Sex, drugs and R&R (IV)

Cuarta entrega.

El contraataque se produce gracias a la irrupción del punk. En Nueva York, horrorizados por el enfoque radical del hippismo, incómodos con su visión ecologista, naturalista, de la vida y sin poder permitirse vivir sin trabajar, se creará el underground. Otra vez es la generación beat el germen. En los 60 florecerá la Factory de Warhol, un encuentro de artistas que quieren que el arte sea para el pueblo, el pop art será llamado. De ahí saldrá la Velvet Underground, un grupo que no es hippie, ni roquero, que es urbano e incómodo. Después vendrán los New York Dolls, los discos de Lou Reed en solitario y, por supuesto, los Ramones, Television, etc,.... Entonces, unos asiduos al CBGB's, el club neoyorquino donde tocaban esos grupos, crean un fanzine que le presta el nombre a un movimiento, “Punk”.



El punk neoyorquino es nihilista. No tiene una agenda política y no está muy cohesionado. Se define más por lo que no es, que por lo que es. Dará cobijo a grupos muy distintos entre sí, como los Talking Heads, Blondie o los Dictators. Y, sobre todo, consumirá drogas y practicará sexo sin ninguna cortapisa moral. Todo valdrá para darse un paseo por el lado salvaje de la vida como propondrá Lou Reed en su “Walk on the wild side”.



Primo hermano del punk neoyorquino es el punk inglés. Es una escena parecida, pero con bastantes rasgos diferenciadores. En primer lugar, sus miembros provienen del proletariado. Son hijos de la crisis del petróleo, como los americanos, pero están más enfadados. Tienen una mirada política. Los Sex Pistols tocarán para los sindicalistas en huelga y los Clash llamarán a la revuelta, con su “White riot”. Y proponen una novedad que acaba para siempre con las misas paganas en el rock. El público estará al mismo nivel que el grupo sobre el escenario. Ya no hay chamanes, ni dioses. Sólo hay una banda que sirve de catalizador a la energía de la gente que ha venido a verlos. No se trata de expiar nuestros pecados, se trata de canalizar el descontento ante una situación en la que no hay futuro. La mecha la prende el alcohol barato y las drogas blandas. El sexo vuelve al lugar de los años 50, es algo prohibido y no ocupará un lugar preferente.



Ante este panorama, el poder volverá a reaccionar. Y de nuevo se servirá de la excusa de las drogas y el sexo para neutralizar a esta segregación del R&R. Para combatirlo, querrá usar la música disco, como hizo con los ídolos de jovencitas a principios de los 60. Sin embargo, la música disco es tan peligrosa como el punk. Está lleno de mensajes vitalistas, que invitan a hacer uso de la libertad personal, libertad personal que es utlizada, entre otras cosas, para abrazar sin complejos sexo y drogas en noches interminables en discotecas como el “Studio 54” de Nueva York. Rápidamente, igual que se encumbró a la música disco, se la despreció y pasó a ocupar un lugar minoritario. El SIDA hizo el resto.



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