martes, 29 de diciembre de 2009

Unos cuantos apuntes (musicales) más sobre esta década que se nos va

Casi con toda seguridad esta va a ser la última entrada de 2009. Un año que ha visto una drástica reducción de estos textos cibernéticos, que se quedan en el éter de la red, que no han conocido vida en el papel, la verdadera vida de las palabras escritas. El tema que he elegido para cerrar este año tan poco fértil es el de la siempre, la música.

Hace unos días, hice una reflexión en esta humilde bitácora sobre la primera década del siglo XXI. Era sucinta y poco elaborada y lo que venía a decir es que no había habido nada revolucionario en estos diez años. Quisiera corregir y aumentar ese diagnóstico.

Ha habido muchas cosas revolucionarias en los "años 0". Ninguna en el apartado creativo. Casi todas en el lado del negocio, en la manera de acceder a la música, en la manera de consumir la música. La crisis del CD ha convertido al pop y demás estilos en algo invisible. En las casas ya no se ven vinilos, ni cedés, ni cintas, ni nada. Las personas no escuchan música en casa. Van a algunos conciertos "porque estos tíos molan mucho, saben tocar, ¿eh?" y luego se tiran todo el rato charlando.

Si hubiéramos hecho una encuesta en 2000, la música ocuparía un lugar importante, aunque quizá no demasiado destacado. Hoy, si hiciéramos esa misma encuesta, estaría muuuuuucho más abajo.

El sector voluntarista de la prensa cree que, tarde o temprano, esta democratización de los procesos colaterales de la creación de canciones traerá consecuencias positivas. Se piensan que las primeras en caer serán las grandes corporaciones multinacionales, lo cual es de una candidez rayana en un problema neuronal grave. Su teoría es que, a partir de ese improbable momento, habrá sitio para todos. Para las ideas más arriesgadas y para las más convencionales. Para el subsuelo y para las calles interiores de palacio.

Pienso que todo se ha banalizado tanto que es imposible ya que llegue la revolución. En estos diez años el engaño se ha hecho mucho más profundo y mucho más sofisticado.

Ahora (risa sardónica) nos creemos que tenemos algo que decir.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Otro novísimo mini cuento de Navidad. Las luces del centro

Al principio, sólo se acercaba a la Plaza de España para comprobar cómo se encendían las luces de Navidad. Esperaba en silencio a que empezaran a brillar esas lámparas, supuestamente de bajo consumo, que enviaban C02 a la atmósfera amplificando el "efecto invernadero". Los primeros días sólo sentía una desazón indefinible, que crecía día a día. "Es un contraentido", "es un gasto innecesario", "sólo se gastan pasta en estas gilipolleces pero no en subvencionar las energías alternativas". Todas las tardes de diciembre escuchó estas frases a todo tipo de personas y esa desazón empezó a convertirse en esperanza. No estaba solo, a todo el mundo le parecía una barbaridad.

Tenía que hacer algo.

Decidió que apagaría las luces de la Gran Vía la tarde del 24 de diciembre. Sólo unos minutos, en señal de protesta. No iba a molestar a nadie, total, a esa hora no hay casi nadie en la calle. Ya se imaginaba saliendo en los telediarios explicando su pacífico sabotaje.

Preguntando en el Ayuntamiento se enteró de que los fusibles de la iluminación de las luces de Navidad de la Gran Vía estaban en un pequeño habitáculo situado a escasos metros de la estatua del Quijote en Plaza de España. El 23 fue a inspeccionarlo. Para su sorpresa, no estaba vigilado, le resultó sencillo llegar a escasos centímetros de los fusibles. Incluso los tocó.

El 24 por la tarde, a eso de las 19 horas, se dirigió a cumplir su misión. Se sentía confiado y tranquilo. Apagaría las luces, esperaría cinco minutos, las volvería a encender y esperaría a que llegara la policía. O los periodistas, le daba lo mismo.

Llegó a la estatua ecuestre de Alonso Quijano, la contempló unos segundos, para disimular, e ingresó en el habitáculo. Bajó los fusibles y oyó un sonido brusco. Las horteras luces de la Navidad 2009 habían dejado de lucir. Empezó a contar los minutos en silencio.

Habían pasado unos 240 segundos cuando sintió un ruido. "¡Hijo de puta, te quieres cargar la Navidad!", gritó el policía antes de vaciar su cargador en el vientre y en la cabeza de nuestro héroe.

Al día siguiente, los telediarios contaron una historia distinta. Sobre unas imágenes de la Gran Vía engalanada por la Navidad, una voz en off dijo: "Ayer en Madrid se evitó un atentado terrorista. La policía abatió al presunto sospechoso cuando huía. Nadie ha reivindicado esta acción. La primera fase consistía en dejar a oscuras el centro..."


                      Dedicado a los miembros
de Greenpeace encarcelados
en Copenhague.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Un apunte musical sobre esta década que se nos va

Para mí esta década ha sido la resaca de los 90, en todos los sentidos. En el aspecto del negocio, con la crisis del modelo, y en el de la creatividad. Nada nuevo bajo el sol se ha visto en estos 10 años. Apenas se han inventado etiquetas. Como mucho la del dubstep, que tampoco ha sido una revolución. (De hecho, estoy seguro de que muchos de los que lean esto no saben qué es y no pueden nombrar ni a un solo artista de ese estilo).

En esta primera década del siglo XXI la creatividad se ha ido de vacaciones. Ha sido la era del remake. Lo más probable es que en los años venideros pasen cosas "de verdad". Quizá en algún garaje, o en algún dormitorio, ya están pasando esas cosas.

También puede ser que yo me haya hecho viejo y que ya no me entere de los cambios aunque los tenga delante de las narices.

PS: Mañana, el mini cuento de Navidad

martes, 8 de diciembre de 2009

De reclinatorio (VII), "Buscando a Eric" y "Celda 211"

Son las dos últimas películas que he visto. Me han gustado ambas, aunque son completamente distintas. Una, "Buscando a Eric", es una comedia amable y la otra, "Celda 211", es un drama carcelario sin entrañas y bañado en sangre. Sin embargo, en las dos se sublima un concepto por encima de todos los demás. Sí, hay historias de amor en ambas, hay crítica social en ambas. Y sí, las dos hablan, fundamentalmente, de amistad.

Tanto en "Celda 211" como en "Buscando a Eric", la amistad no está descrita en términos realistas. Hay escenas increíbles, de no creérselas, en "Buscando a Eric". El que quiera verismo que se vaya a ver un documental, aunque la verdad más verdadera se suele encontrar en la no ficción. En "Celda 211" lo que no es lógico es quénes son los protagonistas de esa relación de amistad.

"Buscando a Eric" es una comedia romántica que parece facturada en Hollywood (lo que no tiene nada de malo). La diferencia es que no sale Sandra Bullock, ni los personajes son guapos, altos y con oficios fascinantes. Él es un cartero que pasa de los 50 y ella es una atractiva mujer de mediana edad, sí, aunque no la veo yo en el poster de la habitación de mi adolescente vecino de enfrente. ¿Los colegas?. Gordos bebedores de cerveza y seguidores del Manchester United. Nada que ver con la tropa de amigos ligeramente incorrectos que salen en las "americanadas", ("americanadas" que me gustan bastante, por cierto). Es como una comedia de Hollywood cuyos héroes son "working class heroes". No sé si tiene una lectura política todo esto. Si yo me he dado cuenta, no creo que ni a Ken Loach, el director, ni a Paul Laverty, el guionista, se les haya escapado.

"Celda 211" es dura. Casi ningún personaje es retratado sin claroscuros. Y, lo que más me gusta, evolucionan según se van desarrollando los acontecimientos. En mitad de ese infierno que es la película, emerge, contra todo pronóstico, una amistad basada en actos, no en palabras. Una amistad irreal, que quizá sólo sienta uno de los dos. Ahí está el poder de una historia que te clava a la butaca, con los ojos abiertos, que te hace sentir incómodo casi siempre.

Dos películas que hablan de lo más preciado que tenemos.

El "aquí" y el "ahora"

A riesgo de parecer un carca y un nostálgico barato, escribo esta mini-entrada, una especie de addenda de esta otra, en la que muestro mi más absoluto desprecio por la necesidad de la sociedad actual de tenerlo todo al instante. Nos hemos olvidado que hay distintos ritmos, aparte del frenético.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Los Intocables de la prensa musical

Cada día que pasa estoy más persuadido de que mi profesión es de lo más desagradecida. Hacia el 2000 empecé a darme cuenta de que no quería ser como los grandes nombres de la prensa musical española. Ya iba conociendo bien a algunos de ellos y me daban pena. Eran personas cercanas al medio siglo de existencia que no sabían hacer otra cosa que ser periodistas musicales y que, curiosamente, estaban algo desconectados de la realidad del pop rock internacional. Basaban todo su trabajo en las relaciones personales, con los mandamás de la industria y con los propios artistas. No habían crecido como profesionales desde sus inicios y adoptaban un tono fanzinero que variaba entre lo chusco y lo pretendidamente intelectual. Todos, con alguna honrosa excepción, tienen un ego desmesurado que les sirve para protegerse de ese temor constante que tienen a ser descubiertos, a que el público les desenmascare. De ahí el miedo que tienen a los profesionales de mi generación, porque saben que sabemos más que ellos, que somos más versátiles y que no tenemos veleidades de estrella. Lo único que nos falla es que no hemos sabido jugar en el campo de las relaciones personales como supieron hacer ellos. Nos ha costado una década poder estar a su altura en lo que se refiere a músicos, sellos y managers (ahora que sirve para poco, por cierto). Sin embargo, los directivos de los medios de comunicación creen que estamos varios escalones por debajo de los Intocables de la prensa musical. Creen, atención porque esto es acojonante, creen que "estamos empezando". Luego, cuando se dan la hostia con uno de esos Intocables, suponen que en la prensa musical no hay periodistas.

Hace menos de un mes me encontré con un propietario de un inquieto sello indie en mi lugar de trabajo. Este chico es de mi generación  y me dijo, en un aparte, que estaba sorprendido de que, en ese momento y a nuestro alrdedor, hubiera "gente de nuestra edad". Yo llevo en esto desde el 93 y, por fin, empiezo a ser visible. No parece muy justo.