Lo de los toros en Cataluña

Llevo varios días pensando en este texto. Ni siquiera ahora sé muy bien qué voy a escribir. Sé lo que quiero decir, que es muy distinto. Me gustaría que estas líneas fueran el fiel testimonio de la compleja postura que tengo sobre las corridas de toros.

En primer lugar, he de decir que me gustan. No tenía por qué haber sido así, la verdad. Ni en mi familia ni en mi entorno había nadie que me pudiera llevar a las plazas de toros. La génesis de mi afición hay que encontrarla en dos hechos puntuales. Uno fue la famosa corrida de los Victorinos del 82, en la que salieron a hombros los matadores, entre ellos mi idolatrado Esplá, y el ganadero. Esa corrida la emitieron varias veces por la tele y yo me quedé estupefacto a mis 12 años de ese espectáculo que es, y seguirá siendo, un buen natural, ceñido y ligado al siguiente, con el torero quedándose quieto y parando el tiempo. Sin embargo, sólo con esas faenas cumbres y esos toros bravos y nobles no hubiera sido suficiente. La clave fue leer todos los días durante casi dos décadas al periodista que mejor escribía de toda la profesión, el espectacular Joaquín Vidal, el que fuera crítico de toros de El País. Su estilo se basaba en la mezcla sin fisuras que hacía del lenguaje culto, la jerga taurina, un profundo conocimiento del toreo y el humor vitriólico.

Más tarde, ya entrados los 90, leí al histórico Corrochano, el de "Es de Ronda y se llama Cayetano", igualmente inflexible en la defensa del canon taurino y también gran escritor, demasiado barroco en ocasiones. También le di a otros autores menores y me puse con Hemingway, para mí inferior en todos los aspectos a Vidal y Corrochano, aunque un muy buen aficionado.

A Las Ventas he asistido poco. Empecé a ir gracias a mi amigo Kankoat. Con él vi la primera oreja que cortó Ponce en Madrid y ya nos olió a chamusquina el metisaca infamante que perpetró para acelerar la muerte del toro, además de su reticencia a torear al natural, con "la mano de los millones". Me gustaría dejarme caer por allí mucho más, dado que encima ahora vivo a diez minutos a pie. Siempre es una asignatura pendiente que no termino nunca de aprobar.

Ha quedado claro que me gustan los toros. Por lo tanto, no me gustaría que se abolieran en Cataluña. Me temo que, lamentablemente, no hay mucho más que hacer. Existe una iniciativa popular en el Parlament con casi 200.000 firmas. Los grupos parlamentarios catalanes, menos el PP, están a favor. La suerte está echada y no hay un pero legal al asunto. Ya pasó lo mismo en el 91 en las Canarias.

Me niego a hacer una lectura política de estos hechos. Sé que la tiene, no soy tan inocente, pero no me interesa lo más mínimo. El problema es que el argumento principal es muy distinto y puede tener sentido. La fiesta de los toros es una barbaridad, una crueldad. Es sangriento y sufren caballos y toros. Así, en abstracto, a lo crudo, estas afirmaciones no pueden ser contradichas. Para nosotros, los aficionados a los toros, no es así en absoluto. Nosotros vemos la belleza atávica de desafiar a la muerte. Nosotros vemos un emocionado culto a la forma artística, despojada del lastre burgués que convierte a la creatividad en un juego para entretener a solteronas bibliotecarias menopáusicas. Reconozoco que estas afirmaciones son subjetivas de una manera brutal. En abstracto, a lo crudo, son pajas mentales. Suerte que lo abstracto, que lo crudo, no existe en el mundo de los sentidos, el hogar de la humanidad.

De todas maneras, lo que me molesta del movimiento antitaurino no son los argumentos que he descrito en el párrafo anterior. Está claro que son defendibles y que para intentar doblegarlos tengo que recurrir a la contextualización. Con lo que soy altamente intolerante es con esa parte del movimiento antitaurino que descalifica a los aficionados, tachándonos de seres sin alma, crueles y paletos, gente que no merece vivir en este siglo. Me estoy refiriendo a esos que se alegran de la cogida de un torero, por ejemplo.

Para defender a la fiesta de los toros no voy a recurrir al hecho indubitado de que es un mundo con una riqueza cultural enorme. Muchos grandes intelctuales y artistas españoles y extranjeros se vieron seducidos por este arte y se inspiraron en él en los últimos dos siglos. La lista es casi interminable, Goya, Picasso, Ortega y Gasset, Valle Inclán, Cocteau, Abel Gance, Orson Welles, Hemingway... Nótese que no estamos hablando de mindundis. Tampoco quiero explicar que la fiesta de los toros fue lo más moderno que hubo en España en los siglos XIX y XX, como publicó Adrian Shubert, profesor de historia de la Universidad de York, en Toronto (Canadá). El que tenga interés de por qué se puede leer este libro, aquí no me voy a extender más. Ni voy a explicar aquello de que si no hubiera fiesta de los toros, no habría.... toros. El Bos Taurus Ibericus es un animal que sólo sirve para la lidia y es muy caro de criar. Podría recrearme en estas ideas y alargar aún más esta entrada. Sería inútil. No convencería a nadie. Si no te emocionas con un pase de la firma o con una trincherilla a cámara lenta no podrás entenderme.

Comentarios

charly ha dicho que…
Gracias por el texto. El final lo dice todo.

La abolición en Canarias, al contrario que la posible en Cataluña, fue por inanición. Ya que allí, al contrario que en Cataluña, hacía mucho tiempo que no se celebraban corridas...de toros.

Por lo demás, prefiero morderme la lengua ante las actitudes nacionalistas, históricamente demostrado que más salvajes que lo que aparenta ser una corrida...de toros