jueves, 30 de septiembre de 2010

La gratuidad

ADVERTENCIA: Esta entrada es una suerte de "spin off" de la anterior.

Es muy probable que diga una tontería. En cuyo caso estoy deseando que alguien me corrija.



El error más grave de las discográficas multinacionales, las que manejan grandes presupuestos, es que han interpretado mal el concepto de gratuidad en nuestros días.

"Nadie da duros a pesetas", dice el refrán. En el fondo siempre ha sido así aunque ahora es más acusado que nunca. La gratuidad no quiere decir que las cosas nos salgan gratis. Cuando uno se baja un disco o una película no le sale por la cara. Como mínimo, tiene que pagar una tarifa plana y comprarse una maquinita. Creemos que es gratis pero nos sale más caro que comprarnos, por ejemplo, 50 cd's al año.

Las discográficas han creido que "gratuidad" era sinónimo perfecto de "gratis" y lo han perseguido como si fuera un pecado mortal. Si hubieran bajado los precios de manera estratégica en el año 2000 habrían conjurado el top manta. Y, sobre todo, si hubieran apostado, en el mismo año 2000, por Internet, ahora estarían mucho mejor. Si en lugar de perseguir a Napster o Audiogalaxy hubieran creado sus propios Napsters con precios competitivos hubieran sobrevivido. Si, incluso, hubieran apostado por contenidos gratuitos, a modo de promoción, para probar las bondades de su producto, ahora no estarían en crisis. De hecho, estarían viviendo una edad de oro. Eso hicieron las operadores de telefonía móvil con el resultado que todos conocemos. Y lo siguen haciendo, por eso yo uso una Blackberry.


¿Por qué sé todo esto? Porque un amigo mío, en el año 2000, en el mismito año 2000, tuvo la oportunidad de coordinar el módulo de música de Plus.es. Y hasta que se fue, allá por 2004, las discográficas se comportaron con él de manera conservadora. Era el último en el orden de prioridad de la promoción de la estrella de turno. Es decir, la última revista gratuita, maquetada por un tuerto y escrita por infraseres, tenía más fácil entrevistar a, por ejemplo, Michael Bolton. Ni hablamos de pasarle contenidos promocionales, como ocurre hoy con Pitchfork.com, por poner un ejemplo.

¿A quién le extraña, entonces, que las discográficas hayan perdido una parte significativa de su personal? ¿A quién le extraña que hayan perdido dinero a espuertas? No se trata de que sean la encarnación del mal. Lo que les ha pasado, y les sigue pasando, es que son muy torpes.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Estos son mis principios (de momento)

Como corresponde a una bitácora veterana como esta, existen una serie de temas que me interesan que he ido tratando más o menos desde siempre. He reflexionado mucho sobre el paso del tiempo, como corresponde a personas de mi edad. Esta humilde bitácora empezó a publicarse cuando tenía 34 años y ahora tengo 40. Hoy, de nuevo como corresponde a mi edad, he empezado a escribir sobre el miedo, emoción que no conocía del todo bien y ahora tengo que manejar lo mejor que pueda. Ha habido entradas sobre política, música, cine, relaciones interpersonales, filosofía de barra de bar, mi vida e, incluso, alguna que bebía de las fuentes de la conspiranoia más miope.

Hay un tema que ya no volveré a tratar. En parte, porque me aburre cada vez más, aunque en otro tiempo me apasionó. Sobre todo, porque mi posición está ya prácticamente fijada.

Es la situación de la industria de la música.

La última pieza que quedaba para completar el puzzle la encontré el otro día en el blog de Julio de la Rosa.

Julio de la Rosa es un músico de talento. Ya lo probó al frente de El Hombre Burbuja y ahora lo confirma con su carrera en solitario. Es autor, además, de alguna que otra banda sonora y ha publicado un par de libros. Sus letras rompen el aburrido paisaje del pop para adentrarse en territorios más lejanos y prácticamente inexpugnables para sus compañeros de generación. La autoparodia, el humor, el cinismo.... Baste este vídeo para demostrarlo.






Me parece que en el texto de Julio de la Rosa hay mucho con lo que estoy de acuerdo. Es lúcido y racional. Da en el centro de la diana varias veces, como cuando afirma que los intermediarios siempre existirán, y es bueno que existan. O cuando explica el círculo vicioso en el que están metidas las discográficas en la actualidad.

Pienso que las discográficas en su conjunto funcionaron muy bien durante muchos años. Casi podríamos decir que durante todo el siglo XX. Sin embargo, hoy es el sector más retrógado de la industria del ocio. Todavía están anclados en conceptos de propaganda y distribución de hace 20 años. Hablo sobre todo de las multinacionales. No se han adaptado a la realidad del mp3, al Youtube, al P2P. Vieron el progreso como un enemigo, quisieron preservar su negocio en una urna, dejarlo inmutable. Y ya sabemos lo que pasa cuando remas contra la corriente del tiempo. Curiosamente, la industria editorial ha reaccionado mejor a la realidad del libro digital. Quizá porque han aprendido del fracaso de las discográficas.

Los únicos cambios que han acometido las discográficas han sido por obligación. La cuenta de resultados declina, recorto en personal. Es el ABC del capitalismo. Se han limitado a crear unas divisiones digitales a las que han exigido resultados desde el primer momento sin aportar recursos. Han creido que la revolución del mp3 iba a ser como la del CD. Que un formato iba, poco a poco, a sustituir al otro sin sobresaltos y sin cambiar las cosas. No han entendido las posibilidades nuevas que ofrecía el mp3. Y siguen sin darse cuenta del todo.

La industria musical está sufriendo una purga. En el mejor estilo del capitalismo, además. Adáptate o muere, ya no hay otra. Quiero pensar que al final se quedarán los mejores, por eso pienso que esta crisis, que ya lleva una década, es una buena noticia. Cada vez estoy más convencido de ello.

Hay un efecto colateral que sí me preocupa. Una de las conquistas del siglo XX es el derecho de la propiedad intelectual. En el siglo XXI esa conquista está en entredicho o está mal interpretada. Además, se ha parado su evolución. Cuando la industria tiraba mantequilla al techo, el derecho de la propiedad intelectual no se cuestionaba. Tampoco se desarrolló, lo que ha traido los problemas que hay ahora. La ley española apenas es de unos artículos, no está nada detallada. Recoge principios pero no da pautas para hacer reglamentos adaptados a los tiempos. En la actualidad, hay quien niega la existencia de ese derecho o quien lo quiere exarcebar. Es el mismo cuento de siempre. No hay dinero, saquemos de donde hay.

¿Derechos de autor? Sí, por supuesto. Bien explicados. Y justos.
¿El futuro? Brillantísimo, una vez que sobrevivamos al presente.
¿Las discográficas? Reconvertidas por completo. O sustituidas por otros organismos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

País de opinadores

En el año 1979 le ofrecieron a Bruce Springsteen participar en un festival benéfico contra la energía nuclear. Se llamó “No nukes” y fue uno de los hitos de la época. Bruce aceptó y dio uno de los conciertos más importantes de su vida. Esa fue la primera vez que se editó de manera oficial un directo de Bruce y su E Street Band. Sólo fueron unas canciones aunque fue algo memorable por la negativa de Bruce de publicar álbumes en vivo en aquella parte de su carrera. Esa postura provocó que el mayor número de discos piratas de la historia sean conciertos de Bruce Springsteen. De hecho, mis únicos discos piratas pertenecen a grabaciones del roquero de Freehold, Nueva Jersey.


Ese concierto del “No nukes” fue un punto de inflexión para Bruce por otra cosa. Era la primera vez que tomaba una postura claramente política, algo que es más habitual ahora para él. Esa fue la gran duda de Bruce, no sabía si quería adoptar una posición tan clara y estuvo pensándose si meterse en ese corral. Principalmente, lo que Bruce sentía era un enorme inseguridad porque no se sentía cualificado para expresar su punto de vista sobre el tema. Al final, se limitó a dar el concierto y no hizo ningún tipo de comentario.



Ya había publicado cinco discos y tenía 30 años.



En este país nadie o casi nadie tiene los melindres que Bruce demostró hace tres décadas. Todo el mundo cree que puede opinar de todo. Cuanto más serio es el asunto con más facilidad vemos al famoso de turno vomitar sus tonterías. Ya lo dijo Harry el Sucio: “Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una”. No es malo que tengamos opiniones, como no es malo que tengamos culo. El problema es que no tenemos que ver el culo de la gente y tampoco tenemos que saber sus opiniones.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Espectáculo

Es curioso comprobar la diferente consideración que le da la gente a las palabras. Un ejemplo es "dinero", vocablo valorado positivamente por el ciudadano/a común. En cambio, "diálogo" es una palabra que ha perdido, por lo menos en España, mucho de su prestigio. Incluso hay quien la usa como un insulto.


Con "espectáculo", se ha dado la situación contraria.
Hoy todo tiene que ser espectacular.
Da igual que un concierto suene perfecto.
Tiene que ser espectacular.
No es importante que una película cuente una historia que conmueva.
Tiene que ser espectacular.
Resulta indiferente que un partido de fútbol sea emocionante y competitivo.
Tiene que ser espectacular.
Etc, etc, etc,...


Con "espectacular", el populacho no quiere decir "estético" o "bonito". "Espectacular" es que, a primera vista, nos llame la atención, aunque luego todo resulte una chorrada. De hecho, más de un 90% de las veces es una chorrada.

Y "espectacular" es la categoría que está por encima de las demás. Todas se subordinan a ella.

Preferir lo "espectacular" a lo bonito es como preferir una patatas fritas a unas gambas blancas de Huelva.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Sex, drugs and R&R (y V)


Última entrega.

 Llegan los 80. Superados el punk y la música disco, las jerarquías dominantes logran recomponer la situación de forma definitiva. El R&R ya no volverá ser un peligro. El tópico “sexo, drogas y R&R” ha servido para domesticar a una genuina expresión cultural de y para el pueblo.

Sin embargo, la historia no termina aquí. El relevo del R&R lo cogen el hip hop y la música de baile elctrónica, esta última una clara heredera de la música disco de los 70.

El hip hop, en su versión gangsta a partir de los 90, sublimará el tópico del sexo y las drogas para convertirlo en híper violencia. Las muertes violentas de Notorious BIG y Tupac Shakur ahí están para atestiguarlo. Además, el gangsta es un desafío abierto para la sociedad. No es un estilo de vida alternativo, es una toma de partido para acabar con el sistema. La droga dominante es la cocaína, que excita al consumidor. Y el sexo, lejos de la permisividad moral e igualitaria de los tiempos pre-SIDA, es brutalmente homófoba. Los videoclips del momento álgido del hip hop glorificaban un estilo de vida excesivo. Coches, chicas tratadas como objetos sexuales, cadenas de oro estrámboticas, coches deportivos.



El tecno de Detroit y el House de Chicago son continuaciones de la música disco de los 70. Cambiará, sobre todo, el tipo de drogas que se consumen. Y aquí hará su aparición el éxtasis, una droga sintética y asequible que proporciona una sensación de “ligereza” y una capacidad de empatizar con los demás realmente notable. El sexo ocupa un lugar subsidiario. El ritual de la electrónica es sencillo. Noches interminables, como las de la música disco. Hay un nuevo chamán, el dj, que es anónimo y apenas tiene visibilidad. Sobre todo hay una sensación de comunidad aglutinada en torno a una múscia minimalista y con un gran despliegue de graves. Se trata de una cultura del escapismo, de una huida del día a día. Es una escena compuesta por jóvenes trabajadores que buscan el fin de semana para alejar el tedio de sus vidas. Y también por jóvenes en paro, que tampoco encuentran un sentido en su vida y que canalizan con el baile su frustración.




Ambas músicas, con sus defectos y sus virtudes, son, como fue el R&R, músicas de y para el pueblo. Y ambas han sido desactivadas con, básicamente, el mismo argumento. “Son todos una panda de drogadictos y de fornicadores”. El hip hop lo puso fácil, se autodestruyó al entrar en una espiral incontenible de violencia, sexo y drogas. La electrónica se consumió cuando buscó una coartada artística que no necesitaba. Y cuando el poder le acusó de ser un grupo de empastillados fuera de la realidad. La muerte, a mediados de los 90, de una joven que había consumido extásis, sirvió para que en el Reino Unido se criminilazara a los clubes de tecno a través de los tabloides. Antes se habían perseguido las raves, fiestas ilegales en el campo que, curiosamente, conectaban con el hippismo, hasta tal punto que el verano del 88 fue llamado el segundo verano del amor. Y, en España, la Ruta del Bakalao sufrió parecida censura, primero periodística y luego popular.


Sin embargo, es curioso señalar que, al principio, se trataba de desacreditar la música popoular en detriemento de la culta. Y, curiosamente, la música culta también era un nido de seres imperfectos que sucumbían a las pasiones. Las vidas de María Callas o de Glenn Gould podrían ser, perfectamente, las de estrellas del rock. Algo, que en cierto modo, fueron.



La música es vida. Y en la vida hay sexo y drogas. Lo único que cambia es cómo usa el poder esa realidad.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Sex, drugs and R&R (IV)

Cuarta entrega.

El contraataque se produce gracias a la irrupción del punk. En Nueva York, horrorizados por el enfoque radical del hippismo, incómodos con su visión ecologista, naturalista, de la vida y sin poder permitirse vivir sin trabajar, se creará el underground. Otra vez es la generación beat el germen. En los 60 florecerá la Factory de Warhol, un encuentro de artistas que quieren que el arte sea para el pueblo, el pop art será llamado. De ahí saldrá la Velvet Underground, un grupo que no es hippie, ni roquero, que es urbano e incómodo. Después vendrán los New York Dolls, los discos de Lou Reed en solitario y, por supuesto, los Ramones, Television, etc,.... Entonces, unos asiduos al CBGB's, el club neoyorquino donde tocaban esos grupos, crean un fanzine que le presta el nombre a un movimiento, “Punk”.



El punk neoyorquino es nihilista. No tiene una agenda política y no está muy cohesionado. Se define más por lo que no es, que por lo que es. Dará cobijo a grupos muy distintos entre sí, como los Talking Heads, Blondie o los Dictators. Y, sobre todo, consumirá drogas y practicará sexo sin ninguna cortapisa moral. Todo valdrá para darse un paseo por el lado salvaje de la vida como propondrá Lou Reed en su “Walk on the wild side”.



Primo hermano del punk neoyorquino es el punk inglés. Es una escena parecida, pero con bastantes rasgos diferenciadores. En primer lugar, sus miembros provienen del proletariado. Son hijos de la crisis del petróleo, como los americanos, pero están más enfadados. Tienen una mirada política. Los Sex Pistols tocarán para los sindicalistas en huelga y los Clash llamarán a la revuelta, con su “White riot”. Y proponen una novedad que acaba para siempre con las misas paganas en el rock. El público estará al mismo nivel que el grupo sobre el escenario. Ya no hay chamanes, ni dioses. Sólo hay una banda que sirve de catalizador a la energía de la gente que ha venido a verlos. No se trata de expiar nuestros pecados, se trata de canalizar el descontento ante una situación en la que no hay futuro. La mecha la prende el alcohol barato y las drogas blandas. El sexo vuelve al lugar de los años 50, es algo prohibido y no ocupará un lugar preferente.



Ante este panorama, el poder volverá a reaccionar. Y de nuevo se servirá de la excusa de las drogas y el sexo para neutralizar a esta segregación del R&R. Para combatirlo, querrá usar la música disco, como hizo con los ídolos de jovencitas a principios de los 60. Sin embargo, la música disco es tan peligrosa como el punk. Está lleno de mensajes vitalistas, que invitan a hacer uso de la libertad personal, libertad personal que es utlizada, entre otras cosas, para abrazar sin complejos sexo y drogas en noches interminables en discotecas como el “Studio 54” de Nueva York. Rápidamente, igual que se encumbró a la música disco, se la despreció y pasó a ocupar un lugar minoritario. El SIDA hizo el resto.



miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sex, drugs and R&R (III)

 Tercera entrega de la conferencia.

Antonio Escohotado, en su “Historia de las drogas”, vincula espiritualidad con ebriedad, especialmente en las sociedades primitivas. Algo muy parecido pasará con el R&R a finales de los 60. Los conciertos pasarán de recitales de apenas media hora, con un sonido malo, a grandes macro festivales como el de la Isla de Man, el de Monterey y, sobre todo, el de Woodstock, del cual se cumplieron 40 años en 2009. Tomenos este ejemplo, concretamente, en el momento en el que Jimi Hendrix salió al escenario.

Habían pasado 3 días de paz y amor. Eso rezaba el eslogan destinado a que la sociedad bienpensante se quedara tranquila enviando a sus hijos a esos eventos. Lo cierto es que en esos 3 días hubo rock, hubo paz, hubo amor y, también, hubo barro, como atestiguan muchas imágenes de la época. Lo que quiero decir es que no todo fue un cuento de hadas. Hubo muchas denuncias de violaciones y el consumo de LSD y otras sustancias fue desordenado, desorbitado. El clímax de Woodstock fue el concierto, al amanecer del último día, del virtuoso guitarrista zurdo de Seattle. Aquello podemos considerarlo como una misa pagana, en la que el chamán, Jimi Hendrix, expiaba los pecados del público, les “limpiaba el alma”, rebuscando en el subconsciente colectivo como lo prueba la famosa versión psicodélica del himno americano que Jimi interpretó. Instrumental en ese objetivo curativo fue el consumo de drogas y la presencia del sexo, del amor más o menos libre.



Ante este fenómeno hubo dos posturas, como he dicho antes. Una, destinada a bajar de grados eso que he llamado una misa pagana y convertirlo en algo más inocente. Esa será la postura del poder, porque, como hemos dicho, no quiere perder el monopolio de la cultura y, aún menos, de la espiritualidad. También será la postura de los propagandistas del rock que ven un muy buen negocio en la música, que por fin se ha convertido en un entretenimiento para la sociedad civil, para el pueblo. En esos propagandistas están las compañías discográficas, la prensa especializada y muchos artistas que pueden convertir su pasión en un oficio. Esta será la opción que elegirá la mayoría de la sociedad, la que elegirá restar el fenómeno del R&R con lo menos amable. Sí, efectivamente, elegirá despojar al R&R del sexo y las drogas.

La otra es la que abraza el movimiento hippie, heredera de la generación beat, con la figura de Allen Ginsberg como nexo de unión. Los hippies entienden que el R&R les proporciona un instrumento muy valioso para cambiar el estilo de vida al que estaban abocados. El R&R con el sexo y con las drogas, es decir el paquete completo, les viene muy bien para renegar del matrimonio, del trabajo estable, del coche de la casa, del ocio neutro y trocarlo por la vida en comunidad, por el amor libre, por el consumo de estupefacientes y por la conciliación suprema entre hombre y naturaleza. Por decirlo de una manera, el hippie es un protoecologista, opta por el lado animal del ser humano. Está claro que es una propuesta radical, de ruptura con el orden establecido y, además, atractiva. El poder no podía permitirla y la desactivó para dejarla en algo minoritario.



Mención especial merecen las groupies. Es interesante la aparición de de este fenómeno porque vuelve a relacionar al R&R con la espiritualidad. No sólo las estrellas del R&R son chamanes, como Hendrix en Woodstock. También son dioses grecorromanos, dioses que se relacionan con los humanos, que caminan entre nosotros. Al oficiar esas misas paganas, esos conciertos, al ser representantes de lo divino, terminan por ser lo divino. Es un paso pequeño, si lo pensamos bien. Así es como lo ve ese sector de población conocido como las “groupies”. Contrariamente al sentir general, las “groupies” no son sólo esas chicas jóvenes que desean tener sexo a toda costa con las estrellas del rock, no son unas locas con un desorden hormonal severo y una desmedida pasión por la fama y los famosos. Ellas quieren estar con esos músicos de R&R porque los ven como dioses grecorromanos, como seres superiores dotados de un aura especial. Las estrellas del R&R son para las “groupies” una versión corregida y aumentada del chamán, papel que a los músicos de los 60 les sienta como un guante. Las primeras “groupies” buscan salgo más que sexo con cantantes, guitarristas, bajistas, bateristas o, incluso, managers. Buscan una relación sublimada, una verdadera unión espiritual con ellos, en tanto en cuanto son vistos por ellas como dioses. Muchas casi lo lograron, como fue el caso de Sable Starr, una jovencísima “groupie” californiana que encandiló a Johnny Thunders, el guitarrista de los New York Dolls.

Una vez desactivada la visión del hippismo en el R&R, la opción suave se impone. Los acontecimientos, además, coadyudan a que triunfe. Los Beatles, se separan, los Stones se exilian por problemas de impuestos, Jimi Hendrix y Janis Joplin mueren víctima de las drogas y Clapton desaparece del mapa porque su problema con la heroína le inhabilita para seguir su carrera discográfica.

El poder ha recuperado el mando, como cuando Elvis de fue a la mili. Música para las masas, sí, pero domesticada.

Sex, drugs and R&R (II)

Segunda entrega de la conferencia.

Un judío con cara de acelga y con un talento tan evidente como atípico le cambiará la cara al folk, un movimiento algo artificial que buscará recuperar el blues rural y, sobre todo, el country antiguo dotando a la fórmula de una ideología izquierdista. Por fin, era el momento de Woody Guthrie y de Pete Seeger.



Se puede argumentar que el éxito masivo de los Beatles y el impacto comercial de Bob Dylan pusieron la dignidad artística del R&R a salvo. Pasó de ser un entretenimiento neutro sólo para adolescentes para convertirse en una propuesta más ambiciosa. De hecho, es la culminación de algo que la música lleva intentando desde principios de siglo, dirigirse al pueblo. Cuando a principios de siglo Richard Strauss dirigió una orquesta en la azotea de unos grandes almacenes de Nueva York, y recibió grandes críticas por ello, sólo estaba escenificando el ansia de los músicos por salir de las salas de concierto, de los salones burgueses.

Para las jerarquías dominantes este movimiento era muy peligroso, sobre todo en potencia. Que el arte fuera popular significaba que perdían el monopolio de la cultura y, con ello, un elemento de poder.

¿Cómo fue la relación de Dylan y los Beatles con el sexo y las drogas? ¿Justificaba el miedo de las jerarquías dominantes? En término de alarma social, la verdad es que no. Estaba claro, como ha quedado más que demostrado, que por escuchar a Dylan o los Beatles no te convertías, ni te conviertes ahora, en un fornicador o en un politoxicomano, sino en algo más problemático. Lo dijo Springsteen hace unos años, Elvis nos liberó el cuerpo, Dylan la mente. Si prestabas atención a las letras podías ponerte a pensar por ti mismo y a cuetsionar la autoridad. Uno de los muchos elementos que conformaron la placenta de mayo del 68 fue, sin ninguna duda, el R&R. Está claro que la solemne proclamación de que los tiempos están cambiando, “The times they are a-changin'”, hacía que la juventud tuviera claro que no quería repetir los esquemas de sus mayores. “No quiero ser como mi padre” es un mantra que se repetía esos años con una cierta frecuencia. En ese planteamiento rupturista sí que tenía espacio una relación más apasionada con el sexo y las drogas. Hubo, por lo menos, dos maneras de enfrentarse a ambos elementos.




Esta noche, la tercera parte.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sex, drugs and R&R (I)

Resulta que uno que se llama como yo ha dado una conferencia esta tarde. Resulta que no sólo se llama como yo, sino que tiene mi cara, mi calva y vive en el mismo sitio que yo. Por eso no he actualizado estos días, porque me he enfrascado en el texto que me ha servido de base para lo de hoy. Voy a publicar la conferencia, dividida en 5 partes, a lo largo de esta semana. Aquí va la primera entrega.


“Sexo, drogas y rock and roll”. Un tópico que se ha acuñado de manera interesada. También, una realidad de la que no se puede escapar.

Fue una verdadera batalla. Las jerarquías dominantes no querían el rock. La juventud, sí. Estamos en los años 50. El poder, por lo tanto, enunció, con otras palabras, que el R&R es un instrumento del diablo. La juventud calló porque estaba seducida por el brillo de una nueva música que era casi un estilo de vida. Así lo reconocerá a posteriori el diario francés de izquierdas “Liberàtion” con ocasión de la muerte de Elvis Presley. La irrupción del Rey hizo que la juventud, casi la adolescencia, pasara a ocupar el primer plano en la cultura y la sociedad. También, la juventud se vio atraída, de muchas maneras, por ese mito de sexo, drogas y rock and roll. Unos lo hacen de manera abierta y otros sintiéndose culpables.

¿Había drogas en ese momento fundacional del rock? En los años 50, en el jazz, la heroína y la cocaína campan por sus respetos. La generación Beat ha consagrado el consumo de alcohol y drogas como una forma superior de entendimiento. Kerouac dirá que escribía como Coltrane hacía solos en el quinteto de Miles Davis. Sin embargo, el rock está en una fase de profunda inocencia. ¿Sustancias estupefacientes? Sí, pastillas, alcohol barato, drogas blandas. ¿Sexo? Por supuesto, de eso iba todo. Pero los chavales estaban mal informados, lo que disparó el número de madres adolescentes. Y eran inocentes, viendo el sexo como algo prohibido, de difícil acceso.



Ante ese panorama, las jerarquías dominantes optan por el mal menor. O, quizá, la popularidad del R&R les hizo tener que adaptarse a los tiempos. Es una de las características más destacadas del sistema capitalista, su enorme capacidad para adoptar cualquier forma sin que desaparezca lo fundamental, la posibilidad de hacer negocios. Año 1956, el programa de variedades más importante de Estados Unidos emite una actuación de Elvis Presley. Ese instrumento del diablo es aprobado, de manera más o menos tácita, por el poder. Es necesario, no obstante, darle un lavado de cara. Elvis se va a la mili en 1958, Chuck Berry ingresa en la cárcel, Jerry Lee Lewis se mete en problemas por casarse con su prima y Ritchie Valens, The Big Bopper y Buddy Holly se van para siempre en febrero de 1959, “The day the music died”, en un desgraciado accidente de aviación.

Es el momento de azucarar el rock. Las listas las copan jóvenes blancos de ojos azules. Guapos, formales, con bonitas voces, un sueño para todas las madres. Paul Anka y su “Diana” es el representante imperfecto de ese primer intento de domesticar el rock. Hasta el propio Elvis, a la vuelta de la mili, se da cuenta de que pasó la época de “Hound dog”, “Heartbreak hotel” y de “Don't be cruel”. Pasados unos años, se concentrará en una injustamente tratada carerra en el cine.



¿Era el final del rock? ¿Ya no habría “sexo, drogas y rock and roll”? No, porque la semilla ya estaba plantada. Germinará en dos lugares insospechados. En el Village neoyorquino y en una ciudad obrera del norte de Inglaterra, Liverpool.