El síndrome del hombre nuevo

Cuando tenía 10 años más o menos leí “La conspiración de Catilina“, el relato de un golpe de estado en la ya languidenciente República romana del siglo I a.c. En él, el gran héroe es Cicerón que sólo con una serie de discursos en el Senado desactivó la sedición (y de paso salvó su propia vida). Decidí que era un personaje que me caía bien.

Sin embargo, la historiografía más autorizada tiende a ver a Cicerón, no como un as de la oratoria, sino como un farsante y un cobarde. ¿Su pecado? Ser un republicano convencido y enfrentarse a Marco Antonio y, antes, a Julio César. Y, sobre todo, ser un “homo novus“, que es como llamaban a las personas sobre los que recaía el honor de ser los primeros de su familia en acceder al consulado. Fueron muy pocos los que lo lograron, los más famosos son el propio Cicerón y Catón el viejo. Cicerón, además, fue el último que lo consiguió en la etapa republicana.

Un “homo novus“ no pertenecía a la aristocracia romana. Ascendía gracias a su valía personal y a pesar del lastre de no ser un patricio de pura cepa. Es el caso de Cicerón, hombre de gran cultura pero miembro de una familia de la empobrecida aristocracia rural. Era un tipo incómodo, no era de “los nuestros“, no tenía hipotecas de ningún tipo. No es de extrañar que su imagen no sea tan positiva como la de Julio César, que era su némesis. (Aunque, parece ser, que se caían más o menos bien y disfrutaban del arte de la charla juntos con cierta frecuencia).

2000 años después sigue pasando lo mismo. Miramos con desdén a ese tío del que no sabemos nada y que no ha venido enchufado. El “homo novus“ es peligroso, nos muestra nuestra propia mediocridad. Preferimos al primo tonto del jefe de compañero que a un chico de provincias trabajador y brillante. Al primo tonto lo podemos manejar, el “homo novus“ nos va a desenmascarar.

Así que si eres un Cicerón, un “homo novus“, que sepas que lo tienes muy jodido. Da igual lo que hagas, sólo serán considerados tus errores o tus omisiones, conscientes o no. Y si lo superas, tu legado acabará desvirtuado, y eso en el mejor de los casos.

“Cicerones del mundo, uníos“.

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