Esplá

En mi familia no hay tradición taurina. Mi abuela era un poco aficionada, pero como tuvo que emigrar a Argentina en plena posguerra no vio a Manolete ni a Dominguín, ni a Antonio Ordóñez, ni la faena al “toro blanco“ de Antoñete. A la vuelta de Argentina, en el 72, mi padre, todavía un niño cuando tuvo que irse de España, no tenía ni idea de toros. Eso sí, te podía hablar del “Charro“ Moreno, a quien vio jugar muchas veces, te podía hablar del “Cabezón“ González y su bonhomía, de cómo era el piloto favorito de Enzo Ferrari, te podía hablar de los tangos de Discépolo o del bandoneón de Aníbal Troilo. Además, la España de los 70 no era una época muy propicia para engancharse a los toros. Que yo sepa, no lo hizo. Se empezó a interesar, creo, el mismo día que yo.

1 de junio de 1982. Estaba a punto de empezar el Mundial de Naranjito y un niño de 12 años, como era yo, no tenía en la cabeza otra cosa que fútbol. La selección campeona era la de mi país de nacimiento, Argentina, que, encima, venía con un exuberante y jovencísimo Maradona. Y la anfitriona era España, mi país de residencia, el país de mi padre. Las expectativas eran enormes, la caída, fue aún más enorme. Sin embargo, en ese mes decepcionante hubo espacio para que se me inoculara un virus. Ese 1 de junio, en Las Ventas, estoqueaban toros de Victorino Martín los diestros Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y Roberto Palomar. Seguramente, ese fue el espectáculo taurino más completo que se dio en el siglo XX. Salieron a hombros los tres toreros y el ganadero. Recuerdo que televisaron en directo esa corrida y, lo que es más excepcional, la repitieron varias veces los siguientes días. Yo no podía dejar de mirar las imágenes, sin entender nada, fascinado por la plástica verdad de toreros y toros. Mis ojos no me mentían. El otro día me tomé una cerveza con un señor que pudo pedirse un permiso a tiempo en la mili para ir a ver la corrida y me dijo que fue la hostia.

No podía ser de otra manera, me hice aficionado, o más bien aficionaducho, a los toros y partidario de Esplá. A veces ha estado bien y, a veces, ha estado mal, pero siempre ha sido el mejor lidiador que había en el escalafón, el que mejores banderillas ponía y el más torero. También, el más inteligente (en un mundo donde es muy difícil sobrevivir si eres tonto). Recuerdo cuando dijo que los toros sólo cogían los toreros valientes o tontos, y que, por tanto, si le cogían a él tendría que ser por valiente. O cuando confesó que, a la hora de matar, era un “pinchauvas“.

Este último viernes, 5 de junio de 2009, Luis Francisco Esplá, a sus casi 51 años, se despedía de la Plaza de Toros de Las Ventas, 27 años después de obligarme a hacerme aficionado, o más bien aficionaducho, a las corridas de toros. Hacía viento, la gente, en realidad, venía a ver a Morante de la Puebla, que había seducido al público venteño con el capote unos días antes, y a Castella, el corajudo francés que había abierto la puerta grande en la Feria de San Isidro.

El primer toro lo lidió de manera aseada, como siempre. El viento era casi huracanado y sólo pudo, que no es poco, estar digno. Con su segundo, un tocho de 620 kilos que respondía al nombre de “Beato“, armó el taco. El toro era bonito, noble y con movilidad, o sea como tienen que ser y casi nunca son. Esplá estuvo inteligente con él desde el primer segundo, aunque, en realidad, falló en uno de sus puntos fuertes, las banderillas. Ofreció un tercio deslucido, me imagino que porque el torero alicantino había visto el comportamiento increíble que había tenido “Beato“ en el caballo, creo que había tomado tres varas, algo rarísimo hoy día, y no quería echarlo a perder en fuegos de artificio.

Empezó el tercio de muerte agarrado a las tablas, pasándose el toro cerca y por alto, enseñándole a embestir. Para cuando le empezó a bajar la mano y a ligarle los pases, “Beato“ era un caramelo que Esplá saboreó, e hizo saborear a los demás. Cuando uno ve una faena de este tipo, siempre se hace la misma pregunta, ¿es fácil torear? No, no es fácil, de ahí la grandeza de días como el viernes. Es todo tan natural, tan fluido, que parece cosa de niños. Para probar que no lo es, basta con gastarse el abono completo de San Isidro y no ver ni rastro el 98% de las veces de lo que hicieron Esplá y “Beato“ el otro día.

Lo mató recibiendo y dejó una estocada tendida y atravesada que obligó a usar el descabello dos veces. Dio igual, el Presidente le concedió las dos orejas, Esplá dio dos vueltas al ruedo y el toro una, a petición del propio torero.

Supuestamente, hay dos tipos de aficionados, los “toreristas“, sólo pendientes de los toreros, a los que dan tratamiento de estrellas del rock, y los “toristas“, admiradores del toro de lidia y guardianes de la pureza de la Fiesta. El viernes, cuando Esplá pedía la vuelta al ruedo de “Beato“, pensé que es mi torero favorito porque es único torero “torista“ a quien yo he visto en acción.

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