martes, 19 de mayo de 2009

Tempus fugit

Una de las cosas buenas de tener una bitácora activa desde hace 5 años es que mi vida, o por lo menos las claves de mi vida, está reflejada en él. Hace unos meses empecé a despedirme de ser un treintañero, circunstancia que acontecerá en marzo del año que viene. Es ahora, sólo ahora, cuando empiezo a entender y a aceptar que el tiempo pasa, que el deterioro existe, aunque se pueda matizar algo, que los significados y los contextos mutan de manera aparentemente desordenada. Cuando empecé a escribir Menosprecio, en junio de 2004, tenía 34 años y apenas había experimentado fugacidad de la existencia en mis carnes. Creo que estaba preparado para aceptarlo intelectualmente. Es decir, una parte del problema estaba resuelto. Lo más difícil, vivir el paso del tiempo, lo he hecho durante este lustro. Y ha sido chungo.

No obstante, todavía no puedo cantar victoria. Una de las cosas que he aprendido, con dolor verdadero, es que no hay marcha atrás. Es bastante sencillo que la realidad te atropelle y cuando eso pasa, da lo mismo que entiendas y aceptes el paso del tiempo. Vas a quedar magullado, herido, en la lona.

El argumentario es manejable. Ya está en los filósofos griegos y, en general, en los pueblos que han amado la vida. Disfruta lo que puedas, haz lo que te gusta, no dejes pasar los trenes buenos, etc,... Más complicado se me antoja devolverle una tímida sonrisa al tipo del espejo cuando adivinas en él los primeros signos de decadencia. Cuando aceptas que, de haber cambios, serán a peor. Nadie dijo que pagar el precio de conocerse a sí mismo fuera para todos los públicos. Sientes muchas veces la tentación de optar por la inconsciencia y, así, ni sentir ni padecer. A la larga, es una solución ineficaz. Y, en un sentido distinto, tampoco es para todos los públicos. Desde luego, no lo es para mí.

Creo que uno de los subtextos de estos 5 años de entradas ha sido la fugacidad del tiempo. Al principio no tenía muy claro cómo encarar esta cuestión. Lo hice desde la comedia, desde la nostalgia, más tarde desde el drama. Eso sí, sabía que tenía que aceptar el desafío.



NOTA: Ya me lo imaginaba yo. Hace un tiempo escribí otra entrada con este mismo título. Esta.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Sin guitarra ni papel

Pienso que la única crítica que se puede hacer a la perfección es acusarla de obvia. Por eso, la decisión, obvia, de dedicarle una entrada a Antonio Vega es perfecta.

Voy a hablar bien de un muerto, otra obviedad perfecta. Incluso voy a ignorar sus flaquezas. Por dos razones, porque ahora ya no importan y porque quién coño soy yo para juzgar a nadie. Y menos a una persona cuyo talento está muy por encima de lo que quiera que tenga yo.

Anoche tenía que haberme ido al “Penta“ a tomarme una copa. Ya sé que ya no es el garito que retrató Antonio en su “Chica de ayer“. Seguramente, yo nunca conocí ese “Penta“ pre-movida, así que da igual. Era casi obligatorio echarme un gin tonic al cuerpo a la memoria de Antonio Vega, uno de los tíos más inspirados en esto del pop de los que yo he tenido noticia. Han sido incontables las noches que “El sitio de mi recreo“ puso banda sonora a mis cavilaciones, creo que se lo debo. Seguramente lo haré la semana que viene.

En un primer momento, me llamó la atención la repercusión mediática que ha tenido su fallecimiento. Este es una país de sordos que no valora la música, ni la pop ni la culta. No era lógico que todas las televisiones, radios y periódicos se hicieran eco de la muerte de un músico que nunca vendió millones. Mucho menos que un Alejandro Sanz o un Miguel Bosé, incluso una Alaska. Se me ocurren dos explicaciones, en apriencia contradictorias, aunque en realidad, me temo, han sido sincrónicas.

Como ya he dicho, este es un país de sordos. Y también de cotillas morbosos. La leyenda negra de Antonio ha atraído, como moscas a la mierda, a esos que buscan en la música elementos que nada tienen que ver con la música. Los mismos que siguen a Amy Winehouse o Britney Spears, por ejemplo.

Afortunadamente, se ha dado, creo yo, otra circunstancia. Las canciones de Antonio Vega se han metido en la vida de mucha gente sin pegar puñetazos en la mesa. Lo han hecho de manera silenciosa, poco a poco. Y ahí se han quedado, por encima de modas. Por encima de músicos, como los nombrados arriba, que han vendido más que él. He leído por ahí que el primer disco de Nacha Pop es más moderno que lo último de Fangoria. No es verdad, en el año 80 Nacha Pop no eran modernos. Eran buenos, coño, muy buenos. Por lo tanto, el primer disco de Nacha Pop no es más “cool“ que nada de Fangoria. Simplemente, es mejor.

Ahora va a haber mucha gente que va a hacer dinero con su talento. No será el mío, yo ya tengo todo el cancionero de Antonio Vega desde hace años. Lo que sí haré será seguir preguntándome cómo es eso de componer “sin guitarra ni papel“, como cantó en propio Antonio en aquel tema de Nacha Pop llamado “Una décima de segundo“.

lunes, 4 de mayo de 2009

Una súper sinfonola

"No es fácil imaginar el futuro de los soportes grabados... El futuro bien podría ser este: con la terminal de un ordenador personal tendrías acceso a un banco de música central o privado (una súper sinfonola) en donde tendrías todos los títulos clasificados de las últimas décadas y un acceso especial, con sobrecargo de tarifa, a las últimas novedades".
Servando Carballar, 1987

Me he encontrado con estas declaraciones hace unos minutos y he sentido la necesidad irrefrenable de comentarlas. La lucidez del líder de Aviador Dro es algo que no me pilla de sorpresa. Lo que me causa escalofríos es la fecha en la que pronunció estas palabras. 1987. Al CD le quedaba más de una década de esplendor. Nadie en España tenía un ordenador ni en casa ni el trabajo. Es verdad que existía Internet, pero creo que sólo lo usaba el ejército de los USA. En nuestra cabeza no existía nada de eso del Myspace, el Twitter, el Facebook o los putos móviles. A Steve Jobs lo habían echado de Apple...

Sólo me queda por decir que, como siempre, al futuro hay que buscarlo en el pasado.

domingo, 3 de mayo de 2009

No me acordaba

Esta mañana me he dado cuenta. Antesdeayer se cumplieron 15 años de una tarde de domingo que iba a ser histórica, aunque nada parecía presagiarlo. Tenía previsto ver la carrera de F1, la tercera cita del Campeonato del Mundo, el GP de San Marino 1994, y después ir al Calderón a ver un Atleti-Athletic de Liga. Ayrton Senna estaba en la pole y tenía que ganar por narices, aún no había puntuado ese año.El ambiente en el circuito era horroroso. El viernes Barrichello había tenido un accidente muy fuerte, del que había salido ileso, aunque se le prohibió subirse al coche el domingo. El sábado Roland Ratzenberger se había matado en un birrioso Simtek en los Entrenamientos Oficiales. La última muerte en un fin de semana de F1 databa de 1982 cuando Riccardo Paletti había perecido en su Osella, que se había incendiado con el piloto atrapado dentro del “cock pit“. Fue en el GP de Canadá, pocos meses antes del de Bélgica, en el que había muerto el mítico Gilles Villeneuve. Ya era un GP, aquel el de San Marino ´94, teñido de negro.

La carerra reservaba otra sorpresa desagradable. Senna estrelló su Williams contra el muro del Tamburello y su vida se apagó poco después de la llegada de las asistencias. Tele 5 cortó para poner “Sensación de vivir“ y yo me fui al Manzanares a ver cómo goleaba el Atleti al Athletic. En 48 horas había vuelto la tragedia a la F1, la buena suerte se había acabado, como dijo Lauda. Muchos otros pilotos pudieron haberse dejado la vida durante los años que fueron del 82 al 94. Yo me acuerdo de dos bofetones brutales, el de Warwick y el de De Cesaris.

Mis dos grandes ídolos de adolescencia fueron Senna y Maradona. Y antesdeayer no me acordé de que hacía 15 años de que uno de ellos se había ido para siempre. Hoy, cacharreando por la red me he acordado y, además, he visto este vídeo, una de sus hazañas, una que no conocía.