El límite

Siempre me he creido muy listo. O por lo menos, siempre he pensado que podía hacer lo que me propusiera. He sido una de las víctimas de ese engaño bientencionado que proponía que la voluntad lo derriba todos los obstáculo. A los 20 años creía que era capaz de escribir una novela o jugar de interior izquierda o tocar un instrumento. Y si no lo demostraba era sólo porque no me hacía falta. Pensaba que era guapo y alto. Los vaqueros me sentaban de miedo. Si me fijaba bien en el espejo veía que mis ojos son verdes. Mis amigos eran tan listos como yo. Íbamos a cambiar el mundo. El éxito profesional me iba a acompañar a poco que me moviera para lograrlo.

Un día me dí cuenta de que tenía entradas. Iba a ser calvo como mi padre. Eso ya no entraba en mis planes. Fue el principio.

Saltemos 20 años con sólo cambiar de párrafo.

Meses después de cumplir 40 años he podido comprobar dónde está el límite de mis capacidades. Aquella mañana de verano en la que empecé a despedirme de mi cabellera inicié un camino hacia lo desconocido. La realidad iba a matizar mi inocente convicción de que sólo debía querer para tener o lograr.

Ya sé que hay cosas que no se darán bien jamás. Me defiendo en algunos otros órdenes de la vida. Soy más o menos excepcional en un 1% ó un 2% de mis actividades.

Stan Lee dejó escrito aquello de que todo gran poder conlleva una enorme responsabilidad. Yo digo que ser consciente de tu límite conlleva un enorme alivio. Llegas a donde llegas y nada más. Te dejas ir, te tomas ti mismo un poco en broma y a vivir la vida.

Conocer mi límite me está dejando muyyyy tranquilo. El tormento para los genios o para los que se creen genios.

A mí que me dejen en paz.

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