A llorar a la procesión

He asistido a las dos ediciones que se han celebrado hasta ahora del Monkey Week. En esta última oportunidad la experiencia ha sido más intensa. Además de ir a unos cuantos showcases y de arreglar el mundo en un par de barras, fui a varias mesas redondas. En una de ellas escuché a un jefe de prensa de un muy famoso festival veraniego lamentarse amargamente de lo mal que le tratan. Y le escuché decir tonterías como esta:

"Afortunadamente, el papel de la prensa musical va a ser irrelevante en muy poco tiempo".

Casi no vale la pena explicar por qué esto es incierto. Basta con decir que siempre habrá alguien que haga el papel de la prensa musical porque nunca dejará de necesitarse que la infiormación, las canciones, se filtren de alguna manera.

Sin embargo, yo quería quedarme con otro asunto. El lloriqueo constante es un símbolo de nuestros tiempos. Todo el mundo cree tener derecho a quejarse. El mafioso pequeño se queja del grande. La víctima del chantaje se queja del chantajeador. ¡El chantajeador se queja de la víctima del chantaje! (Curioso, acabo de definir la situación de la industria de la música en tres frases).

Vivimos en un país en el que tenemos que hacernos perdonar el éxito. Resulta grosero triunfar para el gran mundo. Si nos va bien debemos inventarnos alguna dolencia extraña para provocar en nuestro interlocutor cierta lástima. "Vende miles de ejemplares de su novela, la crítica le adora, las mujeres se lo disputan pero, ¡pobrecillo!, tiene cistitis".

En la presente situación de crisis, esta característica de lo hispano se acrecienta hasta la náusea. Cuando un idiota se lamenta de que tiene que afrontar un problema menor suele cometer una gravísima imprudencia. Es bastante habitual que, en esos casos, el receptor de esas quejas sea alguien con un problema de verdad, como no tener trabajo, por ejemplo.

Muchas veces, el idiota es consciente de que la persona a la que se dirge está peor que él. Entonces el procesa mental que se opera en él es, cuado menos, extravagante. Como para consolar al desgraciado al que está importunando con sus cuitas le trata de demostrar que sus preocupaciones son más hondas. Y, entonces, el insulto es mayor.

Es elegante hacerse perdonar el éxito. Lo demás es abyecto y cobarde. Si, por lo menos, lloraran con clase... Ahora estoy escuchando el bandoneón de Piazzolla y me doy cuenta de que la tristeza mola. Aunque sólo cuando tienes talento, como el gran Astor.

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