viernes, 30 de abril de 2010

A la final

Esta no es una entrada sobre el paso del tiempo.

No, no lo es, a pesar de que la última vez que mi Atleti se metió en una final europea las cosas eran muy distintas. Maradona todavía estaba por meter "el gol del siglo", España llevaba sólo meses en la Comunidad Europea y aun faltaban años para que, por ejemplo, Yo La Tengo publicara "Painful" o Wilco "Being there". Corría el año 1986 y yo no era mayor de edad.

Esta no es una entrada sobre cómo mola ser del Atleti.

No, no lo es, a pesar de que ayer en el bar donde vi el partido el ambiente era emocionante. Cuando la eliminatoria estaba perdida, la gente seguía animando, aunque estábamos en un pub irlandés en Madrid y no en el mítico Anfield. Y en el momento en el que Forlán metió el gol decisivo, cantamos el himno, coreamos aquello de "uruguayo, uruguayo" y gritamos como si los jugadores pudieran escucharnos. En el Atleti las alegrías son más profundas de lo que piensan los que no son del Atleti.

Esta es un entrada sobre levantarse un viernes por la mañana, no librar hasta dentro de 8 días, y sentirse razonablemente feliz.

miércoles, 28 de abril de 2010

Cestas y toros

El último fin de semana fue un poco más agitado de lo normal porque en lugar de dormir y comer, mis ocupaciones habituales los sábados y los domingos, fui a dos espectáculos públicos.

Estudiantes



Con el baloncesto me pasa un poco como el futbolín. De adolescente, me encantaba jugar al billar, pero casi nadie quería  medirse conmigo en parte porque yo era muy bueno y en parte porque a la gente no le gustaba tanto como el futbolín. Por lo tanto, yo no tenía más remedio que jugar a lo que jugaba la mayoría. El futbolín me divierte aunque no tanto como el billar. Tres cuartos de lo mismo me pasa con el baloncesto y el fútbol.

De todas maneras, ir a ver a Estudiantes es muy divertido. Estoy con amigos con los que no suelo pasar mucho tiempo. Los partidos suelen ser entretenidos, especialmente por la ingesta de alcohol a la que nos sometemos antes, durante y después de los encuentros.

Además, solemos terminar tomando copas frente a este paisaje.


Toros


Hay algo decadente en ir a los toros. Sobre todo en Madrid, un domingo fuera de la celebérrima Feria de San Isidro. No acude demasiado público. En la sombra suele haber gente, sin embargo en el sol el aspecto es desolador. El tipo de persona que acude a la plaza suele ser hombre, con edad próxima a la jubilación, y, a juzgar por los copazos que se beben, seres humanos en toda la extensión de la palabra. Es decir, individuos con bastantes vicios.

Hay una especie de nostalgia, de tristeza noble, flotando en el ambiente. A esa sensación ayuda el ritual de una corrida. Puede parecer lo contrario pero estamos ante un evento en lo que nada está dejado al azar. Todo tiene su por qué, algo que ayuda a que los aficionados se sientan miembros de una suerte de club secreto. Estoy seguro de que mucha gente ve la tarde de toros como una huida hacia adelante. O como una tregua en su existencia. De alguna manera, te vas a otro lugar y, sobre todo, a otro tiempo. Un tiempo que, me temo, ya pasó.

Esta es la extraña belleza de ir a los toros en 2010,  cuando la última esperanza de la fiesta está en un hospital de Aguascalientes haciéndose preguntas que todavía no puede responder.

viernes, 23 de abril de 2010

Samaranch

He asistido con cierta indiferencia al luto del deporte español por la desaparición esta semana del que fuera presidente del COI durante 21 años, Juan Antonio Samaranch. La prensa deportiva apenas se ha esforzado por trazar un perfil mínimamente profundo de su persona y de su trayectoria. Se han limitado a acumular adjetivos hiperbólicos, un tanto artificiales, y poco más.

He observado, también, otros argumentos agrupados en torno a una revisión del Samaranch político, ese que fue Delegado Nacional de Educación Física y Deportes durante los años 60, es decir, en la época del tardofranquismo. Por eso, se le ha tachado de "nostálgico" de los tiempos de Franco. Esto viene de lejos, ya en tiempos de la transición, cuando no gozaba de la protección del cargo de Presidente del COI, era visto así. Puede que lo fuera o puede que no. Hay razones para creer una cosa o la otra. A mí me da lo mismo. Parece que ha vivido en democracia sin problemas. Su cara pública ha sido irreprochable. Lo que pensara de puertas para adentro era su problema y, ahora, no es de nadie.

Esta entrada, a pesar de lo que parece, va a ser muy crítica con Samaranch. Se dice que él salvó al movimiento olímpico, herido de muerte por los boicots de los países africanos en Montreal '76, por USA y sus aliados en Moscú '80 y por el bloque soviético en Los Ángeles '84. Pienso que fue más bien la situación política internacional a finales de los 80 la que permitió superar esos malos momentos. El COI, bajo el mando de Samaranch, hizo otra cosa más trascendente.

A principios del siglo XX el deporte, todo el deporte, se dividía en dos: el profesional y el aficionado. El gran reducto del deporte aficionado eran los JJOO. Y, supuestamente, esto siguió siendo así hasta la llegada de Samaranch a la presidencia del COI. Es cierto que se había convertido en una gran hipocresía eso del deporte aficionado. En eso está todo el mundo de acuerdo. El efecto que logró esta medida, "profesionalizar" el olimpismo, fue económicamente positivo. Se mueve mucho dinero y se mueven muchos intereses hoy en COI. Y por eso se dice que fue decisión acertada.

Esa es la clave. Deja dinero en las arcas de alguien y por eso está bien. Como al dinero sólo le gusta el triunfador, se hace culto del que llega primero y se ignora todo lo demás. Recuerdo que cuando era pequeño siempre se contaban historias de superación en el marco de los JJOO. Hoy sólo se cuentan historias de ese tipo si el individuo en cuestión se lleva la medalla de oro. Si arrasa a los contrarios, si los humilla. El lema del Barón de Coubertin es despreciado y se entiende mal lo de "Citius, altius, fortius". No se trata de ganar, sino de exceder las propias expectativas.

A mí no me gusta este concepto post postmoderno del deporte. Este es el legado de Samaranch e, insisto, no me gusta un pelo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Yo confieso...

A mí me resulta muy difícil decir que no tengo razón. Los años me han dado una mayor capacidad para entender cuándo me he equivocado y por qué. Lo que no me han dado es la humildad necesaria para aceptar que no estoy en lo cierto.

Esto es, en parte, por varias razones. En este mundo en el que vivimos hay que dar siempre la imagen de una fortaleza a prueba de bombas. Por eso, no es bueno mostrar tus errores. Sobre todo cuando uno es como yo, es decir, extremadamente apasionado en sus planteamientos y en sus opiniones. Si reculas, quedas aún más en evidencia. Aún peor es meter mucho la gamba porque en ese caso te pasas la vida pidiendo perdón... y tampoco es plan. Entiendo que esto último no es mi caso, aunque uno nunca sabe.

Tampoco es que sea una virtud muy extendida en la sociedad actual eso de confesar que te has equivocado. ¿Qué sentido tiene hacerlo si los demás no están en esa longitud de onda? Es quedar como tonto dos veces, una porque la has cagado y otra porque has concedido que la has cagado.

Por lo tanto, es verdad, no confieso con facilidad que me he equivocado. Apuesto a que nadie está libre de este pecado, así que no espero piedras.

lunes, 19 de abril de 2010

¿Por qué todo me suena a Vangelis?

El otro día estaba escuchando esto...



Y, de pronto, me acordé de esto...



Me explico.

La primera imagen corresponde a "Digidesign", el single más aclamado de Joker, un productor de dubstep que está expandiendo los límites de un género que, para mí, es lo más saludable de la música popular internacional actual.

La segunda imagen corresponde a "Mask", un disco que Vangelis publicó en 1985, tras su rentable paso por el cine. Un álbum que yo conocí a través un amigo del colegio que era amante de la música clásica. De hecho, escuchaba a Mahler, su favorito, mientras leía la partitura.

Las conexiones no son tan evidentes. "Mask" es una obra ambiciosa, mezcla de música sinfónica, electrónica y étnica, pasada de vueltas, sin concesiones, hecha desde las entrañas. Y "Digidesign" renueva el dubstep buscando la sonoridad de la electrónica ochentera. El hecho de relacionar estas dos referencias fue algo irracional, como un fogonazo. Creo que fue que el sonido de uno de los sintes de "Digidesign" el que trajo a mi mente el que yo recordaba de "Mask". Digo "recordar" porque, por cierto, no tengo "Mask" en mi discoteca.

Era todo tan tenue que le di poca importancia. Sin embargo, cuando escuché lo nuevo de estos tíos...


... que son los Chemical Brothers, en mi cerebro se encendió la misma lucecita. Chemical Brothers publican en junio "Further" y se puede escuchar por toda la red un adelanto, "Escape velocity", un tema que también hizo que me acordara de "Mask".

Remato esta entrada con otra pregunta. Desde el título inquiero el por qué de que todo me suene a Vangelis. Asumiendo que la premisa de la que parto, que todo me suene a Vangelis, sea cierta, sólo puedo oponer otra oración encarcelada entre signos de interrogación. ¿Es posible que la electrónica, también, esté entrando en una fase nostálgica?

Si la respuesta es afirmativa, mejor que reivindiquiemos el pasado en serio. Mejor que reivindiquemos a este hombre.


Don Johann, usted sí que sabía.

viernes, 16 de abril de 2010

Un par de reflexiones (no demasiado elaboradas)

Sí, un par de reflexiones. Y conectadas, además.

La última vez que las derechas fueron republicanas en España se volvieron "accidentalistas". Es decir, no creían en el sistema vigente, lo consideraban un accidente, y sólo se concentraron en llegar al poder por todos los medios a su alcance. Esto ocurrió en los años de la II República, principalmente con la CEDA de José María Gil Robles.

Por eso, cuando me dicen que la actual derecha española es anti monárquica, o republicana, o "accidentalista", no puedo evitar pensar en los evidentes paralelismos. Entonces, rápidamente, me digo a mí mismo que los contextos son diferentes.

Los contextos son diferentes, sí. Pero, ¿muy diferentes?

Ojalá, aunque las tribulaciones judiciales por las que está pasando el juez Garzón son un motivo de cierta inquietud. No quiero pronunciarme acerca una causa que está sub iudice, veremos qué ocurre al final. Sin embargo, mi reflexión (no demasiado elaborada) es que en este asunto las motivaciones jurídicas parecen lo de menos. Pesa más lo político. Es, por cierto, lo mismo que piensa la prensa extranjera, incluida la anglosajona.

Ahí quedan mis dos reflexiones. No son demasiado elaboradas, apenas un par de párrafos. Tampoco pretendo que nadie las comparta. A lo mejor, cambio de opinión dentro de un rato. O mañana. O nunca. Son dos reflexiones nacidas de una tarde de viernes en la que no ha habido demasiado trabajo.

miércoles, 14 de abril de 2010

Prontuario para evitar marrones

Lo primero que hay que saber para evitar marrones es que... no se pueden evitar. Un marrón es algo que aparece de improviso, que nos pilla con el paso cambiado. Por eso es fundamental saber que sólo podemos limitar los daños cuando uno de esos se nos presenta. Por tanto, no vale de nada estar alerta.

Antes al contrario, es mejor estar tranquilo, incluso algo pasivo. En el momento en el que empezamos a comernos un marroncito hay que tener la cabeza lo más fría posible porque ante nosotros sólo hay dos posibles vías de actuación.

Por un lado, podemos optar por la inmovilidad. Especialmente indicada cuando se produce un encuentro indeseable. Si nos pillan, nos pillaron, ya está. Aguantemos el tirón, que la cosa pase rápido y no tratemos de balbucear excusas porque ni nos van a creer ni nos van a servir para escaquearnos. Hacemos el Tancredo y punto. Si pronunciamos alguna palabra, si hacemos algo parecido a un gesto, el marrón no hará sino crecer de forma exponencial.

                                    El Tancredo           

La otra opción es dar la razón a nuestro oponente. De esa manera ganamos tiempo para que podamos trasmitir ese marrón a otro. Pongo un ejemplo práctico. Tu jefe te pilla por banda y te encarga algo imposible. Lo que te pide el cuerpo es mandarle a tomar por culo y decirle que no tiene ni puta idea. Sin embargo, es mucho más inteligente darle la razón de manera entusiasta. Restarle importancia a los defectos que vemos claramente para que crea que los ha descubierto el solito. Esto ya puede funcionar pero si no lo hace, una vez que te has quedado con el encargo imposible se lo colocas a otro con alguna excusa barata y a espaldas de tu jefe. Al pobrecillo le basta con no escuchar la palabra "no" y que el encargo esté hecho por quien sea. Si le dices "no", aunque al final hagas la tarea, serás un tío indisciplinado. Si le dices "sí" y le peloteas un poco (sin exagerar porque hasta un jefe se da cuenta cuando nos pasamos), aunque al final no hagas la tarea, serás un tío trabajador, inteligente y con ideas. (Esto lo aprendí viendo la serie de la BBC "Yes,  minister".)

"Yes, minister", Alta Política


En definitiva, no hay que ponerse nervioso y apostar, siempre, por el mínimo esfuerzo.
                                       

viernes, 9 de abril de 2010

La batalla de los formatos

Me acuerdo de un anuncio de TV de finales de los años 80. Asistíamos a una reunión en la que unos ejecutivos japoneses, creo, trataban de encontrar las diferencias de sonido entre un CD y una cinta. Uno de ellos hace alguna locura porque no puede distinguir el de la cinta del disco compacto. Es curioso que en aquella época el estándar máximo de calidad fuera el CD y que se pensara que la competencia era la cinta (o musicassette, como pretendían llamar a aquello entonces). Por lo menos, ese era el subtexto que yo siempre extraje de aquel anuncio.

Con este ejemplo quiero decir que nuestra visión cambia con el tiempo y que unas veces lo que nos parece verde es rojo y lo que nos parece rojo termina siendo negro para cambiar por completo unas unidades de tiempo indeterminadas después.

Hoy, mi posición con respecto a los formatos en los que consumimos la música es ésta.

La cinta



Para mí, el peor formato con diferencia. Siempre se jodía algo. Se desenrrollaba la cinta, se escuchaba siempre el motorcito que hacía girar las ruedas, o la cinta corría más despacio de lo que debía, o más rápido. A favor tenía que las cintas vírgenes estaban relativamente baratas y que podías grabar en ellas lo que quisieras muy fácilmente. Cuando salió el Walkman, podías escucharlas en cualquier sitio. Además, en el coche podías reproducirlas en la radio casette. Algo común era grabarte cintas vírgenes de discos originales para poder luego escuchar tus discos favoritos en cualquier situación.

Sé que hay muchos que recuerdan con cariño las cintas. Yo no. El que siente eso está cayendo en la trampa de la nostalgia pura y dura. La nostalgia de evocar el pasado, lo bueno y lo malo, sólo porque teníamos pelo y éramos unos chavalotes majetes y tal.

 El mp3 y aledaños




El sonido es el peor de todos los formatos habidos y por haber. Si escuchas un mp3 cualesquiera por auriculares la cosa más o menos funciona. No ocurre lo mismo si lo haces a través de unos altavoces, especialmente si son buenos. Cosas de la compresión.

Como la cinta, es un formato práctico. Permite a tu música deambular sin problemas por todos los escenarios de tu vida y no ocupa nada de espacio. Es buena idea archivar tus originales y migrarlos a formato mp3. Así los tienes a mano y perfectamente controlados.

Pero si quieres disfrutar de un buen álbum no lo escuches por mp3. Dicen que el oido humano se acostumbra muy fácil al sonido malo. Mi experiencia así me lo indica.

El CD


Los japoneses nos engañaron. Nos dijeron que el CD duraría toda la vida y no es verdad. Nos dijeron que su sonido era insuperable y nos lo creímos. Picamos porque el CD no tiene ruido de fondo, ni chicharra de vinilo ni motorcito de cassette, y por eso supusimos que era un paso adelante. Sólo con el correr de los años nos dimos cuenta de que el sonido del CD era más pequeñito que el de un vinilo. Es más grande que el de un mp3 pero palidece al lado de un vinilo bien planchado.

Un día me lo explicaron muy bien. El CD corta a un determinado de nivel de graves. Por debajo de ese nivel, el oido humano no percibe ningún sonido. Entonces, ¿por qué preocuparse? Pues porque el sonido no sólo se oye, también se siente, y si no se reproducimos toda la gama de graves que hay en la canción que estemos escuchando no lo sentimos todo. ¿No se oye pero se siente? El ejemplo que suelo poner para intentar explicarme apela a un concepto un tanto etéreo, el "color de los sonidos". Supongamos que un bajo produce un sonido de color marrón. Si lo escuchamos reproducido por un tocadiscos ese marrón será algo más oscuro, porque tiene más graves, que el reproducido por un Compact Disc Player.

No puedo pretender que a todo el mundo le importe la diferencia entre el marrón oscuro y el marrón claro. Aún así, sé que no estoy solo en esto.


El vinilo




Aparte de que tiene el sonido más completo que existe, como he explicado en el epígrafe anterior, el vinilo tiene otras ventajas. Es más bonito, no se puede perder, obliga a cuidarlo y eso hace que lo valoremos más, y es extremadamente físico. La sensación de pinchar un disco es incomparable. Es sentir la música de una manera superlativa.

Mucha gente dice que no es capaz de encontrar diferencias sustanciales entre los diversos formatos. Siempre te cuentan lo mismo. "Yo escucho un vinilo y un cd y no distingo" suelen comentar. Al 90% de la población mundial, y a mí, nos pasa lo mismo. En cambio, si escuchas un disco entero en vinilo y, a continuación, ese mismo disco entero en CD, os aseguro que os dáis cuenta.

martes, 6 de abril de 2010

La belleza científica


Una vez leí que la belleza científica consistía en dar una respuesta simple a una cuestión compleja. Para mi concepto estético, eso es la belleza, científica o no. En esta entrada voy a responder de manera muy sencilla a un problema de muy difícil solución.

Es el interrogante más grande que tiene sobre su cabeza el ser humano. Algunos recurren a la religión, cualquier religión, otros ponen sus esperanzas en la ciencia, más concretamente en la filosofía en sentido amplio. Es decir, la filosofía tomada como el conjunto de saberes del hombre, incluida la metafísica, que linda con la religión y que es lo que normalmente pensamos que es filosofía.
Es, curiosamente, la única pregunta que se responde a sí misma. ¿Qué es la vida?. La vida es vivir. 

Esta solución le vale al religioso y al ateo, al listo y al tonto, al ignorante y al sabio. Nos sirve a todos. El único sentido que tiene la existencia es existir. Sí, lo sé, es una tesis ligera, que pisa con demasiada convicción los territorios del tópico. Aún así, es la única que me parece aceptable. Los inconvenientes se los veo por otro lado. Vivir no consiste en respirar. Vivir consiste en algo más y, muchas veces, no sabemos qué es ese algo más. Otras lo sabemos y lo olvidamos. Y otras muchas, demasiadas de hecho, la vida, o el maldito azar, no nos deja saber.

Dicen que eso que llaman primavera ha llegado. Voy a salir a la calle.