miércoles, 31 de agosto de 2011

El nuevo paradigma

El avance de la tecnología ha sido muy cruel con mi generación. Los que fuimos adolescentes de en los 80 hemos llegado un poco tarde al mundo de los archivos mp3 y demás. Nos hemos ido adaptando mejor que nuestros padres al vídeo aunque esta nueva manera de consumir música no deja de ser rara para nosotros.

Hace unos días pasé unos minutos en el Vips de Velázquez. De pronto, me dí cuenta de una cosa que me ausustó mucho. Ya no venden música enlatada en esa tienda. Apenas hay DVD's, además.

Esta constatación ha sido la prueba física de algo que empezó a ocurrir hace una década. El concepto de álbum tal y como lo conocemos ha desaparecido. Eso ya lo sabíamos y escenas como la que viví en Vips son moneda de uso corriente. No tienen nada de particular, más allá del vértigo que causan en los que hemos conocido otra realidad.  Es hora de construir el nuevo paradigma.

Adiós a la actual estructura empresarial. Cada vez va a ser más habitual que los grupos y artistas graben por su cuenta, sin intervención del sello. En lugar de un un disco cada dos o tres años y consiguiente gira, la estratetegia mas común va a ser una gira interminable salpicada de lanzamientos de pocas canciones cada pocos meses. No será fundamental salir en la radio ni cerrar el telediario y menos aparecer en las páginas de cultura de los periódicos generalistas. La clave será llegar al público por medio de un número infinito de vías. Está claro que serán las redes sociales, los blogs, las webs de referencia, las propias páginas de los artistas, las que van a llevar la voz cantante.

El pasado mes de junio se celebró la primera edición del Dcode Festival en Madrid. Las dos grandes citas fueron los conciertos de My Chemical Romance y Kasabian. Dos grupos muy distintos entre sí que comparten el hecho de no ser especialmente bien vistos en los medios tradicionales. Y, sin embargo, ambos concitaron una enorme cantidad de público.

El cambio está servido. Toca adaptarse.

Bienvenidos 
al futuro


sábado, 27 de agosto de 2011

24 horas en un semana en el motor de un autobús

Hace unos días me devoré este libro.



Es un relato muy interesante de la gestación de "Una semana en el motor de un autobús", como su propio nombre indica. Se trata de un volumen corto, que no llega a las 200 páginas, de lectura fácil y sin un entrecomillado. Es muy loable el esfuerzo de Nando Cruz por interpretar toda la información recibida y someterla a su propio criterio periodístico.

Desde luego, para mí es exagerado decir que el tercer disco de Los Planetas es un referente generacional. Y también me parece en exceso teatralizado el dilema de J de obtener reconicimiento sin comprometer sus convicciones. Es una encrucijada a la que todos los artistas se enfrentan con el mismo candor que J. De hecho, se desprende del libro que los puntos de fricción le vinieron bien al disco y que la compañía fue un apoyo para el aspecto creativo. RCA fue exigente lo que hizo que el grupo creciera durante el proceso de gestación de "Una semana en el motor de un autobús". El gran héroe de esta historia es para mí David López, entonces A&R de RCA y hoy capo de Limbo Starr.

Tengo que confesar que para mí "Una semana en el motor de un autobús" fue un jarro de agua fría. Yo era muy fan de los dos primeros discos de Los Planetas. Me encantaba la chispa melódica del grupo y el sonido de la guitarras, una combinación que yo no encontraba en ningún otro grupo de por aquí. Por supuesto, estaba muy a favor de ese rollo indie de que no se escuchara la voz. Cuando me compré "Una semana en el motor de un autobús" no lo pillé. Sólo me gustaban "Segundo premio" y "Cumpleaños total". Luego les vi en el FIB '98 y, bueno, ese es, para muchos, el peor concierto de Los Planetas. No sé, no recuerdo mucho, yo sólo tenía ojos (y oidos) para Erik Jiménez, el nuevo, por aquel entonces, batería de Los Planetas al que yo ya admiraba de su gloriosa primera etapa con Lagartija Nick.

Muy poco a poco he ido redescubriendo a Los Planetas y me ha ido gustando "Una semana en el motor de un autobús". La clave de esta reconciliación estuvo en darme cuenta de que Los Planetas tienen una mirada única, y eso es lo único importante si hablamos de música... o de arte en general. Idea que me ha reforzado la lectura express del librito de Nando Cruz.




miércoles, 24 de agosto de 2011

Chin-pón. Se acabó el tango (y 4, final)

En el "Hijo de la novia" el personaje intepretetado por Eduardo Blanco le cuenta al personaje interpretado por Ricardo Darín cómo su vida se fue convirtiendo en un drama. Entonces, para terminar el relato de las desgracias, Blanco le dice a Darín algo así como:

- Y entonces, mientras me afeitaba, me miré al espejo y dije: "Chin-pón.
- ¿Qué?
- Chin-pón, viejo, se acabó el tango.


Tras la tristeza, el enfado, la amargura y la euforia vacía ya no me queda más que el futuro. Seguir caminando sin mirar atrás. Todo cambio es bueno, si uno aprende algo. No sé si aprendí algo de esto, no sé si simplemente he recordado cosas que ya sabía. El porvenir tendrá la respuesta y, de momento, no estoy demasiado interesado en conocerla.

Para lo que pensaba que iba a ser esto, me encuentro hasta demasiado bien.

Ayer me planteé hacer una inmersión en mi mismo. Consiste en pasarse todo el día en el cine y no contestar al teléfono ni hablar con nadie. Sí, vi tres películas en un solo día. Y no, no desconecté el teléfono. De hecho, hablé con mucha gente. Y, además, la última de las películas la vi en compañía de una amiga con quien me tomé algo a la salida del cine. No fue una inmersión en mi mismo pura y dura. Sirvió para que, anoche, al llegar a casa y comprobar que se me había fundido la bombilla del salón, dijera, a oscuras:

Chin-pón, viejo, se acabo el tango.

 Pues eso,
que se acabó
el gotán.



lunes, 22 de agosto de 2011

Día 3. Crónica de un adiós


Ayer fue la tristeza, hoy es la euforia. Aunque he de matizar.

La euforia de hoy es una euforia con minúsculas. Es demasiado exagerada, una clara reacción pendular a mi estado anímico inmediatamente anterior. Estoy hablando de una euforia con freno de mano, porque sé que, allá, en el fondo de todo, en la parte más oscura de mí, está mi propia amargura. Una amargura profunda, con la que se puede convivir, y que ya no tiene apenas manifestaciones físicas. Se resiste a morir aunque, un día, no sé cuándo pero no será pronto, desaparecerá sin dejar rastro.

No es una euforia barata de las de "va a salir todo bien". Es una reacción del cuerpo a la tristeza. Me he ido al otro extremo. Espoleado por el ejercicio físico y por una cierta lucidez para identificar qué pasó y por qué pasó, he entrado en esta fase, clásica y poco original, del optimismo ligeramente idiota en la que me hallo. Por eso escribo frases tan largas como la última.

Ahora toca reir mucho (con el freno de mano puesto, no lo olvidemos).

A lo mejor posteo mañana. A lo mejor escribo de otra cosa. A lo mejor.


domingo, 21 de agosto de 2011

La resaca. Día 2

Ayer fue el día 1.

Hoy ha dominado la tristeza, por encima de todo. He recordado todas las cosas que debería haber hecho y no hice. No las cosas que podían haber cambiado el final. No las cosas que hice mal. Las cosas sencillas que se quedaron sin hacer como ir a un karaoke o a la filmoteca.

Mis errores no me producen dolor. Me contrarían, me molestan y, por momentos, me hacen sentir culpable. Son esas pequeñas cosas que no se hicieron las que me duelen.

Sin embargo, es una tristeza algo dulce. Porque es una tristeza sin esperanza. Ya no hay nada que decir, ya no hay nada que hacer, ya no hay nada que esperar. Las luces se encendieron y en la pantalla apareció la palabra "fin". Las luces se encendieron, la gente se va de la sala y el grupo ya no va a tocar más.

Como siempre pasa en la vida, fue una bonita historia que acabó mal. En la mayor parte del cine, de la novelística popular y de las canciones pop, el chico se va con la chica. En este caso, no ha sido así.

Una cosa es cierta. El guión fue bueno hasta la última página. Eso no puedo negarlo. Necesito no poder negarlo.

Llevo dando vueltas y seguiré dando vueltas un tiempo. Mis ojos están húmedos desde ayer por la mañana. Esta noche me he salido de la cama cuando aún estaba oscuro como boca de lobo. Es el precio que tengo que pagar por el que hoy creo que es el mayor fracaso de toda mi vida.

Quizá mañana postee algo más.


sábado, 20 de agosto de 2011

La enésima reflexión sobre este blog (y más)

Hace más de dos meses que no escribo en Menosprecio... No he tenido ganas ni ideas. Tiempo he tenido de sobra. He pensado muchas veces que no deberia dejar morir esta humilde bitácora aunque no encontraba la motivación para hacerlo. Notaba un obstáculo insalvable y, lo que es más curioso, en su momento no identificado.

Arranqué está bitácora en 2004. Cuando empecé ni sabía lo que era un blog. Desde entonces he asistido al auge y al declive de este fenómeno que está llamado a desaparecer por completo en pocos años. Hubo momentos en los que me sentí muy orgulloso de Menosprecio... En muchas otras ocasiones fue para mí un estorbo o una complicación. Pero siempre ha sido un termómetro vital de mi propia existencia en esta pelotita azul. Mi vida está perfectamente reflejada en lo que he ido poniendo aquí y en lo que no he ido poniendo. Incluso estos dos meses de silencio son muy significativos.

El ritmo de actualización ha sido una de las claves para entender qué me pasaba, qué sentía. Y este parón tiene una muy clara lectura. Entré en un plano fijo. Nada se movía a mi alrededor. Lo curioso es que no tenía ni idea de que ese inmovilismo era un compás de espera. Sin embargo, en mi subconsciente, sabía que algo iba a pasar.

Y finalmente pasó.

La imagen no se paró de golpe. Eso lo he aprendido hoy mismo. Hace unas horas. Los muñequitos en la pantalla se fueron parando poco a poco. Primero se desenfocó, se fue convirtiendo en un largo paneo lentísimo. De pronto, hace un par de meses, apareció el símbolo de "pause" en la pantalla. Debería haberme dado cuenta de que era muy raro que no escribiera en el blog. Cuando me preguntaba los por qués me decía que era sólo el desinterés por escribir aquí. Ahora sé que lo que me atenazaba era una mezcla de miedo y sentimiento de culpa.

Hoy ya no tengo miedo y el sentimiento de culpa ya no me sirve para nada. Y como siempre me pasa cuando algo se acaba los he sustituido por una tristeza infinita sobre la que, por pudor, no pienso dar más detalles.

Al final del día, me quedan cuatro cosas:

1. La intención de resucitar este blog y llegar a las mil entradas.
2. La convicción de que odio agosto.
3. Esta canción.
4. Y un DVD con el que no sé que hacer y que no pude dar a la persona a la que quería regalárselo.

Bueno, en realidad me queda mucho más que eso. Mi tarea es no olvidarlo.