La última entrada de 2010

Este año no he escrito el tradicional mini cuento de navidad. Se me olvidó, la verdad, y cuando me acordé decidí que ya no merecía la pena. Es una muestra más de cómo esta humilde bitácora ha ido perdiendo vitalidad en los últimos 18 meses. Bien es cierto que en 2010 he escrito 78 entradas, 5 más que en 2009. Y también es cierto que sigo estando a años luz de las 132 entradas de 2007, mi tercer peor año, en cuanto a actividad de esta humilde, más que nunca, bitácora.

A pesar de estos malos datos, en el último mes y medio ha habido un cierto renacimiento, que deberá ser confirmado en los próximos tiempos.

Esta, por lo tanto, es la última entrada de 2010.


LA BATALLA DIGITAL

La mal llamada Ley Sinde ha sido objeto de una enorme controversia. Digo mal llamada Ley Sinde porque no se llama así, sino Ley de Economía Sostenible, y porque ni es una ley, es una Disposición Adicional de la LES. Esa controversia ha generado un debate entre dos bandos aparentemente irreconciliables, los que se descargan cosas de la red, los internautas, y los que producen contenidos, los creadores. Si nos fijamos bien, vemos que ninguno de estos dos adversarios presenta un aspecto monolítico. Da la sensación de que los talibanes se han apropiado de la representación de sus bandos, aunque no sean mayoría. No creo que los paletos de la Asociación de Internautas representen al usuario común. Ni que el músico limitado que lleva por nombre Alejandro Sanz pueda hablar en nombre de la mayoría de los artistas. Prefiero leer o escuchar a Vigalondo o a Escolar.

Otra cosa que está mal explicada es que la cultura tiene que ser gratuita. Soy un firme defensor de que la cultura debe ser accesible para el pueblo. Es algo muy importante para nuestra realización personal. Todo el mundo sabe que leer y escribir, escuchar y tocar música, pintar y ver cuadros, etc,... nos hace más humanos. No a todos, por supuesto, ya sé que ha habido artistas e intelectuales nazis, sin ir más lejos. Por lo tanto, la cultura tiene un valor importante. Como vivimos en una sociedad capitalista, la manera de poner en valor una cosa es dotarle de un precio. Luego la cultura NO puede ser gratuita. Los que hablan de cultura gratuita deberían darse cuenta de que estamos en un sistema distinto, nos guste o no. Y yo, desde luego, si viviera en otro sistema distinto, pediría, antes que la cultura, otras muchas cosas gratuitas, como la educación, la sanidad, la vivienda, los alimentos básicos.

La cultura en sentido amplio debe, no obstante, ser accesible porque, a diferencia de lo que cree la burguesía, no es una forma de ocio. Es una inversión para construir sociedades sanas, de ciudadanos. Por lo tanto, incluso en un sistema capitalista, el estado debe actuar en el intercambio cultural, y no sólo poniendo dinero.

La mal llamada Ley Sinde era bienintencionada. Pretendía perseguir a quienes aprovechan determinados vacíos legales. Yo he vivido en una de esas situaciones de alegalidad cuando tenía un programa de música en una radio libre, sé a lo que me refiero. La diferencia estriba en el hecho de que hay quien gana dinero aprovechándose de ese vacío legal... y del trabajo ajeno.  La mal llamada Ley Sinde quería acabar con esa situación aunque de manera torpe. No se puede regular este asunto con un parche que se te va a desmembrar en menos de un año. No tiene lógica llevar un asunto civil a los tribunales de lo contencioso administrativo. Los defensores de la mal llamada Ley Sinde arguían que había que actuar rápidamente, que la situación es crítica. Yo digo que había que haber puesto el parche en 2001, en ese momento tenía lógica ganar tiempo para entender el fenómeno. Para dimensionar el problema. Hoy ya lo entendemos. La única salida viable es hacer las cosas bien. Promover una iniciativa legal que contemple toda la casuística.

Hacer las cosas bien supone empezar por el principio. La sociedad civil tiene que entender que el derecho a la propiedad intelectual es una conquista del siglo XIX. Si una persona hace negocio con mi creación me tiene que dar algo. Él ha puesto el dinero, yo he puesto la materia prima. Otra cosa es que cómo se acomoda esta verdad a la nueva realidad tecnológica. Y ahí es donde hay que actuar. Me gustaría pensar que esta redefinición le va a poner las cosas más fáciles al usuario y que le va a resultar más rentable al artista. Sería lo lógico, porque el paso que va desde que, por ejemplo, un músico graba una pieza hasta que llega al melónamo es, hoy y gracias a cosas como Internet, bastante más sencillo y barato. Ahí están Spotify o Netflix para demostrarlo.

Un apunte final. Un amargo apunte final. Me produce cierta desazón el hecho de que La Red se haya movilizado para tirar la mal llamada Ley Sinde, mientras el gobierno quita la ayuda de 400 euros a los parados de larga duración, reforma las pensiones y, en general, se pone al servicio de la gran banca. ¡Vivan las "caenas"!

Comentarios