Día 3. Crónica de un adiós


Ayer fue la tristeza, hoy es la euforia. Aunque he de matizar.

La euforia de hoy es una euforia con minúsculas. Es demasiado exagerada, una clara reacción pendular a mi estado anímico inmediatamente anterior. Estoy hablando de una euforia con freno de mano, porque sé que, allá, en el fondo de todo, en la parte más oscura de mí, está mi propia amargura. Una amargura profunda, con la que se puede convivir, y que ya no tiene apenas manifestaciones físicas. Se resiste a morir aunque, un día, no sé cuándo pero no será pronto, desaparecerá sin dejar rastro.

No es una euforia barata de las de "va a salir todo bien". Es una reacción del cuerpo a la tristeza. Me he ido al otro extremo. Espoleado por el ejercicio físico y por una cierta lucidez para identificar qué pasó y por qué pasó, he entrado en esta fase, clásica y poco original, del optimismo ligeramente idiota en la que me hallo. Por eso escribo frases tan largas como la última.

Ahora toca reir mucho (con el freno de mano puesto, no lo olvidemos).

A lo mejor posteo mañana. A lo mejor escribo de otra cosa. A lo mejor.


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