sitios para que haga alguna sesión divertida. Este año eso ya ha ocurrido dos veces, la última el viernes por la noche. Siempre me lo he pasado bien y creo que siempre he cumplido, más o menos. Mi peor pinchada fue en el ya fenecido Midnight de la calle Amaniel, fueron 6 horas y no llevaba discos suficientes, por lo que tuve que repetir canciones y grupos. La más curiosa, y una de mis favoritas, fue en un restaurante donde pinché jazz suave y electrónica elegante. Lo pasé de miedo y parece que gustó la experiencia aunque ya no se repitió.

La del viernes fue una de las mejores.

Un tipo que se dedica a esto y que lo hace muy bien me propuso hace unos meses pinchar con él a medias en una de sus sesiones en uno de sus locales fetiche. Cuando surgió la idea yo no podía por mis circunstancias personales y le dije que sí, que me hacía ilusión, pero que iba a ser muy difícil. Entonces algo cambió para siempre y se me abrieron todo tipo de posibilidades, entre ellas esta.

Tenía que empezar a las 12. Quince minutos pasaban de la medianoche cuando pude llegar al emblemático garito. Mi colega, el residente, ya había empezado aunque casi no había gente. La razón de mi retraso era que había ido a ver "Ocho apellidos vascos". Tenía que hacer tiempo hasta la medianoche y por eso fui al cine. Me gustó, con reservas. ¿Por qué las comedias comerciales españolas parece que solo tienen que hacer reir?

Cuando llegué uno de mis mejores amigos ya estaba allí. Vino a verme por sorpresa, pensaba que ya no iba a aparecer ninguna cara conocida. Pinché unos 20 minutos para volver a sentir los vinilos dado que hace unos cuantos añitos que solo lo hago con CD's, siempre en contra de mi voluntad. La cosa fue más o menos bien porque el día anterior había practicado en casa.

Poco a poco empezó a aparecer gente. Sería la 1 y pico cuando empezamos a pinchar "por colleras". Es decir, el residente, el que me había propuesto la idea, pinchaba tres temas y luego yo otros tres. Así sucesivamente. Estuvimos a hasta las 3 y media de la mañana y el último tema que pusimos fue este.


France Gall 
Ella elle l'a

Habíamos pactado pinchar ochentadas divertidas y es lo que hicimos. Me dejé alguna bala en la recámara que no hizo falta porque gustamos mucho. La única pena que tengo es no haber podido satisfacer a esa chica que, en un evidente estado de cordialidad, me pidió una de Scorpions. (Afortunadamente, pareció conformarse con el "Now I'm here" de Queen).

Llegados a este punto tengo que proclamar que lo más parecido al paraíso es estar en un local con poca luz, música alta, voces agudas y yo a los platos.

Al echar el telón de la noche pasaron tres cosas excepcionales. Una, que el portero del local me felicitó por los "temazos" que había puesto. Otra fue que cuando me dirigí al coche para volver a casa presencié una pelea de tres chicos borrachos y guiris que no acertaban nunca a darse con los puños por mucho que lo intentaran. El último evento destacado fue que me paró la policía para hacerme un control de alcoholemia. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el agente se fió de mi palabra de que no había probado una gota. Me dejó marchar sin soplar. Supongo que estas cosas se notan porque no había bebido ni agua.

La sesión del viernes fue la enésima demostración de que nunca sabes qué va a pasar. Esa es mi principal conclusión. ¿Quién me iba a decir a mi que Paquito y su "Mack de knife" iban  a ser los grandes triunfadores de la noche? Cuando el vinilo empezó a dar vueltas la explosión de euforia fue espectacular. Una pareja, incluso, se puso a bailar agarrao. 


Frank Sinatra with The Quincy Jones Orchestra 
Mack the knife

viernes, 14 de marzo de 2014

Ella


Sí, ella, la de la guadaña. La más temida.

Los últimos años de mi vida están siendo excepcionales en muchos aspectos. Sobre todo en uno de ellos, la presencia casi constante de la muerte. Hasta hace menos de una década, ella estaba ahí, perturbadora e inquietante y yo hacía como que no la veía. No alcanzaba a relacionarme con eficacia con lo que intelectualmente ya había comprendido desde la adolescencia. Todo se acaba, incluso uno mismo. Una cosa es saberlo. Otra muy distinta es, a falta de otra palabra mejor, sentirlo.

Cuando a ella la detectas por medios sensoriales no te vale nada saberte la lección. Te derrumbas y quizá para siempre. Empiezas a tener miedo de tu sombra, calculas cuánto te queda en este mundo, sientes la necesidad de exprimir la existencia, haces balance de lo que has hecho hasta ahora y todo te parece banal. Esa es la muerte en la vida. Ella te ha ganado la partida antes de que empiecen las hostilidades. Te alcanzará antes de que llegue tu in-existencia si tratas de huir, si la ignoras.

Vivir con la muerte. Respetarla y no temerla.  

En esto pensaba ayer en un momento de silencio en el Cementerio de Torrelodones. Pensaba en ella.






miércoles, 12 de marzo de 2014

Ahora



Viví en un mundo donde compartían oxígeno conmigo Frank Sinatra, Paco de Lucía, Luis Aragonés, Billy Wilder, Jack Lemmon, Lou Reed, Antonio Vega, Enrique Morente o mis padres. De hecho, la gran mayoría de estas personas vivían cuando empecé esta humilde bitácora 10 años ha.

Ahora no queda nadie de ellos.

Nos han dejado solos.

Solos.

Solo.

Ya no hay excusas. Mi generación tiene que tomar el mando. Tenemos que producir a los nuevos Sinatras. Este mundo que camina con paso firme hacia su autodestrucción tiene que merecer ser habitado hasta el final. He pensado mucho sobre esto y creo que, como dice Borges, "un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar". No es voluntarismo. Y no es voluntarismo porque yo lo diga sino porque no he podido encontrar nada mejor que agarrarse al momento, ya sea feliz o ya sea desgraciado.

No tengo excusas ya. Mi vida empieza ahora. Todo lo que me ha ocurrido me sirve para el ahora, ese ahora que estoy ocupando en escribir este texto y que es lo único que tengo y casi lo único que me importa. No me puedo permitir el lujo de pensar en el ayer. Es un dulce veneno la nostalgia. No soy capaz de pensar en lo que vendrá porque, por primera vez, en mi vida, no soy capaz de vislumbrarlo. Mejor dicho, siempre he conjeturado con el futuro y casi nunca he acertado. Ahora ni siquiera me sale intentarlo.

Ahora. Ahora. Ahora.

The Plimsouls
"Now"

domingo, 9 de marzo de 2014

Lo más insignificante

Dos años hace que no le doy de comer a esta humilde bitácora. En ese tiempo he fundado y matado otro blog y todo. Hoy escribiré aquí porque no se me ocurre ninguna razón para no hacerlo.


Vivir solo te convierte en un maniático. Te gusta hacer las cosas a tu gusto y no concibes que se puedan hacer de otra manera. Nadie te sugiere que es mejor ducharse antes de hacerte la comida, nadie te impide poner a Brel en vinilo, que es lo que acabo de pinchar en mi tocadiscos hace unos minutos. Haces lo que quieres y punto.


Si viviera con alguien hace tiempo que hubiera arreglado las persianas. Y no hubiera pasado la semana de toboganes emocionales que he pasado. Todo por la puta persiana de mi habitación que arma un escándalo tremendo cuando hay viento y no me deja dormir. Esas horas de sueño hurtadas a mi descanso me han convertido, al principio de la semana, en un ser bipolar, a menudo huraño y deprimido y otras veces actuando con el falso optimismo del que cree que todo va a salir mal y que ya solo puede ponerle una sonrisa al desastre. Ese falso optimismo de la orquesta del Titanic que siguió tocando hasta el final. La noche del domingo al lunes me la pasé prácticamente en vela, la del lunes al martes me desperté unas diez veces a lo largo de toda la noche y dormí un total acumulado de, como mucho, 2 horas. La del martes al miércoles fue un poco mejor, ya solo me desperté unas cuatro veces y pude dormir casi cuatro horas. He visto más películas y series en la televisión en estas tres madruagadas que en los últimos tres meses.


Llegados a este punto quizá haya que advertir que soy especialmente sensible a la falta de sueño porque siempre estoy muy al límite en este tema. Por razones que no vienen a cuento logro con muchas dificultades dormir durante un periodo prolongado de tiempo las 7 horas diarias recomendables. En consecuencia, cuando me quedo quieto un rato, en casa o en cualquier otro sitio, me duermo casi sin previo aviso, síntoma claro de padecer un déficit de sueño agudo.


El miércoles debía asistir al teatro por la noche. Una amiga era la protagonista y esta vez tenía que ir por cojones porque había fallado los dos miércoles anteriores. La representación empezaba a las 10, lo cual era un poco tarde. Encima estaba claro que, al término de la función, nos íbamos a tonar algo con ella. Esa noche me acosté a las 4 de la mañana y me levanté a las 8. La de chorradas que dije espoleado por un consumo alegre de cerveza.


Cuando me subí al coche el jueves por la mañana para dirigirme a la radio comprobé que sí, que tenía resaca. No solo eso, estaba muy cansado. Encendí el motor, puse música y metí primera. El sol me deslumbró. No pasaba eso desde octubre.


Se acabó el invierno y con él, el tango. Chin-pón.