Sex, drugs and R&R (I)

Resulta que uno que se llama como yo ha dado una conferencia esta tarde. Resulta que no sólo se llama como yo, sino que tiene mi cara, mi calva y vive en el mismo sitio que yo. Por eso no he actualizado estos días, porque me he enfrascado en el texto que me ha servido de base para lo de hoy. Voy a publicar la conferencia, dividida en 5 partes, a lo largo de esta semana. Aquí va la primera entrega.


“Sexo, drogas y rock and roll”. Un tópico que se ha acuñado de manera interesada. También, una realidad de la que no se puede escapar.

Fue una verdadera batalla. Las jerarquías dominantes no querían el rock. La juventud, sí. Estamos en los años 50. El poder, por lo tanto, enunció, con otras palabras, que el R&R es un instrumento del diablo. La juventud calló porque estaba seducida por el brillo de una nueva música que era casi un estilo de vida. Así lo reconocerá a posteriori el diario francés de izquierdas “Liberàtion” con ocasión de la muerte de Elvis Presley. La irrupción del Rey hizo que la juventud, casi la adolescencia, pasara a ocupar el primer plano en la cultura y la sociedad. También, la juventud se vio atraída, de muchas maneras, por ese mito de sexo, drogas y rock and roll. Unos lo hacen de manera abierta y otros sintiéndose culpables.

¿Había drogas en ese momento fundacional del rock? En los años 50, en el jazz, la heroína y la cocaína campan por sus respetos. La generación Beat ha consagrado el consumo de alcohol y drogas como una forma superior de entendimiento. Kerouac dirá que escribía como Coltrane hacía solos en el quinteto de Miles Davis. Sin embargo, el rock está en una fase de profunda inocencia. ¿Sustancias estupefacientes? Sí, pastillas, alcohol barato, drogas blandas. ¿Sexo? Por supuesto, de eso iba todo. Pero los chavales estaban mal informados, lo que disparó el número de madres adolescentes. Y eran inocentes, viendo el sexo como algo prohibido, de difícil acceso.



Ante ese panorama, las jerarquías dominantes optan por el mal menor. O, quizá, la popularidad del R&R les hizo tener que adaptarse a los tiempos. Es una de las características más destacadas del sistema capitalista, su enorme capacidad para adoptar cualquier forma sin que desaparezca lo fundamental, la posibilidad de hacer negocios. Año 1956, el programa de variedades más importante de Estados Unidos emite una actuación de Elvis Presley. Ese instrumento del diablo es aprobado, de manera más o menos tácita, por el poder. Es necesario, no obstante, darle un lavado de cara. Elvis se va a la mili en 1958, Chuck Berry ingresa en la cárcel, Jerry Lee Lewis se mete en problemas por casarse con su prima y Ritchie Valens, The Big Bopper y Buddy Holly se van para siempre en febrero de 1959, “The day the music died”, en un desgraciado accidente de aviación.

Es el momento de azucarar el rock. Las listas las copan jóvenes blancos de ojos azules. Guapos, formales, con bonitas voces, un sueño para todas las madres. Paul Anka y su “Diana” es el representante imperfecto de ese primer intento de domesticar el rock. Hasta el propio Elvis, a la vuelta de la mili, se da cuenta de que pasó la época de “Hound dog”, “Heartbreak hotel” y de “Don't be cruel”. Pasados unos años, se concentrará en una injustamente tratada carerra en el cine.



¿Era el final del rock? ¿Ya no habría “sexo, drogas y rock and roll”? No, porque la semilla ya estaba plantada. Germinará en dos lugares insospechados. En el Village neoyorquino y en una ciudad obrera del norte de Inglaterra, Liverpool.

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