Sex, drugs and R&R (III)

 Tercera entrega de la conferencia.

Antonio Escohotado, en su “Historia de las drogas”, vincula espiritualidad con ebriedad, especialmente en las sociedades primitivas. Algo muy parecido pasará con el R&R a finales de los 60. Los conciertos pasarán de recitales de apenas media hora, con un sonido malo, a grandes macro festivales como el de la Isla de Man, el de Monterey y, sobre todo, el de Woodstock, del cual se cumplieron 40 años en 2009. Tomenos este ejemplo, concretamente, en el momento en el que Jimi Hendrix salió al escenario.

Habían pasado 3 días de paz y amor. Eso rezaba el eslogan destinado a que la sociedad bienpensante se quedara tranquila enviando a sus hijos a esos eventos. Lo cierto es que en esos 3 días hubo rock, hubo paz, hubo amor y, también, hubo barro, como atestiguan muchas imágenes de la época. Lo que quiero decir es que no todo fue un cuento de hadas. Hubo muchas denuncias de violaciones y el consumo de LSD y otras sustancias fue desordenado, desorbitado. El clímax de Woodstock fue el concierto, al amanecer del último día, del virtuoso guitarrista zurdo de Seattle. Aquello podemos considerarlo como una misa pagana, en la que el chamán, Jimi Hendrix, expiaba los pecados del público, les “limpiaba el alma”, rebuscando en el subconsciente colectivo como lo prueba la famosa versión psicodélica del himno americano que Jimi interpretó. Instrumental en ese objetivo curativo fue el consumo de drogas y la presencia del sexo, del amor más o menos libre.



Ante este fenómeno hubo dos posturas, como he dicho antes. Una, destinada a bajar de grados eso que he llamado una misa pagana y convertirlo en algo más inocente. Esa será la postura del poder, porque, como hemos dicho, no quiere perder el monopolio de la cultura y, aún menos, de la espiritualidad. También será la postura de los propagandistas del rock que ven un muy buen negocio en la música, que por fin se ha convertido en un entretenimiento para la sociedad civil, para el pueblo. En esos propagandistas están las compañías discográficas, la prensa especializada y muchos artistas que pueden convertir su pasión en un oficio. Esta será la opción que elegirá la mayoría de la sociedad, la que elegirá restar el fenómeno del R&R con lo menos amable. Sí, efectivamente, elegirá despojar al R&R del sexo y las drogas.

La otra es la que abraza el movimiento hippie, heredera de la generación beat, con la figura de Allen Ginsberg como nexo de unión. Los hippies entienden que el R&R les proporciona un instrumento muy valioso para cambiar el estilo de vida al que estaban abocados. El R&R con el sexo y con las drogas, es decir el paquete completo, les viene muy bien para renegar del matrimonio, del trabajo estable, del coche de la casa, del ocio neutro y trocarlo por la vida en comunidad, por el amor libre, por el consumo de estupefacientes y por la conciliación suprema entre hombre y naturaleza. Por decirlo de una manera, el hippie es un protoecologista, opta por el lado animal del ser humano. Está claro que es una propuesta radical, de ruptura con el orden establecido y, además, atractiva. El poder no podía permitirla y la desactivó para dejarla en algo minoritario.



Mención especial merecen las groupies. Es interesante la aparición de de este fenómeno porque vuelve a relacionar al R&R con la espiritualidad. No sólo las estrellas del R&R son chamanes, como Hendrix en Woodstock. También son dioses grecorromanos, dioses que se relacionan con los humanos, que caminan entre nosotros. Al oficiar esas misas paganas, esos conciertos, al ser representantes de lo divino, terminan por ser lo divino. Es un paso pequeño, si lo pensamos bien. Así es como lo ve ese sector de población conocido como las “groupies”. Contrariamente al sentir general, las “groupies” no son sólo esas chicas jóvenes que desean tener sexo a toda costa con las estrellas del rock, no son unas locas con un desorden hormonal severo y una desmedida pasión por la fama y los famosos. Ellas quieren estar con esos músicos de R&R porque los ven como dioses grecorromanos, como seres superiores dotados de un aura especial. Las estrellas del R&R son para las “groupies” una versión corregida y aumentada del chamán, papel que a los músicos de los 60 les sienta como un guante. Las primeras “groupies” buscan salgo más que sexo con cantantes, guitarristas, bajistas, bateristas o, incluso, managers. Buscan una relación sublimada, una verdadera unión espiritual con ellos, en tanto en cuanto son vistos por ellas como dioses. Muchas casi lo lograron, como fue el caso de Sable Starr, una jovencísima “groupie” californiana que encandiló a Johnny Thunders, el guitarrista de los New York Dolls.

Una vez desactivada la visión del hippismo en el R&R, la opción suave se impone. Los acontecimientos, además, coadyudan a que triunfe. Los Beatles, se separan, los Stones se exilian por problemas de impuestos, Jimi Hendrix y Janis Joplin mueren víctima de las drogas y Clapton desaparece del mapa porque su problema con la heroína le inhabilita para seguir su carrera discográfica.

El poder ha recuperado el mando, como cuando Elvis de fue a la mili. Música para las masas, sí, pero domesticada.

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