A favor del doping

Ben Johnson había derrotado a Carl Lewis en la final de 100 metros lisos correspondiente a los JJOO de Seúl, en 1988. El crono se había detenido en 9.79. Yo estaba contento porque Lewis había terminado por caerme un poco mal. Al día siguiente, leí una pequeña noticia, de tono anécdotico, en la que se relataban los problemas que Johnson tuvo para llenar el frasquito del control anti doping. Parecía una tontería, pero enseguida me acordé de esa breve cuando se anunció que había dado positivo por estanozolol, con lo cual se le despojaba de la medalla de oro y del récord.

Unos meses después, ya en otoño, me convencieron de que la lucha contra el doping era cínica. Fue en clase de Filosofía. El profesor, el Padre Sines (el primero que me explicó bien lo que era el marxismo y al que le debo ser de izquierdas), argumentó que era una contradicción moral exigirle a un ser humano ser el primero y no dejarle usar todos los medios a su alcance. Es tan sencillo como eso. Cada uno juega con su cuerpo como le venga en gana.

Lo digo porque el domingo Usain Bolt hizo 9.58 en la final de los 100 metros lisos de los Campeonatos del Mundo de Atletismo que se celebran esta semana en Berlín. Y porque lo primero en que pensé fue en una tarde del otoño del 88 que pasé en un aula del Colegio San Agustín de Madrid.

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