miércoles, 27 de octubre de 2010

Tele para ricos, tele para pobres

Hace unas semanas estaba yo en mi casa por la noche viendo la televisión. Estaba sintonizado un canal llamado Boing que emitía una reposición de "Los Serrano". Eso es la tele para pobres, la TDT.

Esa misma noche me fui a casa de mi padre, que estaba viendo en Sony TV una reposición de "Becker", la estupenda sitcom protagonizada por Ted Danson. Eso es la tele para ricos, el satélite.

Esta primavera he vuelto a ver en DVD "Yo, Claudio" y "Roma". Eso es tele para ricos.

Anoche vi 20 minutos de "Hispania", con un sentimiento de vergüenza ajena fusionado con cierto aburrimiento. Eso es tele para pobres.

Quisiera detenerme en la tele para pobres.
La TDT empezó siendo un nido de fachas y de echadoras de cartas. Ahora hay que añadirle refritos de todo tipo y condición, canales de TV que hacen radio televisada (mala) y cosas exóticas, sin ánimo peyorativo, como ese canal llamado Butaca Latina, aún en pruebas. En general, los canales específicos de la TDT están hechos con cuatro duros y aún menos profesionalidad.

"Hispania" es una serie de romanos que nada tiene que ver con las obras maestras que hacen los ingleses con ese periodo histórico desde Shakespeare. En "Yo, Claudio" están los mejores actores británicos de los 70 y el texto es una suma de dos novelas históricas escritas por Robert Graves. Se trata de un duelo de personalidades apasionante. Octavio contra Agripa, Livia contra Agripa, Octavio contra Tiberio, Octavio contra Livia, Tiberio contra Livia, Sejano contra todos, Tiberio contra Sejano, Calígula contra todos, Claudio contra el Senado, Mesalina contra Claudio, Agripina contra Claudio. Aquella fue una época apasionante, no era una democracia ni un sistema monárquico. De alguna manera anticipa los totalitarismos del siglo XX. Es el poder político aliado con el pueblo por pura estrategia, para derrotar a la aristocracia. "Roma" tiene el gran acierto de combinar hechos históricos con ficción. La tendencia historiográfica de finales del siglo XX huía de los grandes nombres de la historia y elevaba a los pueblos a la condición de actores del curso de los acontecimientos. "Roma" va por ahí, el vulgo interacciona con Julio César o con Octavio. Encima, tiene momentos de enorme emotividad ("Thirteen, thirteen").

En el intento español los problemas se suceden unos a otros. El tono no me gusta. Si hay un momento histórico en el que está de más el maniqueísmo ese es el de la antigua Roma. La batalla que vi en esos 20 minutos fue épica con h. Larga, y rodada como si el realizador no supiera cómo lo hizo Eisenstein en "Alexander Nevski". (En esto, no se diferencia de los directores actuales). Del reparto mejor no hablar. Lo único positivo es que se ha intentado hacer una serie que no cuenta la vida de Paquirri o el romance de los Príncipes de Asturias. Alguna vez saldrá bien.

Echo de menos cuando había sólo dos cadenas y un videoclub a la vuelta de la esquina. Mi vida era más entretenida entonces. Eran los 80, yo tenía granos en la frente, pelo largo, pelusilla en el bigote, era adolescente y toda la tele pretendía ser para ricos.

domingo, 24 de octubre de 2010

El recuerdo de una vida que no viví

"Literatura de izquierda", de Damián Tabarovsky, es uno de los libros que me estoy leyendo ahora mismo. Es una colección de ensayos sobre la literatura argentina desde los años 60 hasta la actualidad. Me va a dar, por lo menos, para otra entrada además de esta que estoy escribiendo ahora mismo.

La lectura de "Literatura de izquierda" me ha proporcionado una experiencia curiosa. En algún momento, entre sus páginas, he creído vislumbrar parte de la vida que me hubiera tocado vivir si mi padre no decide emirgrar desde Buenos Aires a Madrid en 1972. No hubo un relato completo, ni nada que se le parezca. Fueron unas polaroids, la intuición de que hubiera sido fan de Sumo o de Virus y poco más.





Ya me ha pasado lo mismo otras veces. La primera fue cuando conocí al que era novio de mi prima en 2002. Era un porteño a comienzos de la treintena, lo que hubiera sido yo de habernos quedado en Buenos Aires. He de aclarar que no me cayó muy bien porque era de River y yo ni en un millón de años hubiera sido "gallina". Me hizo conjeturar si hubiéramos sido amigos, por ejemplo. Me dí cuenta de que hubiéramos visto las mismas series de TV, los mismos partidos de fútbol, las mismas discotecas.

En otra oportunidad mi mente empezó a volar y a preguntarse quién sería yo de no haber pasado mi infancia, adolescencia y juventud en Madrid. Fue cuando vi "El mismo amor, la misma lluvia", una película que traza un historia entre dos personas a través de los 70, 80 y 90. En tercer o cuarto plano de mi yo consciente empezaron a aflorar fabulaciones sobre cómo hubiera sido eso de ser un chaval de 20 años en Buenos Aires.



Esa vida que no viví forma parte de lo que yo soy ahora. Ahora me doy cuenta de que siempre ha sido así. Esas instántaneas son recuerdos de esa vida que no viví. A estas alturas, no hay que dejarse engañar por la menudencia de no haber vivido una vida. Esa vida que no viví es más real que las vidas que quise y querré vivir. Es una hipótesis autorizada de lo que podría haber pasado. Es una pista para conocer mejor al hombre del espejo.

jueves, 21 de octubre de 2010

A llorar a la procesión

He asistido a las dos ediciones que se han celebrado hasta ahora del Monkey Week. En esta última oportunidad la experiencia ha sido más intensa. Además de ir a unos cuantos showcases y de arreglar el mundo en un par de barras, fui a varias mesas redondas. En una de ellas escuché a un jefe de prensa de un muy famoso festival veraniego lamentarse amargamente de lo mal que le tratan. Y le escuché decir tonterías como esta:

"Afortunadamente, el papel de la prensa musical va a ser irrelevante en muy poco tiempo".

Casi no vale la pena explicar por qué esto es incierto. Basta con decir que siempre habrá alguien que haga el papel de la prensa musical porque nunca dejará de necesitarse que la infiormación, las canciones, se filtren de alguna manera.

Sin embargo, yo quería quedarme con otro asunto. El lloriqueo constante es un símbolo de nuestros tiempos. Todo el mundo cree tener derecho a quejarse. El mafioso pequeño se queja del grande. La víctima del chantaje se queja del chantajeador. ¡El chantajeador se queja de la víctima del chantaje! (Curioso, acabo de definir la situación de la industria de la música en tres frases).

Vivimos en un país en el que tenemos que hacernos perdonar el éxito. Resulta grosero triunfar para el gran mundo. Si nos va bien debemos inventarnos alguna dolencia extraña para provocar en nuestro interlocutor cierta lástima. "Vende miles de ejemplares de su novela, la crítica le adora, las mujeres se lo disputan pero, ¡pobrecillo!, tiene cistitis".

En la presente situación de crisis, esta característica de lo hispano se acrecienta hasta la náusea. Cuando un idiota se lamenta de que tiene que afrontar un problema menor suele cometer una gravísima imprudencia. Es bastante habitual que, en esos casos, el receptor de esas quejas sea alguien con un problema de verdad, como no tener trabajo, por ejemplo.

Muchas veces, el idiota es consciente de que la persona a la que se dirge está peor que él. Entonces el procesa mental que se opera en él es, cuado menos, extravagante. Como para consolar al desgraciado al que está importunando con sus cuitas le trata de demostrar que sus preocupaciones son más hondas. Y, entonces, el insulto es mayor.

Es elegante hacerse perdonar el éxito. Lo demás es abyecto y cobarde. Si, por lo menos, lloraran con clase... Ahora estoy escuchando el bandoneón de Piazzolla y me doy cuenta de que la tristeza mola. Aunque sólo cuando tienes talento, como el gran Astor.

jueves, 14 de octubre de 2010

Una entrada que no debería escribir

Para eso está una bitácora personal, para escribir lo que a uno le parezca, aunque no sepa mucho de la cuestión que trate. Vaya por delante, por tanto, que no considero mi opinión, en este campo, demasiado autorizada.

Hace unos días le dieron a Vargas Llosa el premio Nobel de Literatura. Todo galardón de este tipo es injusto. O, por lo menos, maneja niveles de injusticia muy cerca de lo no tolerable. La lista de reproches y/o agravios es inmensa. ¿Por qué no se lo dieron a Borges y sí a Benavente?. No tiene sentido tratar como una verdad objetiva algo subjetivo. Este tipo de premios tienen valor cuando se asocian con un consenso, explícito o no.

Por lo tanto, no entro a valorar si Mario Vargas Llosa merece el Nobel.

Y más si tenemos en cuenta que no he sido capaz de terminar ninguna novela suya. Me suele aburrir. Quizá no lo leí cuando era más joven e impresionable, como me pasó con Gabriel García Márquez.

Hasta que le han concedido el Nobel hubo una corriente de opinión que trataba de explicar las razones por las que, año tras año, no se lo daban al novelista peruano. Más o menos venía a decir que como era de derechas no era apto para ese tipo de reconocimiento. Esta teoría enunciaba que existe, o más bien existía, una especie de superestructura dominada por los intelectuales de izquierdas que negaban el pan y la sal a los intelectuales de derechas.

Por eso, García Márquez recibió el Nobel en el 82 y el señor Vargas Llosa se quedó con las ganas.

Puede que fuera verdad.

(Ya estoy oyendo a los elementos conservadores de mi entorno dar palmas).

Si fuera cierta esta premisa, deberíamos concluir que esa superestructura ha desaparecido. Y aún diría más, ha sido sustituida por otra de signo contrario. El discurso de los medios de derechas refuerza esta impresión. Hay quien ha dicho que esta decisión de darle el Nobel a Vargas Llosa es como darle un premio a la libertad (sic).

Estirando más el razonamiento, llegamos a otra conclusión más. A Mario Vargas Llosa no se le ha valorado jamás por su obra sino por sus ideas. A Gabriel García Márquez no se le ha valorado jamás por su obra sino por sus ideas.

La cultura, en nuestro tiempo, es un instrumento fuertemente ideologizado. Como en la URSS, más o menos. Aunque con más sutileza y, sobre todo, con más eficacia.