To er mundo e güeno

Todo el mundo se cree que es buena persona. Los asesinos y los violadores piensan que tienen razones para ser unos hijos de puta. Debe de haber muy pocas personas que no particicipen de esa característica. La consecuencia es que pensamos que los malos son los demás. Nos cuesta ponernos en el lugar del otro y no aceptamos las razones ajenas.

Como la culpa no es nuestra, nos gusta mucho repartir responsabilidades. Aquí es donde entra el descrédito de la clase política. La gran mayoría de las personas que conozco odian a los políticos. A todos. Pueden nombrar a muy pocos y se duda que les hayan escuchado más de un par de minutos. Da igual, para la chusma son todos iguales.

Cada vez que escucho una frase del tipo de "los políticos son lo peor" o alguna gilipollez por el estilo me enervo. Siempre es alguien que no sabe qué es la izquierda o la derecha. Siempre es alguien que no sabe nada de política.

Además, este nihilismo me parece muy peligroso. Detrás de él viene la idea de que da lo mismo que estén unos o que estén otros en el poder. Puede ser relativamente cierto en el caso del PP y del PSOE, aunque siempre hay otras opciones. Y un poco más allá está el argumento de que la democracia no vale para nada y que, para eso, vamos a poner de jefe de gobierno a un empresario de éxito, dudosa moral, inexistente ética y un poco presumido. O algo peor, dejemos que un militar gallego de voz aflautada mande casi 40 años y muera en la cama.

¿La clase política apesta? Hazte tu político. No votes a los que estén incursos en casos de corrupción o a los que dan pábulo a ridículas teorías de la conspiración. Lee. Debate o discute. Preocúpate por lo que ocurre más allá de tu reducido entorno sociofamiliar. Pasa a la acción. Basta con que hagas una sola de estas cosas.

Y, sobre todo, sería un alivio que dejaras de quejarte de los políticos.

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